¡ Diego, ídolo !

¡ DIEGO, IDOLO !


Voto por la mano de dios. Por la magia encumbrada en el éxtasis de un gol. De una jugada excepcional. De aquella tarde inolvidable, bajo la zurda endemoniada en el campo inglés. Esa indescriptible alegría nacida de los potreros de Villa Fiorito. La máxima expresión del fútbol. Del balón atado al pie. De aquellas noches de hambre, aferrado a una maltrecha pelota. Su única compañera.

Voto por aquel pequeño demonio, alquimista del fútbol en las tardes de la vieja cancha de Juan Agustín García y Boyacá en el barrio de La Paternal. Nido de ilusiones de Diego Armando Maradona, el poeta de la zurda. Asociación obligada de las tardes de tango en Buenos Aires, del mendrugo en Fiorito. De viveza conquistada en la cancha de tierra, en el potrero de mate cocido, bella inocencia. Es la potestad de su zurda milagrosa, la que dibuja en cada metro de la cancha rival, la que juega y acaricia el balón con la soberbia de este pequeño gigante, la que embriaga los sentidos, como el licor más salvaje de la noche porteña en el corazón de La Boca. Juglar de interminables tardes de gloria, mancillado por el trato brusco, burdo y sin sentido de una pierna devastadora que lo entorpece todo, que enloda su obra maestra. Maradona, guerrero incansable.

Su zurda invocando dioses, serpentea por el aire en la búsqueda frenética del gol, la máxima expresión de júbilo, premio al esfuerzo inusitado. Su puño en alto desafía al viento y dibuja la cara de Chitoro y La Tota (su padres) en la cumbre del orgullo.

Los ojos se ponen flojos y dejan escapar una lágrima, cuando desborda por la perenne cancha de La Paternal. Aquel petizo de rizos azabaches que embruja, divierte y acaricia el balón con una destreza inigualable. Nunca antes vista. Es fútbol. El que se vive en la tercer bandeja de la cancha de Boca, como en el cuchitrill de Parque Patricios. Fuerza, sudor y lágrimas. Desatadas por el encanto del balón que corre con elegancia por los pies de este artesano que con la sutileza del bailarín la acaricia con amor. Un amorío de larga data.

Doy gracias a la vida, como cantaba por Violeta Parra, de poder ver fútbol, el verdadero fútbol. El espectáculo que genera tanta pasión y hace vibrar al hincha más exigente, el espectáculo, de un taquito vertiginoso, de un gol de "chilena" con 80 mil personas en la gradas. De ése fútbol estoy enamorado, del fútbol de Diego Armando Maradona, el deportista del Siglo. Galardonado por sus innumerables proezas deportivas, por el gol a los ingleses, por ese tercer tanto a la Unión Soviética en el mundial juvenil de 1979, por aquella proeza que emprendió en 1986, en el mundial que coronó todas sus hazañas. Por su eterno maridaje con el balón de fútbol, el del arenal de Fiorito, cuna de la pobreza. El de la gloria en Europa. En todos los lugares que mostró su magia. La "gorda" como la llamaba en su sueño de niño, fue siempre su compañera. Amiga, confidente, novia y hermana, estandarte infatigable de su lucha por el sur de Italia. El patrón de Nápoli.

El 30 de octubre de 1960, en la fría pieza de la policlínica de Lanús, Dalma Maradona Franco, la popular Tota, dio a luz al habilidoso 10. El 20 de octubre de 1976 el fútbol lo parió en primera división, vistiendo los colores de Argentinos Juniors, su primer club. De ahí en adelante la historia del fútbol mundial cambiaría de rumbo. Pelé vería tambalear su trono de "Rey". El embajador había nacido. Es Maradona, el pequeño dios de la exigua Villa Fiorito. El alma del balón de fútbol. ¡Por él voto¡

RODRIGO BENAVIDES -- www.reporte.cl


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