De Malvinas a México

DE MALVINAS A MÉXICO

 

Hay un punto convergente entre dos pedazos de nuestra historia que comulgan con nuestros más preciados sentimientos. Dos fechas. Dos hitos que se eslabonan, sustentándose en las antípodas, como si el destino dispusiera, en un breve paso de tiempo, conjugar al unísono el verbo doler y el verbo gozar.

México dispuso del pacífico terreno que enarbolaba la contienda entre la flema de orgullosos vencedores y el fervor de un puñado de humildes derrotados.

Entre ola y ola que aumentaba el espesor de las colmadas tribunas, a alguien se le ocurrió rezar invocando al Dios omnímodo.

Unas alas invisibles cubrieron los ojos de aquellos que impartían justicia, dado que el laudo de los recurrentes poderosos que dominaron al mundo durante centurias no podía ser superior a la omnipotencia del ser celestial, quien eligiendo a su hijo predilecto lo dotó de su mano justiciera.

Pero como el Señor es también omnividente, no quería perderse la magia de ese semejante que con su extraña habilidad se parecía al ángel más perfecto de su séquito. Y entonces pudo contemplar aquellos pies  alados que en tiempo y forma iban eludiendo circunstanciales adversarios hasta concretar el sueño anhelado. Las voces coincidían en manifestar que se trataba de la mejor obra jamás vista en los anales de esa historia particular.

Y como el Creador también es omnipresente, pudo contemplar que alrededor suyo se agolpaban regocijantes jóvenes espíritus. Fue entonces cuando los muertos del Crucero Aras General Belgrano, los heroicos pilotos, los combatientes caídos en Pradera del Ganso, en Puerto Argentino y en decenas de otros lugares de Malvinas, irguieron sus cabezas más que nunca, abandonando la oscuridad y la soledad que acompañó a sus cuerpos, para vivar con un clamor proveniente de los cielos, el nombre de Maradona.

 

  “Luchar por sostener honorables principios, hace al principio del honor”

 

 

Adolfo M. Vaccaro