El más grande

"El más grande"


No encuentro palabras para describir claro y preciso el amor que le tengo a este hombre, tal vez no las haya. Cuando los hechos superan las palabras, las palabras están de más. O, mejor dicho, no alcanzan para poder decirlo todo. Yo al haber visto todo lo que hizo un sólo hombre, estoy tan feliz como todos los argentinos. Hoy que ya no está, igual sentimos que su alma sonríe y que debo deslizar mi emoción. Es fácil entender que se trata de un hombre especial. Ese que hizo grande y conocido al hoy glorioso -también gracias a él y elemento fundamental para los dos primeros atributos- fútbol argentino. Ese que nunca se escondió y se jugó por lo que quería sin importarle a quién le moleste. Ese que hizo justicia con su propia mano vengándose de los ingleses -¿con su mano?, sí, no es una paradoja, aunque esencialmente la hizo con su pie (¡y de qué forma!)-, sí, también fue el verdadero justiciero que castigaba a los villanos y premiaba a los humildes, no cierto arbitro que olvidó hace mucho tiempo que la gente paga la entrada para ver a los jugadores que brindan el espectáculo y que los referís sólo están para asegurar que ese espectáculo no sea opacado, estamos hablando de Javier Castrilli (arruinador de campeonatos que su Boca estaba para ganar). Y ya que estamos, no podemos dejar de nombrar al señor Codesal, verdugo del fútbol argentino en Italia ‘90. Ese que lo hizo todo. Ese que hace dudar a todo el mundo con la hipótesis de que Dios se reencarnó en un hombre para jugar al fútbol; el único motivo para dudar de esta teoría es la falta de piedad que tuvo con los ingleses, hecho totalmente imposible si tenemos en cuenta la gran misericordia de Dios. Pero igualmente puede llegar a ser comprensible que se plantee la duda. Para mí no es el final de nada por más que parezca que está llegando su final. Más allá de todo estoy feliz por todo lo que hizo desde el primer día de su carrera. Ese al que todos apodan Pelusa, Diez, Maestro, El Mejor, o simplemente “EL DIEGO”, para más datos.

El artículo “el” diferencia al consiguiente sustantivo de los demás Diegos, éstos sólo tuvieron el orgullo de llamarse como él, nada más (así que todas las personas que se llamen Diego, si aún no lo hicieron, denle las gracias a sus padres), en cambio Pelusa es único. Que no quepa duda de que Diego es único, porque no hay ni va ha haber una persona que pueda igualarlo. Porque cualquier persona ajena o no a este hermoso juego tiene una idea de quién es Diego Armando Maradona, y yo -que me incluyo dentro del grupo de amantes- digo sin ningún lugar a duda que Maradona, fue, es y será el mejor jugador que existió sobre la faz de la tierra. Fue superior a cualquier mortal de este planeta. No se conoció a un hombre que haya hecho dentro de la cancha lo que hizo él. Pensar que algunos osan, se atreven a afirmar que existieron jugadores superiores a él. Yo pregunto ¿Quiénes?, ¿Pelé?; ¡Por favor! Jugó siempre acompañado de monstruos históricos como Vavá (en el centro del ataque, acompañando cada llegada de Garrincha por la raya con sus infalibles goles, sin la capacidad de maniobra de sus dotados colegas de equipo, pero impecable y certero frente a los palos rivales, un goleador que no perdona nunca), Didí (gran estratega, infalible distribuidor de balones, maravilloso colocador de pelota en los espacios vacíos que su genio intuía en el corazón de la defensa adversaria), Garrincha (fenómeno, atacando por la punta derecha y poniendo pases-gol o atacando por adentro y definiendo en forma incontenible, poseedor de una cintura única y gran figura de los Mundiales del ‘58 y ‘62), en el centro del campo y en la defensa, dos hombres de la personalidad y la clase de Nilton Santos (a quien llamaban “La Enciclopedia” por todo lo que sabía), y el infatigable Zito, Tostao (un talento que sólo podía no ser considerado el mejor del mundo en su momento porque existía Pelé), Rivelino (un exquisito dominador del pie izquierdo, un mediocampista creativo que llegaba de atrás al último remate y reventaba la red, un formidable jugador de equipo), Jairzinho (un delantero electrizante, dueño de un dribbling muy difícil de contener porque cambiaba y aceleraba sobre el pie del contrario que salía a marcarlo, goleador del Mundial ‘70 con su facilidad para cruzar el remate al segundo palo), Gerson (un estrartega a la altura de Platini, posiblemente con más personalidad y temperamento, porque había conseguido la subordinción de un genio como Pelé, dotado de una formidable pegada de pie izquierdo, capaz de meter la pelota por el ojo de una aguja), etc. Mientras que Diego lo hizo, sin faltarles el respeto, con Carnevale, Romano, Ferrario, De Napoli, Giordano, Garella, Bruscolotti, o también si contamos integrantes de la Selección campeona ‘86, como Valdano, Burruchaga, Brown, Zelada, Clausen, Almirón, Batista, Olarticoechea, Giusti, Garre, Trobbiani, etc. Hay que remarcar que varios de estos fueron muy buenos jugadores, pero desconocidos internacionalmente por carecer de grandeza histórica como la que tienen los barsileños nombrados anteriormente. Ninguno de los acompañantes de Maradona a lo largo de su carrera alcanza a equiparar esa constelación de monstruos que secundó a Pelé. Hecho evidente que no requiere comprobación. Las pruebas están a la vista, Brasil en el Mundial de Chile ‘62, con un Pelé lesionado en su segundo partido, ganó igual esa Copa. Pese a la ausencia de su astro máximo, porque estaba muy bien parado en la cancha, con la misma estructura y casi los mismo jugadores que habían sido campeones cuatro años antes en Suecia. Y de seguro, Brasil hubiera ganado los mundiales del ‘58 y ‘70 aún sin Pelé, porque sobraban los nombres de jerarquía, pertrechados para resolver esas Copas del Mundo, con o sin su genio. Es claro que con él, todo fue mejor, más seguro, más rotundo y más completo. Comenta Galli: “Diego era determinante en el Napoli. Tenía un buen diálogo futbolístico con la otra estrella del equipo, Careca, y a los menos dotados les permitía lucirse más allá de sus méritos”. En esto la diferencia es enorme, se imaginan los destrozos que hubiera hecho Diego, aunque sea junto con Van Basten, Ruud Gullit y compañía, si hubiera jugado en aquel Milán del ‘89.

El negro terminó su carrera en E.E. U.U., país en el cual todavía se está discutiendo sobre la cuadratura de la pelota, mientras que Diego todavía no puede (ni va a poder) sentirse un exjugador, el Diez desiste de la idea de pensar en dejar a su amor -la pelota, claro está-. ¡Cuánta sabiduría hay en las decisiones de Diego!, se imagina a Romeo abandonando a Julieta, es una de esas cosas que no tienen sentido. Todavía pelea, se niega al monumento. Tiene intacta la pasión, está vivo, pero juega tiempo de descuento. Sin embargo siempre estará en el centro del fútbol argentino. El pasado siempre acaba dando señales de vida. Hoy Diego ya no está con la celeste y blanca. Esa número 10 necesita que haya un monstruo, capaz de inventar la jugada que no existe. De imaginar lo inimaginable. De realizar lo imposible. Y sucede que hoy ya no está. Pero decir que Diego Maradona es un “ex jugador” sería caer en un error. El es “el jugador”. El mejor de todos, el que siempre es capaz de volver. Siempre, con cualquier camiseta, tras largos o cortos períodos de inactividad, a los 35 años cómo a los 50. Diego siempre puede y a esto se le agrega la capacidad que tiene de ponerse en forma en unos pocos días. Si no acuerdense del ‘97 cuando estaba en conflicto con él mismo, cargando 88 kilogramos. Y porque algún timbre muy íntimo encendió las alarmas rojas, Maradona volvió a escapar en dirección del camino que mejor conoce. El que pasa por un vestuario, un túnel y desemboca en una cancha de fútbol. A los 36 años, cerca de los 37, todavía el hombre y el jugador no se habían puesto de acuerdo. Cuándo decirle adiós a lo que mejor sabe y hace. Y mientras dura esa polémica, que ojalá tenga un final feliz, del brazo de su amor propio enorme, es capaz de bajar 11 kilogramos y reaparecer con una imagen digna. Lo demás corre por cuenta de los prodigios de la memoria. Dicen los que saben que Arturo Rubinstein volvía a los Nocturnos de Federico Chopin con el sonido celestial de sus velada más brillantes aun después de no tocarlos por un par de años. Estaban computarizados en sus manos. Y en su corazón que amaba al genial compositor. Con el fútbol pasa lo mismo. Siempre hay deportistas que desde el presente desafían a la historia, buscando ser el mejor de todos los tiempos. A Maradona no le bastó romper marcas, derrotar rivales, ganar cantidades industriales de partidos y docenas de campeonatos. En esta vorágine que crea y destruye estrellas en segundos, hace falta algo más... Demostrar la virtud sobrehumana de volver a vivir después de un golpe casi mortal. Porque nunca se conforma, siempre quiere más. Los hombres vulgares están siempre satisfechos de sí mismos. Dan por buenos sus gustos, preferencias y opiniones, sin reflexionar demasiado. No se exigen nada, no se remiten a instancias superiores, se conforman con lo que buenamente encuentran en su cabeza y están encantados de ser como son. Por el contrario, los hombres excelentes viven exigiéndose. No le encuentran sabor a la vida si no la ponen al servicio de una empresa superior o trascendente. Estos hombres desestiman lo que no les cuesta esfuerzo y sólo aceptan como digno de ellos lo que aún está por encima y les reclama un estirón para alcanzarlo. Ésta es la vida como disciplina: la vida noble. Por eso Diego se puso de pie y volvió varias veces. Para gastar la pelota cuando juega. Estuvo de nuevo, para ser Maradona quien decida sobre Maradona. Tiene que ser su mano la que escriba el final de la historia como deportista. Siempre volvió para demostrar que es algo más que grande. Siempre volvió. Y mucho más a Boca, el gran amor de su vida. ¿Milagro?... ¿Resurrección?... Puede ser, pero lo único seguro es que siempre vuelve porque lo impulsa su pasión. Ya sea por los colores o por el fútbol, pero la pasión de Diego sigue viva... tan viva como en las épocas de Fiorito. Volvió y siguió metiendo goles, deslumbrando con chilenas, caños, tacos... pero eso es lo de menos. Lo de más (y no lo demás) es que el artista sintió de nuevo bajo su suela las tablas de su escenario preferido. Y que el publico volvió a bailar y cantar con la melodía de su talento. Ya no hay espacio para el asombro, la puerta queda abierta y el camino es la esperanza. Está claro que Maradona siempre vuelve, vaya uno a saber por qué. Quizás el mismo tenga la respuesta: “Siempre soñé, siempre soñé... Y voy a ser un soñador hasta que me muera”.

Pelé nunca jugó en un fútbol tan competitivo como el italiano, se remitió al fútbol brasileño, nunca jugó en campeonatos de mayor nivel como si son los europeos; en cambio si lo hizieron los otros grandes como Di Stéfano, Cruyff, etc. Mientras Maradona no sólo lo hizo, si no que alcanzó un muy excelente rendimiento en un fútbol mucho más profesionalizado que el de los tiempos de Pelé. Un fútbol distinto. Que en el fútbol moderno se marca muchísimo más que en el de hace treinta años, nadie tiene dudas. Que esas persecuciones han arruinado espectáculos y destruido a muchos habilidosos, tampoco. Y que nadie ha sufrido las marcaciones violentas y desleales, menos. Ese es, justamente, un punto a favor de Diego en comparación con cualquier otra estrella del pasado. Ningún otro jugador ha hecho las proezas de Diego con marcas tan severas. En cualquier cancha del mundo padeció el mismo mal. Y formaron parte de su carrera. Jugaron en épocas muy diferentes. Pelé tuvo menos asedio, jugó más tranquilo, mientras que Diego debió soportar un clima mucho más hostil y tuvo que luchar contra ese factor extrafutbolístico que es muy desgastante. Es cierto que PelŽ preparado para el fœtbol de hoy -entrenando con computadoras, cintas y gimnasios, etc.- también desequilibraría, pero no le hubiera resultado tan fácil lograr todo lo que logró. Pero, a lo que quiero llegar, es que Maradona fue el mejor de todos y se lo considera mejor que Pelé en estos últimos tiempos con todas las dificultades ya mencionadas. En la década del ´60, por ejemplo, se hubiera hecho un festín y hubiera descollado notablemente, despejando todas las dudas. Es un factor interesante, para analizar pero nunca se sabrá lo que hubiera pasado realmente, la única forma para demostrar quien fue mejor es que hubieran jugado en el mismo tiempo. Lamentablemente, no puede ser y Maradona seguirá siendo el rey para los que sabemos de fútbol, razonamos con lógica y no somos hipócritas. Pero en eso, indudablemente, anótele un poroto más al Diez.

Cómo si esto fuera poco es evidente la envidia que siente Etzon Arantes hacia el Diez. Cada vez que puede, habla mal de él; además el hace política lo que lo transforma en un farsante -es un “careta”, habla para quedar bien sin realmente creer lo que dice-. Sin ir más lejos, en la última elección de presidente de la FIFA hizo campaña con Johanson, y después cuando asumió Blatter se sentó en su misma mesa. Y así, hay mil ejemplos, y lo sabe todo el mundo, él habla para quedar bien, para mantener limpia su imagen. Ya es hora de reflexionar, hay que darse cuenta que el río siempre es río, aunque esté pegado al mar. Pelé habla bien o habla mal siempre por conveniencia. Como dijo Nicolás Maquiavelo “todos ven lo que tú aparentas; pocos advierten lo que eres”. Va a ser hipócrita hasta que se muera. A continuación, uno de los más claros casos de celos de Pelé: hace un año aproximadamente, la FIFA lanzó el Hall de los Campeones que reúne a todos los jugadores que marcaron la historia del fútbol. Sucede que Pelé se ha negado a que Maradona figure en dicha galería de futbolistas excepcionales porque, según dice, “la conducta fuera de la cancha es también muy importante”. ¿Quién es Pelé, aparte de lo que significó dentro de los campos de juego, para negar la presencia de alguien como Maradona, que fue capaz de brindar tanto espectáculo, desparramar tanta alegría y de absorver tanta violencia adversaria sin reaccionar dentro del rectángulo verde de la cancha? ¿Acaso alguien va a impedir que el maravilloso Garrincha -un preparador genial que tuvo mucho que ver en la consagración juvenil de Pelé- figure en el Hall de los Campeones de la FIFA? ¿Alguien lo cuestionará porque Garrincha abandonó a la mujer con la que tuvo ocho hijas para irse a vivir con una cantante o si pasó gran parte de su vida borracho? ¿Alguien le negará al formidable Gerd Müller que figure en esa Sala por la cantidad de hectolitros de cerveza y vino ingeridos, que lo convirtieron en un alcohólico y lo tiraron una noche, sucio y barbudo, en una calle de Munich? No sería justamente Pelé, hombre de represalias en su carrera deportiva -tiene cuatro contrarios quebrados en su haber personal- el más indicado para dictarle normas de fair play a Maradona dentro o fuera de la cancha. Pelé fue un extraordinario futbolista. Quiero recordarlo así. No como un censor rencoroso, vengativo y celoso de la gloria ajena. ¿Quién se cree que es? ¿el dueño de la pelota? No, Pelé, no, esas cosas no se hacen. Hay que recordarte que él fue más genio de la redonda que vos y si hay alguien que merezca estar ahí más que nadie es, precisamente, Maradona. Pero ya saben lo que dijo Marco Aurelio, “el mejor modo de vengar la injuria es no parcerte al que te la infirió”, y si hay algo distinto a Pelé ese es Maradona (la vida y el fútbol los separaron prolijamente para evitar que se encontraran: Diego llegó al fútbol en 1976, Edson Arantes se fue del fútbol en 1977. Jamás se encontraron, salvo para fotos de compromiso o gestiones inconclusas, porque algo más los separa. Maradona vive enfrentado al poder; Pelé, adicto al mundo de los negocios y las Relaciones Públicas, vive abrazado al poder). Por eso, Diego, no te hagas mala sangre con éste, sabé que un león nunca combate una hormiga; prefiere ignorarla. Diego nunca tuvo cuidado para decir lo que piensa, por algo se llenó de tantos enemigos. Nunca fue hipócrita, excepto en la humildad que tiene; como dijo alguien alguna vez “la modestia en el hombre de talento es cosa honesta; en los grandes genios, es hipocresía” -hipocresía, pero de la buena, que hace bien, además se necesita de ésta, como dijo José Naroski, “en los hombres superiores la modestia no es un mérito. Es una necesidad”-. En cambio Pelé se cree superior, se piensa que los demás son menos que él. Hace poco “O Rei Pelé”, con la modestia como estandarte, confesó que cree que nadie igualará sus hazañas en lo que resta del siglo. “En este siglo, ya nadie me alcanza”, dijo Pelé, y agregó que no sólo hablaba de fútbol, sino que abarcaba todos los deportes. Para terminar, Pelé dijo que está dispuesto a “recibir en vida todos los homenajes”. Sólo le faltó agregar que es buen tipo, ayuda a cieguitos a cruzar la calle y se lava los dientes todas las noches. Cuando Maradona conoció a Pelé en los fines de la década del ´70, Pelé le aconsejó: “Nunca hagas caso cuando te digan que sos el mejor. Debes pensar siempre que no sos el mejor. El día que te sientas el mejor dejarás de serlo para siempre”. Pelé no sólo se siente el mejor, sino que no tiene pudor al decirlo. ¡Ay Pelé!, según tu propio pensamiento, vos no sos el mejor. Cierta vez se dijo “quien de alguna cosa se admira de ignorante se acredita”, entonces Pelé es un ignorante. Hay que bajarlo a la realidad, ¿quién se piensa que es?, tendría que hacerle caso a Antonio Machado cuando dijo, “huid de escenarios, púlpitos, plataformas y pedestales. Nunca perdáis contacto con el suelo, porque sólo así tendréis una idea aproximada de vuestra estatura”, ¡que este muchacho baje de las nubes por favor!. Esas cosas me molestan es por eso que perdóneme la grosería: “andá a la p... que te parió Pelé”.

A Pelé es al único que lo nombro porque a pesar de que estuvo y estará varios escalones más abajo de Diego, fue un gran jugador. Con los demás es inútil ponerme a discutir porque estos están un Aconcagua más abajo, el único que podría estar un poco más arriba es el holandés Johan Cruyff o Alfredo Di Stéfano. Entonces, en estos casos se hace difícil debatir, porque se ha comprobado que uno tiene el 100% de la razón, a partir de ese momento la cuestión pasa por la necedad y el orgullo del que no quiere cambiar de postura. Y recuerden lo que dijo Cicerón “La necedad es la madre de todos los males”. Quizás exista un par de jugadores que se le puedan comparar en cuanto a eficacia pero nadie en cuanto al talento y a la magia. Y pensar que hace poco algunos osaron compararlo con Ronaldo, ¡oh! perdona Majestad a ciertos ignorantes ante semejante atrocidad, ¡no saben lo que dicen!. Más allá de algunas coincidencias extra-futbolísticas, el brasileño no es ni la mitad de Maradona. Las diferencias más importantes -las más grandes- pasan por los pies de uno y otro. Ronaldo es tan capaz de definir un partido en dos apariciones como no tocar la pelota durante el resto de los noventa minutos. En cambio, al Diego es imposible recordarlo sin la pelota en los pies. En Argentinos, en Boca o en cualquier equipo, el juego del equipo siempre pasaba por él. Hoy, la hinchada del Inter llena el estadio Giuseppe Meazza de Milán del mismo modo en que lo hizo siempre, y disfruta de tener entre los integrantes de su equipo al mejor jugador del mundo. Durante la carrera de Diego, la gente de Boca, la de Argentinos y la de cualquier otro equipo, llenaba los estadios simplemente por ver a Maradona.

Dirán que Pelé tuvo una carrera más regular y que Diego tardó un poco más en llegar a su pico de rendimiento. Eso no tiene absolutamente nada que ver. ¿Acaso Michael Jordan no tardó 7 años en ganar un título de la N.B.A.? ¿No fue el mejor indiscutido y su nombre recorrió todos los lugares de la Tierra? Que Diego haya tardado un poco más en explotar, no le quita méritos. Porque esa explosión fue tan fuerte que aturdió al mundo entero. También dirán que Pelé dominaba las dos piernas mientras que Diego sólo la izquierda. Eso tampoco tiene nada que ver porque ese supuesto defecto no disminuyó en nada su nivel. Fue el mejor siendo “cojo”. No se notaba para nada que le faltaba la derecha. Fue el jugador que mejor usó la pierna izquierda, le sobraba habilidad, precisión y sensibilidad. Jugó siempre con un solo pie y se sostuvo en una sola pierna: la zurda. Eso en lugar de condicionarlo lo elevó mucho más. Era el doble que los demás y se la jugaba con la mitad. Y agudizaba su ingenio. Como cuando utilizaba la rabona al desbordar por derecha y quedaba obligado a meter el centro desde ahí. No hay derecha. No importa, si la zurda, que es la que sabe todo, también puede cruzarse por detrás de la de palo. Con una sóla pierna hábil se las arregló para quedar en la historia como el más grande. Dirán, también, que Pelé hizo más de mil goles. Pero ¿cuántos hubiera hecho Diego en sus mismas condiciones? (en esos torneos paulistas que hay partidos cada dos por tres). Todos los grandes del fútbol brasilero tienen por lo mínimo 500 goles, Diego en su mismo “habitat” estaría a la altura de las circunstancias ¿Cuántos goles hubiera hecho Pelé en el fútbol europeo y además en un tiempo donde la necesidad de ganar hizo que se perfeccionaran las técnicas futbolísticas, achicando los espacios y reduciendo la posibilidad de lucirse facilmente? Las pruebas están a la vista, Pelé fue goleador 11 veces de los campeonatos paulistas, Maradona en un escaso período y en un fútbol de muy parecida competividad salió 5 veces, ¿que hubiera pasado si Diego se quedaba toda la vida en Boca? No hubiera llegado a los mil goles porque no habría partidos suficientes, pero también habría salido goleador unos cuántos campeonatos. Además alguna vez se hizo una promoción publicitaria acerca de los 1000 goles que había convertido Pelé. Se trató de una campaña burda porque tendía a falsear una estadística que potenciara su figura. ¿Era necesaria tanta publicidad? Por cierto, aquí hay que prestar atención: se computaron hasta los que había señalado en las divisiones inferiores. Y aquí es donde este elemento no se puede tomar para comparar, vaya a saber cuántos goles convirtió Diego en su época de Cebollita, un equipo que fue invencible con una tremenda capacidad goleadora. Dicen los que más saben que ese Dieguito, en esos potreros fueron los mejores de toda su etapa porque no tuvo esos condimentos amargos del profesionalismo, ese Diego jugaba por amor al arte y no debe haber nada más lindo que verlo a Diego jugando porque le gustaba hacerlo (o por el pancho y la coca que es lo mismo). De seguro Maradona también hizo mil goles, pero sólo en su infancia. Además ¿que se juzga para saber quien jugaba mejor?, quien trataba mejor la pelota o quien tuvo más efectividad. Es cierto que no basta con ser hábil, que también hay que demostrarlo. Diego lo demostró y que no tuvo la misma efectividad, otra vez, no tiene nada que ver. La efectividad no depende tan sólo de uno, se da por otros factores, por eso si Maradona hubiera jugado en las mismas condiciones de Pelé, hubiera sido por lo menos igual en ese rubro estadístico. Hay que meterse esto en la cabeza: Diego fue mejor porque nadie puede tener la pierna que tuvo él, nadie pudo, puede ni podrá jugar mejor que Maradona. Por eso es el mejor.

De ese Maradona jugando con otros condimentos que en los partidos del domingo habla Roberto Mouzo, compañero de Diego en Boca y lider histórico del club en cuanto a presencias, centralizando una idea que vale la pena escuchar, porque si el Maradona que conocemos todos fue el mejor, lo que hacía fuera de los partidos definitivamente sí era de otro mundo, porque si hubieramos visto las cosas que hacía cuando jugaba más distendido no quedarían más dudas: “Haber jugado al lado de Diego es un privilegio que le agradezco al destino. Verlo moverse en una cancha era un placer. Y en las prácticas también. A veces pienso que es una lástima que no se hayan filmado sus entrenamientos, porque distendido, sin presiones y embromando con los compañeros, le ví hacer cosas increíbles, malabarismos fenomenales. Desafiaba a todos y no había manera de ganarle. “Mirá como le pego a aquella ramita”, te decía en La Candela. Y el tipo le daba como con la mano y la pelota volaba hasta esa ramita que estaba lejos, bien lejos. ¿Cómo era en la concentración? Divertido, buen pibe, humilde, capaz de quedarse horas charlando de cualquier cosa con un compañero con el que se sintiera cómodo. Y un ganador nato. No quería perder nunca a nada”.

No hay dudas que Diego Maradona fue más privilegiado por Dios que Pelé. Pelé fue un talentoso superior, un genio capaz de sorprender constantemente con la pelota en los pies. La diferencia está en que Diego con la pelota en los pies hacía lo que quería, era algo más que un genio, hacía magia, tenía un dominio, una destreza, una habilidad única e incomparable. Al lado de Maradona todos parecen torpes. Comenta Giusti: “lo que Diego Maradona hacía con la zurda, a los demás nos habría costado hacerlo con la mano. Con eso, creo que digo todo”. También dice Bilardo: “¿Cuáles son las virtudes técnicas de Maradona? Todas. Puede hacer cualquier cosa en cualquier lugar de la cancha. Su dominio de la pelota es tan prodigioso que hasta parece mágico” -teoría que analizaremos más adelante- “Yo le digo que su pie izquierdo tiene un guantre en lugar de un botín. Con pelota parada es implacable. Fuerte al primer palo, de chanfle sobre la barrera, cada tiro libre es gol o le falta muy poco para serlo. Su dribling es imprevisible porque amaga y sale por derecha o izquierda. Además, siendo bajo de estatura, salta muy bien y cabecea mejor. Es fundamental como hombre de punta o como organizador. Es un predestinado. Una de esas personas que llegan al mundo ya marcadas para llenar de felicidad a los demás. Lo presentí desde siempre. Si el fútbol es pasión, mientras lo alimenten jugadores como Maradona será eterno. En cualquier ciudad de la Argentina existen hoy centenares de miles de chicos que sueñan con ser como Diego. Que procuran imitarlo en su forma de jugar, de celebrar los goles. Yo, cada vez que puedo les recomiendo lo mismo: el mejor método para parecerse a Maradona es querer a la pelota como la quiere él, como la quiso siempre. Jueguen con ella el mayo tiempo que puedan. Es el mejor jugador del mundo. Acaso nació para serlo, pero aun así, Diego Armando Maradona ayudó mucho a su destino”. Hasta Paul Gardner, periodista inglés, considerado uno de los mejores escritores de fútbol del mundo, quién tuvo la oportunidad de ver tanto a Pelé como a Maradona comentó sobre Diego: “El me ha dado mucho más placer que ningún otro jugador que yo haya visto en cerca de 50 años de fútbol. He visto a lo largo de mi carrera periodística a otros grandes jugadores, aunque ninguno con esa magia ni ese carisma tan detectable con su sola presencia. Supongo que yo creé mi propio Peter Pan del fútbol y ahora lo he visto destruido. Pero, por supuesto, yo no quiero recordarlo por lo feo. Quiero seguir pensando en él como un genio del fútbol”. “Es un monstruo -sostiene Sergio Batista-, yo lo veo desde atrás, y aunque sé perfectamente todo lo que es capaz de hacer, siempre crea un motivo de asombro. Jugar con él, verlo en acción, es una delicia. Hay que mirarlo en los entrenamientos, lo que inventa es algo increíble. En el intervalo de uno de los partidos de México ‘86, Diego comió un caramelo. Hizo un bollo con el papelito y lo tiró al suelo. Lo pisó, lo levantó, comenzó a hacer jueguito y estuvo así, jugándola en el aire como treinta veces. Es un fenómeno. Respira fútbol por todos los poros...” También dice Valdano: “sólo puedo decir que el fútbol que él hace es algo más que fútbol, los goles son más que goles...” Francescoli también comenta: “si me tuviera que quedar con una sola virtud de Maradona eligiría su pierna izquierda. Es increíble, le pega con tranquilidad, con seguridad, con cualquier perfil, domina la pelota como quiere”. Incluso Tostao afirma que Maradona fue más artista que Pelé. También Macaya Márquez, gran comentarista argentino, opina algo parecido: “Existió una gran diferencia entre ambos: Pelé hacía a la perfección todo lo que estaba escrito en los manuales de fútbol. Diego, en cambio, hacía cosas que no estaban escritas. Diego inventaba sobre la marcha, sorprendía a cada paso. La fantasía que le puso Maradona al fútbol lo transformó en un jugador único, incomparable”. En esta comparación eterna vamos a ver la opinión de Juvenal, quien escribió en El Gráfico después del título de México ‘86, “Maradona fue más para Argentina que Pelé para Brasil”: “(...) Esta Copa del Mundo ha significado la hora cumbre, el momento sublime, la apoteosis de este genio de las canchas que juega para Argentina. Bendito sea México, país sin la historia futbolera de Brasil, del Río de la Plata, de Alemania o Inglaterra, cuna de este juego hermoso y apasionante. Bendito sea México, que entra en la historia del fútbol como sitio propicio, como ambiente ideal para que dos astros de la dimensión de Pelé y Maradona hayan brillado como nunca.

¿Estoy intentando un paralelo entre Pelé y Maradona? ¿Estoy invadiendo ese terreno hasta hoy vedado, casi lindante con la herejía, de comparar al genio brasileño, a ese atleta incomparable del fútbol universal, con este genio criollo de hoy, tan genuinamente argentino en su estilo, tan distinto a Pelé y a la vez tan parecido? ¿Me atrevo, sin rubor, sin pedir previamente perdón por mi desenfado y mi ignorancia, a ponerlos en el mismo nivel y hasta a concederle una luz de ventaja a Diego Maradona en la comparación?

Ya lo dije antes: Pelé fue el más grande dentro de un ciclo que culminó hace 16 años; Maradona es el más grande de hoy y sin bajar el telón de su campaña magistral. Maradona sigue, con todo el mundo por delante de su clase inigualable, a los 25 años de edad, para mantener y acrecentar lo que ha conseguido hasta hoy: el consenso unánime de la afición, de los especialistas, de los colegas, que lo consagraron como el más grande de todos en este momento del fútbol mundial.

“He is the best”, me dijo sencillamente, con ese lacónico idioma de los ingleses, el gran Bobby Charlton, astro máximo de la Copa del Mundo de hace veinte años. “Es el mejor”. Así declaró, así de concreto, así de terminate.(...)

Guy Thys, el director técnico de Bélgica, confesó al término del encuentro contra Argentina: “Estoy convencido de que fuimos vencidos por el mejor jugador de todo el mundo. En el primer tiempo mandé doble marcación sobre Diego Maradona, pero de poco sirvió porque siempre nos superó... En caso de que Diego jugara para Bélgica hubiéramos ganado la Copa del Mundo. En estos momentos no hay jugador que lo pueda marcar...” (...)

Joao Saldaña, prestigios periodista brasileño, anticipó que en la final se enfrentan “Alemania contra el Monstruo Sagrado”, en obvia alusión a Maradona, quien “una vez más -dice Joao- demostró la diferencia entre el crack y el jugador común y corriente...” (...)

Quiero volver por un instante a lo que dice un periodista mexicano. Erre. Erre, en su columna de “Novedades”, traza este paralelo entre Pelé y Maradona: “No es lo mismo ser equipero del Nápoli que del fabuloso Santos en el que siempre estuvo Pelé. Tampoco la Selección de Brasil repleta de estrellas es comparable, con el debido respeto para los pamperos, con el once argentino que disputará la final del Mundial ‘86 a Alemania Federal. Siceramente creo que sí, es comparable Maradona a Pelé.”

El cólega ha dado en el clavo pegando el martillazo justo. Ahí está lo más admirable de este momento cumbre de Diego Armando Maradona en el fútbol mundial. El grado de influencia decisiva que tiene su genialidad para el rendimiento de su equipo.(...)

En este particularísmo caso podríamos parafasear a Winston Churchill cuando homenajeó a los pilotos de la RAF (Real Fuerza Aérea) diciendo: “Nunca, en la historia de las humanas lides, tantos debieron tanto a tan pocos...”

Porque nunca, en la historia del fútbol, un jugador ha sido tan vital, tan influyente, tan determinante como Maradona dentro de la actual Selección Nacional. En ese aspecto, Diego ha sido más para Argentina que Pelé para Brasil.(...)

La influencia de Maradona ha sido absoluta, vital, terminante, decisiva. (...) El complemento inevitable para ganar partidos, desde la mitad del campo hasta la red de enfrente, fue aportado en forma casi exclusiva por Maradona. Colocando pelotas de gol. Desequilibrando generando pánico en la defensa contraria. Convirtiendo contra Inglaterra y Bélgica tres goles memorables, de esos que sólo un crack elegido por la providencia puede hacer con tanta gracia, tanta armonía de movimientos, tanta riqueza técnica y tan mortífera contundencia.(...)

Quedan, además, las jugadas que creó, atrayendo dobre si el peso de toda la defensa rival para colocar pases-gol frente a la boca del arco, dejando sólo con la red al compañero que llegaba de frente. Si Pasculli, Burruchaga, Valdano, Giusti, Enrique u Olarticoechea hubieran metido la mitad de los goles que sirvió Maradona, Argentina habría arribado a la final con 16 o 17 conquistas en su haber en lugar de 11. Ya sabemos que no todas las llegadas a posición de remate terminan en gol. El mismo Diego se los perdió, levantando o desviando el tiro. Pero si aquellos monstruos que acompañaban a Pelé hubieran recibido algunos de los estupendos servicios de Maradona, contra Uruguay o Bélgica podríamos haber goleado...

Esta reseña de su performance en México nos permite destacar lo más valioso de Maradona dentro del equipo: su condición de estrella que se subordina al conjunto, su constante contribución al mejor rendimiento de sus compañeros, su absoluta falta de vedettismo. Siendo el más grande de todos, el que más sabe, el que más juega, el que más crea y el que más sensaciones es capaz de transmitir para compañeros y adversarios, Diego ha sido un ejemplo de entrega al servicio de los demás. (...)

Ese es Maradona. Crack, inventor de jugadas, hombre de equipo, fabricante de goles que no existen, compañero, guía, artífice, obrero cuando es necesario, genio siempre. El más grande de todos en esta hora de fútbol. Más importante para Argentina hoy que Pelé para Brasil en cuatro Copas del Mundo. Extraigo sangre de mi brazo derecho, cargo mi lapicera y se lo firmo”.

Esto mismo que explica estupendamente Juevenal, también lo dice Zito, compañero de Pelé en la Selección -por si usted duda de la gran objetividad de un maestro como Juvenal por el hecho de ser argentino-: “Maradona significó para Argentina mucho más que Pelé para Brasil”, arriesga Zito. “Ni en Suecia 58 ni en México 70 Pelé representó el 50 por ciento del equipo como Maradona en México 86. En el 70, todo el ataque de Brasil fue fantástico. Es más, Brasil hubiese sido campeón sin Pelé." También opina Valdano: “Por su trascendencia dentro del equipo, por lo que inspira a los rivales, por la genialidad inconcebible que puede nacer de su magia. Diego es decisivo. Vale para él, aquello de Napoleón: hay que mostrarle al rival lo que el rival teme, y nosotros mostramos a Maradona. El fue nuestra carta...”

Es tiempo de que usted, saque sus propias conclusiones. La mía, ya la tengo hace mucho tiempo y es terminante, por lo que dijo Juvenal y por muchas cosas más, Maradona es, fue y será el mejor de todos los tiempos. Todas las comparaciones que hizimos -épocas diferentes, acompañamiento, etc.- pueden dejarse de lado, aunque sean verdaderamente ciertas, porque sólo y elementalmente hay que compararlos en como juaban con la pelota en los pies. Y nadie puede jugar como Maradona. Nadie puede hacer eso, lo elemental, dominarla, llevarla, pasarla, rematar, etc. como Diego. Nadie jugó como él. Y no me importa lo que digan los periodistas, no me importa si en algunas encuestas Diego sale abajo de Pelé porque todos esos que prefieren a Pelé, lo prefieren porque no le gusta la forma de ser de Diego, no porque lo consideren futbolisticamente más capacitado. Diego vivió coleccionando enemigos, y sus enemigos tendrían que dejar las diferencias de lado y darse un baño de humildad. ¿Quisiera saber quŽ parámetros toman para considerarlo a Pelé superior? ¿Que según su opinión Diego Maradona no es buen tipo? Pregunto yo, si fuera mal tipo, ¿para jugar al fútbol hay un derecho de admisión para que jueguen los buenos y los malos se queden afuera -hablando de personalidades y no de aptitudes-? ¿Todo lo que hizo, en buena ley -porque a pesar de que sea “malo”, no le robó nada a nadie, ¿no?- no sirve porque les parece que tiene supuestas actitudes antimoralistas? ¿Este es un juego en que los buenos son mejores, o que gana el que mejor patea la pelota? No, a todos esos señores, se confundieron. Dénme razones futbolísticas evidentes y lo voy a aceptar. Encima Diego es un excelente tipo, que tiene un corazón de oro. ¡Además, es el artista más grande que yo he visto en mi vida! Y los aspectos de su vida privada tiene muy poco que ver en esto. Van Gogh se cortó una oreja, por ejemplo, ¿y por eso no vas a tener un cuadro en tu pared? Vivimos en un mundo en que cualquiera dice muchas estupideces sin profundizar en el tema. Se dejan guiar por las cosas que dice un imbécil, y al final parece que Diego fuera un villano. ¿Acaso no se enteraron cuando donaba grandes sumas de dinero para personas desposeídas, cuando visitaba a los hospitales de niños de todas las ciudades a las que llegaba? ¿No se enteraron cuando iba a las zonas carenciadas de Nápoles a repartir comida a personas con hambre? No, seguro que no, porque lo que tiene más valor es que no avisaba a nadie. Pelé todo lo que hacía era para ganar plata, para que su imagen quede bien en todo el mundo. ¿Qué persona es más mala, ese noble corazón de Diego, o ese Pelé que cierta vez, cuando la mujer de Garrincha le fue a pedir ayuda, se negó a ayudar a un monstruo que incluso puede llegar a ser mejor que él como Garrincha, argumentando que de todas maneras se iba a morir? En eso también Maradona es mejor.

Igualmente, los aficionados de Pelé no se sientan mal, a pesar de sus actitudes hipócritas y envidiosas, el negro es comparable a Maradona. Comparable, entiéndalo bien, no mejor. Nunca lo fue y nunca lo será.

No hay nadie que exprese con más fidelidad el juego del fútbol como él. En cualquier lugar que se defina la palabra “fútbol” debe aparecer una foto suya. Se instruirá el aprendizage del fútbol por medio de videos y aparecerá el gol suyo a los ingleses. El fútbol tiene la particularidad de ser la única actividad bella que el ser humano desarrolla con los pies. El hombre está dotado para hacer cosas extraordinarias con las manos. ¡Qué maravilla que exista una actividad que tiene elementos de arte que se haga con los pies! Y justamente por eso el fútbol es tan popular: por la excelencia que produce ver la pelota manejada por la parte más rústica del cuerpo, el punto del cuerpo humano más alejado del que emite las órdenes a cumplirse, la cabeza. Y como tal el fútbol se hizo para ser jugado por gente con destreza, con virtuosismo. Por eso decimos que Maradona expresa con fidelidad la escencia de este juego, no hay nadie que patee la pelota como él -hablando de un concepto básico-, con esa genialidad única. Por eso Diego es el fútbol.

Cuando todas las voces confluyen en un único coro, cuando se ignoran los idiomas y uno solo predomina sobre el resto, entonces uno debe aceptar las evidencias. El mundo entero, salvo escasos y aislados disensos motivados por algún afán de ser distintos, supo pronunciar durante años el mismo y magnético apellido: MARADONA. Y fue él, Diego Armando, quien enarboló la bandera de ese fútbol de magia y de talento que se aclama, que se siente, que se respira entre admiración salpicada de emociones. Hoy parece estar cerca del retiro, pero nadie podrá desprenderse nunca de las sonrisas que supo regalar desde su espontánea y natural habilidad para jugar al fútbol. Esa que lo llamó a ser el Número Uno que todos disfrutaron. Hoy, es tiempo de recordar las infinitas páginas gloriosas que escribió con la número “10”. Esas que hizieron disfrutar a todos los argentinos, a los de Barcelona, Nápoli, Sevilla, etc. y sufrir con una gustosa resignación a los rivales. La historia está ganando a uno de los que la escribieron. Aunque el “Maradóóó, Maradóóó´” aún sigue retumbando en los ecos de añoranza de la Bombonera y en el recuerdo de su hinchada, que lo idolatró hasta el delirio.

Diego es un héroe, uno de esos que aparece cada 100 años. Cuando el soldado de Maratón llegó con el anuncio del triunfo contra los persas y luego cayó muerto, pasó a la historia: un héroe. En tiempos de relativa calma, en los que la posibilidad de la guerra ya no es el único recurso de afirmación nacional, el deportista ha pasado a ser un héroe moderno, la batalla fue reemplazada por la hazaña deportiva. Cuando Diego Maradona conquistó el mayor evento deportivo del planeta en un país extranjero jugando casi sólo, pasó a la historia: un héroe. Y es un héroe por millones de hazañas y proezas como ésta. El héroe es uno, no se concibe en multitud. En tal caso, dejaría de serlo. Y este argentino fue el último heroe del juego más popular del planeta. Hoy ya no está. Y por ahora no aparece nadie capaz de reemplazarlo. Hoy, ni en Mundiales juveniles, ni Mundiales mayores, ni en torneo internaciones ni no internaciones, en ningún lado se ha consegrado ni por asomo a un posible sucesor de Maradona. Así el fútbol aún espera el reemplazo de su héroe máximo. Superar esa valla -la que su cruze da la consagración de héroe- es sólo obra de unos pocos. De cuánto tiempo más pueda mantener Diego ese milagro, dependerá la vigencia del último héroe. Y por ahora, parece que pasarán unos cuántos siglos. Los tiempos son otros, claro. El recuerdo del viejo Diego es demasiado grande como para pensar que alguien pueda escribir una historia al menos semejante.

Siempre con su inconfundible estampa de crack. Siempre con la pelota, que sumisa obedece los dictados geniales de esa zurda mágica, sin dudas la mejor de todos los tiempos. Podrá tener distintos escenarios, diferentes momentos, pero siempre Diego y su magia inapelable. Esa magia que desde chico ya deslumbraba con el clásico jueguito... uno, dos, tres... La pelota no caerá nunca si son los pies, el pecho, la cabeza o el hombro de Diego el que acaricia la pelota desafiando -venciendo- la ley de gravedad. No importa si es una número cinco o una número uno de papel, es la redonda, el fútbol, a los pies de Maradona.

Pasaron tantos años y tantas cosas en estos tantos años. Corrió tanta agua bajo tantos puentes. Hubo tantos triunfos y tantos fracasos, tantas glorias, tantos dramas, tantas alegrías, tantas tristezas, tantos amores, tantos dolores, tantos soles, tantas sombras... y me queda claro que el único que puede superar a Maradona, es el mismo. Porque un lider sólo puede superarse a sí mismo. Porque siempre se puede ser más grande.

Durante 20 años el fútbol se llamó Diego Armando Maradona. El de Argentina y el de la China. ¿Quién en una cancha de fútbol o frente a la pantalla del televisor no se sintió atrapado por ese inconfundible número diez, por ese jugador distinto a los demás, el único capaz de asombrar con un taco, una rabona, una gambeta o un gol imposible? ¿Quién puede olvidarse de aquel “De la mano de Dios” o del segundo frente a los ingleses, después de eludir a seis rivales, quedando grabado para siempre como el mejor en la historia de los Mundiales? En sus más de 20 años como jugador profesional se puso varias camisetas, pero hubo una a la que quiso y quiere con locura. Más que a ninguna otra: la de la Selección Argentina. Con la celeste y blanca vivió sus mejores momentos... y también nosotros vivimos los mejores momentos. Después de aquel 0-5 frente a Colombia lo pedía la gente, yo, todos. Volvió por Claudia, por Dalma y Gianinna, por sus padres, por él mismo. Volvió con la consigna de siempre, esa de la canción de Fito Páez: “Y dale alegría, alegría a mi corazón...”.

Que Diego es diferente a los demás, no quedan dudas si uno observa el modo en que mira y responde a los periodistas, o en la confianza que demuestra en cada uno de sus movimientos. Es producto de la mágica combinación de talento y esfuerzo, pero también -como pasa con los elegidos- de haber estado en el lugar justo en el momento justo. Estas condiciones, más todo lo incomparable que Diego ofrece en la cancha se unieron para formar al fútbolista número 1 del mundo. Un jugador único, atrapante, incomparable. Un jugador que se metió en la historia a fuerza de marear defensores y romper redes. Un jugador de fútbol al fin. Para la mayoría, el mejor de todas las épocas.

Tanto en Nápoles como en la Argentina el amor por Maradona adquiere dimensiones difíciles de creer. Y no es para menos, los amantes del fútbol saben que difícilmente otro jugador pueda igualar lo que este hombre ha logrado. La gente lo ama incondicionalmente y siempre Diego devolvió el cariño que baja de las tribunas. Esa gente que lo alienta siempre y no lo olvida. Esa que tantas veces pidió por su regreso y le sigue siendo fiel aun cuando la tristeza haya empañado la esperanza. El romance del ídolo con su hinchada sigue vivo. Esta es otra diferencia más con Pelé, los amantes de Maradona lo quieren con locura porque representa el sentimiento del pueblo, los defiende a muerte, es un símbolo digno. Y mucho tiene que ver en esto, como dijimos en un principio, que se juega por su pueblo, se juega por lo que cree. El mismo Diego lo dijo: “yo estoy muy contento y féliz con lo que logré en el fútbol. Y desde el lugar que alcancé, formé una opinión. Al que le guste, bien. Y al que no, también. Eso sí: nadie me podrá acusar jamás de no comprometerme. Porque lo que menos tiene Maradona es ser un tipo sin compromisos. Me puedo equivocar como cualquiera, seguro, pero siempre me jugué. En la cancha y afuera. Por eso llegué a ser Maradona”. En pocas ciudades del mundo se quiere tanto a un hombre como a Maradona en Nápoles. Aún hoy, el amor sigue latente. Esto mismo dice Alex Leith, un prestigioso periodista inglés, quién descubrió en una visita a esa ciudad que los lugareños estaban más interesados en la gloriosa figura de Maradona que en el futuro brillante equipo. A continuación transcribo algunos de sus relatos:

“Miércoles, por la mañana:

“Tenga cuidado”, dice la anciana en Quartieri degli Spagnoli, el distrito más pobre del centro de Nápoles. No es la primera en advertirnos sobre los peligros de caminar a través de las calles atestadas de gente, sucias y siempre sorprendentes. Pero tenemos la determinación de encontrarlo. Estamos en Nápoles para capturar la atmósfera que se van generando previo al primer partido del Nápoli en la Serie B después de 34 años. “Está justo a la vuelta”, dice el abuelo del chico vestido con la camiseta del Parma. Estamos hablando de Maradona. “Era el rey de Nápoles”, dice el anciano, con sus anteojos de armazón metálico incrustados en su hinchada nariz roja. “Primero estaba Dios, después Maradona. Está muy cerca, justo a la vuelta de la esquina. Por el amor de Dios, tenga cuidado”. Cuando finalmente logramos ver a Maradona nos sentimos un poco desilusionados. Verdad, tiene tres pisos de altura. Pero sus talentosos pies están teñidos de blanco como parte de un arco pintado con aerosol sobre la pared. El celeste de su camiseta ha perdido mucho color y se está descascarando. Y, lo peor de todo, alguien ha construído una ventana en el lugar donde solía estar su cara. Su enrulado pelo negro corona un juego de persianas marrones que están cerradas. Se está desvaneciendo, un vago recuerdo de tiempos pasados mejores, uno de tantos en esta ciudad alegre y triste, buena y mala, loca por el fútbol.

Jueves por la noche:

Es jueves por la noche y nos dirigimos a las colinas que se apiñana en la parte antigua de la ciudad y bajan hasta el mar, para concurrir a la transmisión de “Ultrazzurri”, el show semanal de tres horas de duración dirigido por el grupo más grande de tifossi de Nápoles: el Comando Ultra B. Como el show ya ha comenzado, tomamos asiento silenciosamente en el vulgar estudio. Uliveri, el nuevo manager (el Robin Williams del Nápoli) está sentado en una silla flanqueado por otros hombres de apariencia muy seria, son periodistas y preguntan que plan tendrá para que su equipo vuelva a la Serie A. Habla de marca en zona, tres-cuatro-tres, ala tornante... “Tendrán que ser pacientes”, aclara. Pero, por sobre todas las cosas enfatiza que el pueblo tiene que olvidarse de Maradona. Cuando termina de hablar, un tipo de pelo largo vestido con una camiseta celeste se levanta y canta una canción: una canción sobre Maradona.

Viernes por la tarde:

Un día más tarde vuelvo a ver a Uliveri. Esta vez, en el campo de entrenamiento del Napoli, el Campo Paradiso, preparando a sus hombres. Soy uno de cerca de trescientos fans que aprecieron en las afueras de la ciudad para mirar, desde la única terraza sobre el lado de la parte central del campo, la práctica. Los fans, la mayoría de ellos veinteañeros, están callados, reverentes. Algunos llevan una remera con la cara de Maradona, otros se ponen pelucas negras con rulitos. El paso de Dios por Nápoli dejó tantas huellas que aún hoy perduran.

Sábado por la noche:

La Selección juega su primer partido desde la Copa del Mundo, en la víspera del gran partido del Nápoles. Es contra Gales, en la clasificación para el Campeonato Europeo. Hemos arreglado para ver el partido en un bar que (raro en Nápoles) tiene televisión. Un póster enorme de Maradona, una pelota firmada por el Rey, la foto del gol -el memorable- a la blanca... Maradona está presente. En el bar que pisamos y en los que no también. Uno tiene la sensación de que a la mayoría de los jóvenes les importa un comino el equipo de Dino Zoff. Somos los únicos clientes que miran todo el resto del partido. En el Mundial de 1990, cuando Maradona le pidió a la multitud napolitana que apoyara a la Argentina en vez de a Italia en la semifinal del San Paolo, tres cuartos de ellos estuvieron de acuerdo. Eso marca la devosión de etos tiffosi para el campeón argentino. De no creer. Inadmisible para una visión sajona. Admirable para una óptica latina, en la cual la fidelidad es casi intocable.

Domingo por la mañana:

Cada pequeña plaza en la parte antigua de Nápoles tiene postes de arco pintados en alguno de sus lados, pero hay un pequeño patio en la greco-romana Vía Tribunalli, el centro de reunión principal del viejo barrio, que tiene arcos de metal de mitad del tamaño con red. Ocho chicos de 10 años con el torso desnudo están jugando un partido de fútbol cinco unas pocas horas antes del comienzo del primer partido de la temporada. Hay una mano y el chico más grande pide un tiro libre justo afuera del área. El causante del foul está furioso y gesticula su inocencia como si fuera profesional. Pero el chico más grande no le da bolilla y lo empuja unos metros para atrás. Un compañero de equipo le pasa la pelota y la mete. Es un hermoso gol y lo sabe. “Maradona”, grita, aún cuando para él ha pasado prácticamente una vida desde que el argentino caminó esas calles por última vez.

Domingo por la tarde:

“Para mi mejor amigo en Nápoles, Gennaro”, se lee en el garabato de marcador sobre la camiseta del Napoli para esta temporada, seguido por la firma de Maradona y el número 10 entre paréntesis. Gennaro es el presidente honorario y fundador del Commando Ultra Curva B y está parado sobre los peldaños de una escalera, de espaldas a la acción, micrófono en mano, urgiendo a sus Ultra para que canten. El tipo a mi izquierda, con una camiseta del Liverpool, un gorro de los New York Dodgers y una bufanda del Nápoli está moviendo una enorme bandera de la confederación con las palabras. “El Sur Surgirá Otra Vez”, impresas en el medio. Enfrente de mi posición, un enorme cartel con la imagen de Maradona. Abajo suyo, una especie de santuario aglutina cientos de velas que brillan como adulando al rey ausente.

Diego está. No hay dudas. Se siente su presencia. De cada tres frases de los napolitanos, dos pronuncian la bendita palabra: Maradona. Es una adoración difícil de creer para esta época de fin de siglo. Seguro que él, el Dios, el personaje pagano que toda una ciudad alienta a la distancia, está en Buenos Aires sin interesarse demasiado por la suerte de esta ciudad. O sí. Vaya uno a saber.

Nápoli marca un tanto en el primer ataque serio y tres personas me abrazan. El nivel de ruido sube. “El que no salta es Cosenzano”, cantan. Yo salto. La euforia no dura mucho tiempo. Un jugador de Cosenza hace una corrida sin ser marcado al área de penal y marca un tanto. Dos minutos más tarde, con una jugada casi idéntica Cosenza hace otro gol. La multitud se silencia. El recuerdo de Maradona parece irrumpir en el aire. No entiendo lo que dicen estos hombres pero, en medio de los insultos, escucho la palabra “Diego” reiteradamente. En el segundo tiempo hay tarjeta roja para un jugador de Cosenza y Nápoli está tratando de hacer todo para pasar por entre los diez hombres que están entre ellos y el arco. Pero es uno de esos días malos: después de tres rechazos de gritos de penal, un gol anulado, bastantes salvadas increíbles y dos escalofriantes travesaños, se termina todo. O empieza. El Dios baja a escena sin saberlo. La bandera enorme con su rostro es descolgada y trasladada a la carrera por toda la bandeja inferior. Parece una de esas telas que exhiben la imagen del Che Guevara. Un escalofrío me recorre la piel. Pensar que hace siete años que el Rey no pisa su tierra y aún gobierna. La temporada pasada, con el Nápoli descendiendo de la primera división la barra retiró su apoyo y comenzó a insultar al equipo. Esta temporada, los 30 a cargo del grupo han tomado la decisión de apoyarlos, más allá de los resultados. Claro que, después me enteré, el sentimiento los superó y no pudieron con su rabia: hoy leo los diarios y me entero de que el Nápoli se va todos los sábados en medio de silbidos, insultos, piedras y botellas. Pero, seguro, con la veneración al Rey inalterable. Maradona, para ellos, está más allá de cualquier campaña del equipo. Es su bandera, su estandarte, su guía, su esperanza, su sueño...

Domingo por la noche:

El resultado ha dejado un paño mortuorio sobre la ciudad, pero la vida continúa. Terminamos nuestro viaje con una visita a la pizzería en donde uno de los mejores compañeros de Maradona en la época que estaba aquí -un tipo de nombre Felice Pizza- está trabajando como mozo. Su amistad con Maradona le costó el matrimonio y la propiedad del piano-bar en donde lo conoció a Diego por primera vez. Una vez que nos muestra sus credenciales (levanta el asiento de su poderosa moto estacionada en la calle y nos muestra que los papeles están a nombre de Maradona, quien le hizo un regalo de despedida) comienza a alabar al hombre con el que hace nueve años que no habla, quejándose de que fue destruído por la prensa y la presión de no poder moverse sin ser seguido por multitudes. Nos cuenta, como lo han hecho ya varias veces, que Maradona está al lado de Dios y de San Gennaro, el patrón de la ciudad. Después nos brinda una nueva imagen que no hemos escuchado antes. Cuando nos estamos yendo de su vacío restaurante, nos corre y nos da una tarjeta postal con un dibujo del Vesubio escupiendo lava a borbotones. “Este es Maradona”, dice. Sin saberlo, está muy acertado. He estado en Pompeya y en Herculano, y he visto el daño que ha hecho el Vesubio. Pero también estuve en la cumbre. Hoy en día es sólo una montaña con un agujero en la cima lleno de turistas. Su bronca se ha apagado, pero la gente habla de él todavía. El aún domina la ciudad”.

Impresionante, ¡cómo se lo quiere a Diego!, especialmente en Nápoles y en La Boca. Cerramos el tema de Nápoles con un comentario de Diego: “La gente por la calle, todos esos tifossi llenos de pasión y emoción por verme con la camiseta celeste. Los scudettos, tanto orgullo por vencer a los del norte... Cuántos recuerdos, cuánta pasión. Así son los napolitanos. Así es mi Nápoles: una ciudad maravillosa”. Tiene razón, es suya. Es verdad: el corazón tiene razones que la razón no entiende. Lo confirma el pueblo ileso del Nápoli herido, que todavía se mece en esa tribuna donde se sigue escuchando el grito incandesente de su apellido que ya va camino a la eternidad. Nada le importa: ni el club en la “B”, ni los cachetazos de la historia, darían lo que sea por volver a verlo en el San Paolo. Les basta con saberse de la ciudad de Maradona. Le sobra con reconocerse de Maradona, así como suena. Una definición redonda como la pelota, un sentimiento sin soble lectura, un motivo para seguir viviendo. Nada menos que eso: la ciudad de Maradona. Así son los napolitanos. Así es su Nápoles.

En cambio, la relación de la gente brasile–a con Pelé es más fría, se lo quiere por ser un gran símbolo de su país, pero no se lo ama desenfrenadamente. ¿Han visto alguna vez una conjunción tan estrecha, tan profunda, de un jugador con su tribuna? En Boca aquello era fantástico: “Y dale, y dale, y dale, Boca, dale...!” “Y dale, y dale, y dale, Diego, dale!” Diego era el número 12 y la hinchada era Diego. Boca fue campeón, Diego fue rey, auriauzul, monarca, al fin. También parte del cariño argentino proviene de que sostuvo las banderas de su rebeldía para con todas las formas de poder y se convirtió, sin pretenderlo, en la bocina parlante del argentino averiado, del argentino sin voz que sólo intenta descifrar algunas de las preguntas sin respuestas que la realidad le impone cada día. La imagen de Diego bien metida en el seno de la hinchada, enarbolada con orgullo para indicar que el mejor de todos se viste con sus colores. Un símbolo que domina en las tribunas o en la cancha. Sino recuerden cuando Maradona quedó afuera de la Copa en 1994 muchos desistieron de presenciar el partido. Faltaba la máxima atracción. Este sentimiento popular obliga a la reflexión e invita a comprender un fenómeno que vulnera la lógica. Una multitud va detrás de su ídolo sin preguntar nada. Sólo quieren verlo allí, entregando su alma, contagiando su fe, irradiando su esperanza. Sólo quieren regalarle su amor. Los pueblos aman u odian. Y siempre saben por qué. Hay lágrimas. Las fiestas del amor así lo permiten. No hay exigencias. El cariño todo lo perdona. Siempre. No hay disidentes. La fidelidad eterna lo autoriza.

Juega Diego, se repiten unos a otros. Y es todo lo que importa. Juega Diego, susurra el pibe con los ojos grandes apuntando a su padre.

Juega Diego, se cuentan felices aquellos que se cuelgan del colectivo, con los bolsillos casi vacíos y la sonrisa más feliz de la semana.

Hay algo que no admite dudas. Cuando la figura pequeña de Diego Armando Maradona ingresa otra vez a una cancha -la de Boca, la suya- un cosquilleo diferente recorre a un país.

Juega Diego.

Es todo lo que se necesita saber para explicar el amor. Lo demás, aunque sea por un día, ya no importa....

Pasan cosas raras con Diego Maradona. A sus pies cabalga una pasión desenfrenada, sin límites. Y en esa relación única que tienen Maradona y la gente el tiempo no pasa, y él fue, es y seguirá siendo el más grande. En ese amor ideal e idealizado no existe el recordar que Maradona tiene 38 años y que hace meses que no juega. Que engorda, adelgaza, corre, deja de correr. Está bien que el amor entre Diego y su gente sea así: ciego, sin límites, a morir.

Porque sería lindo ver otra vez la Bombonera llena, con Diego llevando la diez en la espalda e intentando mostrar los caminos por los cuales hay que andar para alegrar a la gente. Aunque 1986 sea sólo un recuerdo, y ya nunca más cuatro o cinco rivales queden desairados en el suelo. No será necesario seguir siendo perfecto, Maradona. Alcanzará, nomás, con esa zurda que ilumina. Por ahí cada domingo vuelve a ser una fiesta para los hinchas de Boca y para todos los que suelen emocionarse con el fútbol. Que bueno sería.

Ser el único foco de atención, descomprimir la tensión, convocar más gente que el partido en sí, vencer al tiempo, crear, imaginar y ejecutar. Sea cual fuera el oficio de fulano, los humanos capaces de bancar todo esto y salir bien parados se cuentan con los dedos de una mano y suelen ser considerados semidioses... Para alegría de la mayoría y para lamento de quienes desan sus fracasos confundiendo la paja con el trigo, los milagros del Diez parecen ilimitados. Y su vigencia, inexigible.

¿Porqué tanto amor? El sabio refrán dice que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Y el romance de Maradona con la gente es un caso testigo que ratifica el adagio.

Nunca se podrá entender el misterio de la devoción que él genera, el amor de la gente que seguirá yendo a la cancha “a ver al Diego”, el rito de la adoración a un hombre que jamás podrá asegurar lo que va a hacer en los próximos cinco minutos. Será porque cuando entra a la cancha hace magia, y no hay nada menos mágico que intentar descubrir el truco.

Pero este amor de la gente no se acaba, permanece intacto con los años. ¿Por qué? No lo sabemos. Quizás la mejor respuesta es la siguiente. Hay deportistas que no se hacen querer. Guillermo Barros Schelotto, por ejemplo, puede llegar a ser campeón cien veces con Boca y la Selección, pero es dudoso que se convierta en un héroe. Maradona, en cambio, en el final de su carrera, sigue manteniendo viva la llama. Y no sólo por su pasado, sino, más bien, porque Diego mantiene su estilo: todos quisiéramos jugar como él. Maradona nos hace disfrutar, nos muestra el goce del fútbol. Por otra parte si Maradona se fuera, nos quedaríamos huérfanos ¿A quién vamos a disfurtar? ¿Al Pampa Biaggio?

Para saber si un hombre es feliz, no bastará con su respuesta. Tampoco con mirar su cara, advertir el brillo de sus ojos o auscultar los latidos de su corazón. Para saberlo realmente habrá que conocer su historia. Es decir, sus grandezas y sus miserias, sus dichas y sus desdichas, sus risas y sus llantos, sus amores y sus odios, sus triunfos y sus fracasos, sus sueños y sus desencantos. Habrá que saber nada menos que su vida.

En esta noche triste todavía llorando por su ausencia, dan ganas de ir a la cancha. Ser ochenta mil argentinos, ochenta mil españoles, ochenta mil italianos, lo que sea.

Pero ser, en verdad, ochenta mil hinchas de Maradona, vestido de Boca -mi deseo por lo menos, el de los otros 79.999 será diferente, no lo sé- de los pies a la cabeza, con o sin el mechón amarillo sobre el lustroso pelo negro, pero que esté. Unos sabrán su historia. Otros, su leyenda.

Allí estar todos. Los que jamás se atrevieron al no, los pasajeros de alguna pesadilla. Quienes lo consagraron Hombre, y por lo tanto pecador. Quienes lo preferimos Dios, libre de todos los pecados. Quien sea, pero estar.

Allí estar todos en esa caja mágica contenedora de pasiones, como es la Bombonera. O en cualquier otro estadio. Pero estar.

Allí vibrando todos con su magia, intacta, su asombrosa velocidad mental, su romance eterno con la pelota, su amor confeso por el arte que le fue dado.

Que esté jugando Diego. Sin misterios, sin hechiceros, sin frasquitos de etiquetas equívocas, sin conjuras.

Diego y la pelota. Diego y don Diego. Diego y Villa Fiorito. Diego y su historia. No la única. La más linda. Y que se siga escribiendo. Diego y la ilusión de millones de pobres como fue él y de ricos como es él. Diego y los ojos oblicuos. Diego y los hombres y las mujeres y los niños y los ancianos que hablan un solo lenguaje universal. Diego y la pelota. Un idilio inalterable, fiel, puro, que seguirá vigente para gozo y regocijo del fútbol mundial. Diego y la pelota, el juego en su más alta expresión.

Estar ahí y saber. Algo importante pasa en la vida de los hombres cuando nos asalta el deseo de ser niños.

Iremos todos a ver al Diego. Será la fiesta del alma. Después nadie podrá preguntarnos por la felicidad. No hará falta.

Que Boca ya esté en la cancha. Con Maradona, nada menos. Ochenta mil personas no creen lo que ven. Diego, la diez y la cinta de capitán, otra vez. Que haya humo azul y amarillo cerca de los arcos, que empieze la fiesta, que la Bombonera ruga. Que se vengan los noventa minutos. Que se venga el fútbol que sólo una zurda mágica y una cabeza clarividente pueden ofrecer. Que se venga Maradona.

Que todas las miradas estén puestas en él como atraídas por algo mágico, difícil de descifrar. Que suceda lo mismo en la cancha, un par de horas antes, pero lo más extraño es que el embrujo continúe después, cuando el marco ya no es una Bombonera enfiestada de azul y oro como pocas veces en la historia. Ver caras, gestos, espejos de una emoción inolvidable. Los anónimos y los famosos, los grandes y los chicos, los tranquilos y los nerviosos. Colores, camisetas, uniformes de una procesión obligada. Todos con Diego y con Boca. Diciendo presente y poniendo la cara. Escuchar el grito de gol, que estallen todos, la fiesta. Que Diego abra los brazos, desencajado. Que sea consciente de que todas las miradas están puestas en él. También los sueños, y seguramente eso es lo mágico, difícil de descifrar, que hace que el lugar sea lo menos importante. Que pise la cancha y una nube azul y amarilla eclipse el sol, y una Bombonera de más de un millón de dólares baile a su alrededor, y una de las tantas benderas flamee saludándolo .”¿Con la 10? ¡Dios!”-. Y que además sepa que tiene que ganar, porque ése es el peso que lleva -y llevará- sobre sus espaldas, el que lo hace único, mágico y difícil de descifrar: carga con los sueños de los demás. Que esa sensación de alivio por tener a Maradona acompañe a la euforia y otras dos banderas, entre las tantas, flameen con sentido: “Maradona, una pasión inexplicable”, reze una, “Diego, la leyenda continúa”, anuncie la otra. Que sea el ordenador, función que se había autoimpuesto hacía un tiempo. Que además de manejar la velocidad y el orden del equipo, desparrame en la cancha jugadas con su sello. Que se ponga al equipo al hombro -como tantas otras veces- y vaya para adelante. Y si no es mucho pedir, la frutilla del postre, gol de Boca y gol de Diego. Gritar el gol de Diego, gritarlo hasta perder la voz. Escuchar el canto de agradecimiento de esos ochenta mil fieles: “¡Maradóóó, Maradóóó!”. Que tres pitazos, cierren su tarde. Con victoria, como lo había soñado y como lo mandaba su alcurnia. Que corra hacia el palco donde esten Claudia, Dalma y Gianinna; que les de las gracias. Que vuelva hacia el centro de la cancha, que levante los brazos, que quiera quedarse a vivir allí, como actores secundarios de la misma historia. Que se junte con ellos, que se pierda en el vestuario.

Pero estos son elementos totalmente imprescindibles, que quede claro: sólo me conformo con verlo adentro de una cancha; aunque sea en una desierta, jugando en otro equipo, aunque pierda 10 a 0. No me importa, con verlo pateando una pelota, no importa de la forma que sea, es suficiente. Acaso, cuando vuelva a verlo, me recordará alguno de aquellos días y cosas que, a su vez, me arranquen una lágrima de sentimiento semejante a la que hoy brota de mis ojos al recordarlo. De seguro me iré contento y conforme, mis ojos estarán iluminados con magia. Siempre estará, porque nunca se fue, aunque a veces se llame a retiro -nos va a quedar una imagen de tu último partido, ésa en la que se te ve con la novia blanca bajo la suela, mirando adelante, buscando jugar... Nosotros ya tenemos el marco y el título: la última pisada...-. Camiseta 10, cinta de capitán, tranco con su sello. Siempre. Ochenta mil almas, ochenta mil gritos, ochenta mil corazones. Por Maradona. A pesar de todo. ¿Por qué? No se lo pregunte. Sólo recuerde... El amor es más fuerte.

Maradona fue el mejor casi siempre jugando en inferioridad de condiciones, empezó en un equipo chico y lo puso en la pelea contra los grandes e incluso cuando se fue dejó secuelas de su paso en el equipo lo que llevó a Argentinos a disputar la final de la Intercontinental contra la mismísima Juventus. Luego se fue a Italia y puso al Napoli en lo alto de Europa. Y todo esto lo hizo sólo, él era el que ganaba los partidos, nunca tuvo compañía de primer nivel y él igual jugó para los otros diez del equipo con una enorme solidaridad. Se podría llegar a decir que él era el equipo.

Diego fue el mejor estando enfermo, siempre jugó en desventaja e igual fue superior. Entonces hay que ponerse a pensar hasta dónde hubiera llegado sin la droga. Es para suponer que se formaría una opinión totalmente generalizada de que Diego Maradona fue el mejor. Pero esto es lo que menos importa porque lo que realmente saben de fútbol saben eso con toda certeza. Nadie puede juzgarlo a Diego por lo que hizo, porque nadie está excento de culpas. Además en Italia se comprobó, que allá por 1991, el primer dóping de Diego, hubo una campaña para perjudicarlo. Diego fue el más perseguido por los controles, hubo una mano negra. Y Diego lo sabía -incluso Diego en uno de los partidos del Napoli de ese año, había cambiado su casaca a último momento (se puso la “9”) porque quería equivar el pulgar bajo de la Mano Negra-, había tomado conciencia de que en el Mundial de Italia la había hecho “grossa”, se la querían dar. Acechaba la amenaza de una transversal y mafiosa vendetta a la italiana. A Diego lo persiguieron continuamente, en cambio quien sabe cuantos casos como el de él no fueron descubiertos adrede. Y así fue, Diego tuvo que pagar caro el atrevimiento de eliminar a Italia, fue el principio del fin, ese dóping le produjo un daño irreparable en su carrera. Demasiado gris para mi gusto, yo quiero volver a ver blanco o negro. Ahora se tiene que tomar medidas al respecto, porque hay que tener muy presente lo que aquel gran legista que fue Montequieu decía: “La injusticia hacha a un sólo individuo y la impunidad concedida a muchos son una amenaza dirigida contra todos”. Pero algo es seguro, y el que dice lo contrario es un imbécil que no se informa como debiera: Diego, nunca jamás, se drogó para obtener una ventaja deportiva. Si hubiera buscado obtener ventaja deportiva, hubiera utilizado otras drogas que producen un efecto en el rendimiento muchísimo mejor, es por eso que las sanciones no pueden ser igual. Diego estaba enfermo, así que eso de la ventaja deportiva, nadie se lo puede reprochar. Por el contrario la droga lo arruinó y fue el mejor igual.

Ya que estamos en este tema, podemos hablar de lo sucedido en el Mundial de 1994. Hay dos frasquitos que ambos contienen drogas. Uno, el blanco es perfectamente legal. El otro, el negro, contiene algo raro, pero se vende sin receta en los mostradores, y está legalizado en las cuatro principales sanciones de Estados Unidos. Por pasar del frasquito blanco al negro, a Diego Maradona, a todos nosotros, nos quitaron el sueño. Hubo mucha saña. La ilusión es una sublime fantasía del espíritu... Desliza sus ondulantes faldas donde se rinden nuestros sueños. Diego era nuestra ilusión. Y ya no podíamos, a la orilla de su río saciar nuestra sed de paraísos perdidos. “Nigun estudio ha demostrado convincentemente que se puede aumentar la performance atlética consumiendo grandes dosis de efedrina... o similares”, escribe el doctor Gary I. Wadler, coautor del libro “Las Drogas y el Atleta”, que se ha convertido en un refernte mayor en estos tiempos. De ninguna manera se puede entender ni compartir la decisión de la FIFA. Son señorones que se sientan allí y están totalmente ajenos a los sentimientos. Ellos tienen un negocio, con esa sanción a Diego cuidan bien el negocio. Es una conspiración contra él, ellos venden fútbol y para venderlo eligieron el camino clásico e hipócrita de la imagen. ¿Por qué no averiguan que en nigún momento buscó obtener una ventaja deportiva?, y que el propio Diego no creo que haya tomado el remedio por su cuenta. Se puede ver fácilmente cuando camina al control antidoping con la sonrisa en el rostro, con la conciencia totalmente limpia. Tampoco entiendo, la decisión de la AFA. En 1986, el jugador español Calderé consumió la misma droga, ¿qué pasó? la Federación Española de Fútbol, en una hábil maniobra, logró culpara al médico y el jugador español continuó jugando el campeonato, mientras que la suspensión recayó sobre el médico. Es imposible creer que Maradona consumió efedrina por si sólo, lo único seguro es hubo alguien que se encargó de eso. El 30 de junio de 1994 la AFA retiró a Diego Maradona del plantel argentino Inentendible. La AFA alegó que había adoptado tal medida para evitarle al jugador una sanción mayor por parte de la FIFA. El 24 de agosto de 1994, la FIFA sancionó a Diego Maradona con una suspensión de 15 meses. “La maldad, la estupidez y el desvarío no me hacen perder la calma; porque los doy por descontados de antemano como parte del mundo” (Sigmund Freud -1912-). Encima, me causa mucha gracia que la sanción a Maradona, las haya tomado una entidad que está presidida por un señor que tiene procesos en Brasil por venta ilegal de armas. A Diego le cortaron las piernas y, pese a los avances de la medicina, aún no lograron reimplantarselas a nadie. Fue doloroso, muy doloroso. Esa imagen de Diego me partió el corazón. Ese Diego triste, aún hoy cuando aprieto el “play” de la videocasetera, contagia tristeza. La escena está allí, duele en la cabeza, aprieta el estómago, nubla la vista, estruja el corazón. Está allí, no se va... Quizás por eso ya me había olvidado del Mundial. En el mismo día en que se cumplían ocho años y veinticuatro horas de su coronación en México, el mismo día en que se cumplía un año de su partida de Sevilla, el mismo jueves 30 en que se cumplía todo eso, Diego Armando Maradona vio por primera vez en dieciséis años un partido de la Selección Argentina en un Mundial desde afuera. Estaba destruido, todos nosotros también. La sensación me domina desde que lo vi a Diego, solo, en su habitación 714 del Sheraton Park Central de Dallas, ciudad en la que a partir de ese día no sólo mataron a John Fitzgerald Kennedy. Verlo ahí me mató. El sentimiento había quedado reflejado en esa entrevista que paralizó al país a través de la televisión, en la que no se le vio el corazón, aunque lo tenía en la mano... Después de eso no pudo seguir mirando el partido, pidió disculpas con el hilo de voz que le quedaba y se fue a su habitación... En su cabeza repiqueteaba, como un implacable martillo, su propia frase: “Me cortaron las piernas, me arrancaron el corazón... ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer con mi vida?” Un testimonio, sin tiempo, sin espacio, sin rating. Con una luz extraña inundándolo todo, con el sentimiento unido en una tristeza desgarradora, provocada por su voz, tan distinta... Sin bronca, sin resentimiento, con el dolor de la promesa incumplida: había dicho que no iba a llorar. No se pudo contener. Aceptó bajar desde su habitación hasta el lobby, para hablarle al mundo, por una razón fundamental: “Quiero tener el derecho a defenderme... Yo no me drogué, cualquiera que me haya vista entrenar sabe que yo no necesitaba drogarme para correr como corrí ni para jugar como jugué”. Y eso mismo decíamos antes, yo te creo Diego, todavía hoy sigo pensando que eso fue una injusticia, en nigún momento quiso obtener una ventaja deportiva. A Diego lo “cagaron”, así como suena, así de simple. Y me queda una duda: Havelange, ¿porqué no defendió a quien llamó “su hijo”, “su nieto”?. Si a todos sus hijos les hace lo mismo que será de la vida de ellos. A Diego, en tanto, nadie le quitaba de la cabeza que los había defraudado. “Me estoy muriendo yo y se están muriendo todos los que creyeron en mí...¿Por qué, por Dios, por qué?”, se había preguntado sin poder responderse. Después fue a comentar el partido siguiente de Argentina con Rumania. Fue el centro de todas las miradas, hay diez segundos o más del partido -que ya llevaba jugados dos minutos- que nadie ve, porque los cien mil espectadores apuntan hacia el palco de prensa, como si allí se jugara algo. El Mundial había terminado, para él y para muchos, cuatro días atrás, aquel miércoles 29 de junio de 1994 inolvidable y fatal. Un día de luto en la historia del fútbol. Había terminado hasta para ese hondureño simbólico, Marco Bardales, que se para en la salida del túnel 19, como un hombre sandwich con ese cartel escrito en puño y letra: “Diego Maradona, Dios del fútbol, es inocente...” Tiene unos cuarenta años, “al fútbol le han quitado su esencia”, dice, y empieza a caminar sin rumbo fijo, dolorido, con la certeza cruel de que llegó hasta allí para comprobar que el milagro -deseado, esperado- ya no sería posible... Nos sorprendió, los treinta y tres millones de argentinos lo seguimos, en el mismo camino... Y siguió caminando el hombre. Dicen que iba llorando. Lo único que queda por decir de la tarde más negra del fútbol argentino, lo dijo el mismo Diego: “lo lamento en el alma por todos los argentinos, pero a nosotros no nos ganaron en la cancha... Nos tuvieron miedo y alguien nos sacó, alguien metió la mano y lo hizo muy feo”.

Hay que agregar el mal perjuicio que se le tiene a Diego. Parece que Diego Maradona hubiera descubierto, en nuestro país, la cocaína. Fue víctima de una enfermedad que afectó y sigue afectando a muchísimos, entonces ¿porque no ayudarlo?. No sólo no se lo ayuda sino que se lo persigue y molesta continuamente. Por favor periodistas argentinos: ¡Dejen de una vez en paz a nuestro mayor ídolo!. Pero el talento de Diego trascendió las fronteras y no fue sólo el periodismo argentino el que lo acechó continuamente. Siempre noticia. Con cualquier camiseta, en todos los momentos, en todas partes. Con la excelencia de su fútbol y con aspectos de su vida, Maradona logró una trascendencia internacional inusitada para un deportista, que lo llevó a figurar en la portada de las principales publicaciones de todo el mundo. Sólo los más célebres científicos, escritores, artistas, presidentes, militares, logran alcanzar una difusión universal a través de las portadas de las más importantes revistas del mundo. Son prácticamente inexistentes los ejemplos comparativos para los futbolistas, por eso la constante aparición de Diego en ellas remarca aún más su trascendencia como permanente generador de información. Sirvan éstas como ejemplo: Soccer Magazine (Japón), Oggi (Italia), Time (Estados Unidos), Guerin Sportivo (Italia), Newsweek (Estados Unidos), Onze (Francia), La Domenica del Corriere (Italia), France Football (Francia)... Por ellas también transitan sus máximas conquistas y más caros sentimientos. Además si volvemos a los medios argentinos nunca un nombre apareció tantas veces como el de él, incluso hoy, después de retirado, siguen apareciendo publicaciones suyas. Fue el jugador que más veces salió en la tapa de El Gráfico, por lejos.

En vez de hablar, porque no se ponen a pensar la pesada tarea que le tocó a Diego por ser ídolo: cuando la gente necesita llenar un vacío, proyectar en alguien sus esperanzas, su ilusión, hasta sus broncas, allí estaba él poniendo el pecho, conteniendo tanta demanda, tan imperiosa necesidad de identificación colectiva. Sostiene los ideales de todos los argentinos. Los quiero ver a cada uno de los que habla, ver que hubieran hecho en esa situación. El tuvo un desafío casi insuperable. Siendo de origen muy humilde, fue llevado de golpe al estrellato nacional y universal. La verdad es que no puede vivir. Este hombre no puede pensar, hablar, caminar, siempre tiene alrededor gente que lo idolatra. Es muy difícil superar eso. El se vio obligado a manejar esa circunstancia desde que tuvo 18 años. Y además están todos los que se aprovechan y viven de eso. Todo el mundo quiere tocarlo porque es una leyenda. Y no es fácil ser leyenda, al contrario: es bastante dramático. Diego fue víctima, fue víctima de su propia idolatría, esa que suprimía cualquier rastro de privacidad, ésa que no lo deja caminar en paz por la calle, no tiene un momento de calma, todo el día lo agobian, tanto los hinchas -debe ser la persona del mundo que más autógrafos firmó y que más fotos le sacaron en toda la historia- como los periodistas. Valga esta anécdota como ejemplo: hace unos días sus hijas le pidieron que las llevara a un shopping. El accedió y, cuando quiso entrar, no pudo. Entonces le dijo a la gente algo patético: “¿No me concederían ser como ustedes quince minutos al menos? Por favor se los pido”. Al final se tuvo que ir. Esa es una carga difícil de soportar, él no tiene vida privada. Imáginese, todos lo días de su vida durante más de 20 años así. Opina Brindisi sobre esa fama de Diego: “Diego es un ser humano como cualquiera, que se cansó de cargar una mochila cada vez más pesada. Recuerdo, cuando jugábamos en Boca, que tuvimos una gira por Costa de Marfil. Llegamos al aeropuerto y había 5.000 personas esperando. Nosotros pensábamos que también había llegado algún Presidente, no entendíamos. Y mucho menos entendimos cuando se pusieron a gritar “¡Pelusa!”. No le gritaban “¡Maradona!”, sino “¡Pelusa!”, eso marca hasta dónde había trascendido Diego en 1981, cuando recién arrancaba”. Algo parecido cuenta Pablo Colman, un argentino residente en China, sobre cuando el Boca de Diego en 1996 visitó ese país: “Acá nadie sabe que es Boca, pero todos saben quien es Maradona. Los principales diarios lo anunciaron hoy en la tapa, lo esperan como una atracción increíble... Y yo también, la verdad”. De esa gira de Boca, se recuerda que sus propios compañeros se quedaron perplejos, obsrevándolo llegar a Ezeiza rodeado de periodistas y de gente -hasta le robaron los anteojos en el tumulto- y también en el arribo a Holanda, igualmente reconocido y asediado. Diego viajó con la ilusión de ir al encuentro de pueblos que lo adoran, sin reticencias. Y realmente lo sintió, es más la visión superficial y primaria, dejaba una única conclusión certera: la solitaria coincidencia entre las dos ciudades que ha pisado Boca en el arranque de esa gira, pasa por la presencia increíblemente convocante de Diego Armando Maradona. Lo sintió tanto en Amsterdam como en Pekín, en la ciudad holandesa, apenas pisó la vereda del Gran Hotel Krasnapolsky... de todos los que estaban en las cercanías partió el grito: unos “¡Diego!”, otros “¡Maradona!” y hasta se escuchó algún “¡Armando!”. Debió regresar al hotel y salir más subrepticiamente. Una fama impresionante: en cada rincón del planeta, por más recóndito que sea, le conocen. Pero nada más curioso cómo lo que le pasó a Miguel Angel Rubio, periodista de la revista “El Gráfico”, que estaba cubriendo la participación de la Selección Argentina en Francia ‘98. Comentó en la publicación una extravagante anécdota que tituló “Maradona por un día”: “Todo ocurrió cuando la tranquilísima Saint Etienne fue invadida por los escoseses. Muchachos, chicas y hombres que desconocen el agua mineral o las gaseosas se entregaron a una fiesta maravillosa. En la plaza central de la ciudad, la fuente albergó a más de trescientos scotland que se bañaban como si estuvieran en la bañadera de sus casas. Hacía poco que habían perdido con Marruecos por 3-0 pero festejaban como si hubieran ganado con baile. Cosas inentendibles para un argentino. Con una sonrisa tímida, yo los obsevaba a un costado. El hedor a alcohol todavía dura en mi campera. Hasta que, en un momento, un pollerudo con una peluca colorada y un vaso de cerveza tambaleante en su mano, se paró frente a mí y gritó: “¡Maradona!” ¡Para qué! El pobre asoció mis rulos y el bordado con la palabra Argentina en mi buzo Adidas con el gran Diego. Ahí empezó la hecatombe total. Medio centenar de scotlands -en el cual había algunas chiquillas tan apetecibles como borrachas- me rodearon y cantaron un himno que, luego me enteré, existe desde 1986: “Vos sos el rey, sobre todo después del gol con la mano a los estúpidos ingleses, oooooohhh, Dieeeeego Maradoooona”. Después de entonar el cantito, se arrodillaban alrededor mío y me hacían reverencia con los brazos, como si yo fuera un dios pagano. Pero no: para ellos era Maradona. Así cientos de veces. Yo sólo atinaba a sonreír y darles la mano que ellos me extendían. Me pidieron autógrafos y fotos conmigo, apesar de que yo les aclaraba que no era el Diez. Pobres, la verdad que son buena gente. Eso sí, cuando se hicieron las cuatro de la mañana y ellos seguían haciéndome reverencias, ya estaba un poco p... cansado. Ahí me di cuenta de algo: qué difícil es ser Maradona. Y eso que yo sólo lo fui por un día...”. Es verdad: cansa ser Maradona. Es muy difícil. La presencia de Maradona produce revoluciones en todos los lugares por donde pasa. Siempre, en todos lados, los ojos de la gente apuntan a él, su fama es enorme. También opina el Bambino Veira sobre esto: “lo que genera Diego es muy grande, difícil de soportar: yo veía cuando jugábamos en Boca y los hinchas se colgaban del colectivo. Y pensaba: ¡se van a estrolar contra la columna! Es una cosa de locos”. Así cualquiera tendría las mismas actitudes y las mismas reacciones, así cualquiera estaría más expuesto. Por eso justifico totalmente lo que hizo, cuando disparó con aire comprimido a los periodistas. Actúo en defensa propia, ¿sabés lo que es que te pongan un zoom desde arriba de un camión violando tu intimidad?. Además, todos tenemos debilidades morales. Imáginese en esa situación ninguno aguantaría, es por eso, como dijo Lin Yutang que “debemos precavernos del hombre sin debilidades morales”. Así que en vez de hablar de los errores de Maradona, piensen un poquito y pongánse en su lugar. Si cada uno de los que se llenó la boca de idioteses, “Maradona esto, Maradona lo otro...”, hiziera eso, de seguro quedarían muy pocos críticos.

Y esa fama siempre fue la que hizo que alrededor de su imagen se movieran millones de dólares. Hubo contratos con Coca Cola, Puma, Agfa, Mc Donal’s, Cosméticos Tsu, cuadernos Campeón, entre otras millones de marcas. Aparecieron productos como encendedores Maradona y alfajores Dieguito. Hubo pases millonarios, nuevos autos y casas. Cuando llegó a Nápoles en una semana se vendieron más de 50.000 copias del “Tango de Maradona”. El día que llegó a Nápoles a 215 recién nacidos los inscribieron con el nombre de Diego o Diego Armando, pero sólo el día que llegó. Imáginese cuántos hubo después, cuántos jóvenes que caminan hoy por las calles de Nápoles llevan su mismo nombre. Pero eso no es todo: una calle de Nápoles lleva su nombre (se llama “Via Maradona 10”). Y así hay infinidad de casos, de millones de cartas que le llegaban y Diego trataba de contestarlas, también hubo gente que en el hotel se acercaba a Maradona y le decía: “Yo puedo dejar a mi hija y a mi señora pero no puedo dejar de ver al Napoli con usted integrando el equipo”. Es impresionante el amor, la fama, la popularidad de Maradona en Nápoles. Las ventanillas colgando un cartel “no hay más localidades” fue escena repetida en todos los lugares del mundo. Diego se volvió fuente inagotable de dinero. Explica Hugo Gatti: “Diego fue un jugador taquillero, y gracias a él Boca salía de gira. A nosotros nos venía bárbaro porque cobrábamos premios muchas veces mejores que los que nos daban en los campeonatos locales. Me acuerdo de la última gira antes de que Maradona pasara al Barcelona, en Japón. La gente se mataba por tocarlo y él siempre trataba de atender a todos con una sonrisa”. De esa fama también habla Bilardo: “En México 86, Diego fue el más perseguido. Habrá firmado, en proporción, mil autógrafos a uno con respecto a los demás jugadores. Las pocas veces que dejamos la concentración la policía de seguridad que nos seguía tuvo que hacer grandes esfuerzos para poder salvar a Diego de esos cariños que lo mataban. Y Diego nunca perdió la sonrisa.” Astor Piazzolla decía, con indisimulado dolor: “En mi país soy famoso, pero no soy popular”. Con Diego ocurre un fenómeno extraordinario que en aquel campeonato de México se demostró: es famoso y popular en todo el mundo. En México, superaba con holgura a cuanto se le cruce en el camino. ¿Hugo Sánchez? ¿Platini? ¿Rummenige? ¿Algún danés? ¿Sócrates? ¿Zico? ¿Julio César? Ni por asomo. Los días de entrenamiento, cuando había acceso al periodismo, se formaban grupos de hasta cincuenta personas que pugnaban por entrar para verlo. Cuando llegaba a los estadios, la policía se volvía loca para lograr alejar a los fanáticos y cuando salía, no menos de ocho corpulentos agentes le hacían de protección para impedir que se lo lleven o lo lastimen, como dijo Bilardo. No hubo día, juegue o no Argentina, que todos los diarios de México no le dedicaran por lo menos una página y no hubo programa de televisión que se prive de dar su imagen o su palabra o las dos cosas. Estaba bien, tranquilo, sonriente, inspirado, feliz. Sabía de la fama, de la popularidad, de la idolatría, del dinero, de los contratos, sabía que era el número uno de los número uno. Pero conservaba intacta la sencillez, la humildad, la sensibilidad, capaz de llorar como un chico al encontrase el domingo con su viejo en la concentración y decirle simplemente: “Feliz día, papá”. Salvatore Bagni cree que “se organizaban amistosos con la condición de que jugara Diego, pero no en el nivel en que lo hizo el Inter con Ronaldo. Era otro fútbol. En cambio, la venta de productos con la imagen de Maradona si fue un gran negocio: se vendían camisetas, muñequitos, banderas, bufandas... Nápoles siempre fue la capital de las chucherías y Diego les dio de comer a muchos”.

Maradona fue un hombre real, una presencia cercana y cotejable, un mito erigido en la globalización, en la era de las comunicaciones, instaurado en la pantalla concreta de la televisión. Fue el máximo referente deportivo de fin de siglo porque su hazaña fue seguida en vivo, carece de afeites y cosméticos, está allí para ser paladeado en seco, cuando declina el entusiasmo que hace perder el sentido de la proporción. Su figura reclamó elogios, ovaciones y tapas de revistas desde muy pequeño. “Es zurdo, pero ya sabe usar la derecha. Diego Caradona (sic), diez años, se ganó calurosos aplausos en el entretiempo de Argentinos-Independiente, haciendo gala de una rara habilidad para el jueguito con el empeine y también con el chanfle”, escribía Clarín por primera vez sobre Diego en septiembre de 1971. “Maradona/ ocupate vos/ si no sucede ahora/ no sucederá nunca más/ ocupate vos/ la Argentina tuya está aquí/ no podemos esperar más”, le exigieron sesenta mil tifosi en 1984, el día en que se presentó en el Napoli. Aquí y allá, la presencia de Diego no se agotaba dentro de las líneas de cal. Esa fama, creó infinidad de anécdotas como la de Salvatore Bagni, quién comenta que cuando se enteró de que el Inter lo había vendido al Napoli no le gustó nada, pero cuando supo que iba a jugar con Diego aceptó sin dudarlo. Diego jugó en una época donde su estrella brillaba infinitamente más que cualquier otra de cualquier nacionalidad. Desde China hasta Senegal saben quiŽn es, y muchos nos conocen en el exterior gracias a las hábiles piernas de Maradona. Hay que tener buena madera para soportarlo todo, hasta el amor y el éxito. Esa misma TV que fue protagonista directa de sus hazañas, que mantuvo su nombre siempre presente capaz de enloquecerlo por un hartazgo totalmente comprensible, se transformó en el medio para su descenso. Maradona conformó desde la pantalla sus momentos más negativos, a veces flageado a carcajadas en programas-basura. No hay redención para los hombres duros, pero su partido aún no ha terminado, hay tiempo para la última grandeza.

Diego siempre fue el mejor, ya lo era a los 20 años y lo sigue siendo ahora, allá por la década del ‘70 cuando recien había debutado en primera El Gráfico publicaba una nota que titulaba “A la edad de los cuentos escucha ovaciones”. El autor de aquella nota deseaba el final: “Que el cuento sea largo, que no termine nunca, que tenga un lindo final, que el héroe le gane a todos, que a todos haga feliz. Y colorin colorado...”. Este cuento no ha terminado. Nunca lo hará. “Cumplir con tu Leyenda Personal es aquello que siempre deseaste hacer. Las personas al comienzo de su juventud, saben cual es su Leyenda. Todo se ve claro, todo es posible. La gente siempre está en condiciones de realizar lo que sueña”. Estas palabras pertenecen al Rey de Salem, uno de los personajes de la novela “El Alquimista”, de Paulo Coelho, y fueron el impulso necesario para que, en la ficción del escritor brasileño, un joven pastor decidiera cambiar su historia. También en la década del ´70, el pibe morocho dejó de hacer jueguito por un momento, enfrentó a la cámara de televisión y desde le cándor de sus diez años lanzó la premonición: “Mi sueño es jugar un Mundial...salir campeón del mundo con Argentina”. En estos día ese pibe es Diego Maradona, un personaje de verdad y no de novela (aunque a veces lo parezca cuando juega), es el mejor jugador de toda la historia con su Leyenda Personal ya cumplida. Sólo hay una cosa que hace a los sueños imposibles: el miedo al fracaso. Por suerte, Maradona nunca sufrió algo semejante, no tiene incorporada esa palabra. Como el personaje de “El Alquimista”, él también cumplió su leyenda personal. La cumplió, y con creces. Fue el mejor de todos, siempre, en cualquier parte. Cuando se fue a España se pagó una cifra que todavía hoy, con el gran aumento del mercado futbolístico, sigue siendo una fortuna y uno de los récords del fútbol argentino. Por eso no podemos decifrar con presición cuanto se pagaría en la actualidad si Diego estuviese empezando su carrera, pero de seguro sería una cifra con varios ceros, que superaría en varias decenas de millones a las que cotiza actualmente el brasileño Ronaldo. Si hasta hace poco empresarios japoneses ofrecieron una suma cercana a los 20 millones por un Maradona con 36 años (a la que, por cierto, Diego rechazó demostrando una vez más su gran amor por Boca).

Diego fue el mejor, y mucho tiene que ver esa infancia en los potreros de Fiorito, dónde dio sus primeros pasos. Fue biotipo del jugador de potrero, porque en el potrero hay barro, pero también hay flores. Esos potreros tan comunes en la Argentina, esos potreros que contagian la alegría del juego a cada persona que practica aunque sea una sólo vez, esparciendo el fútbol por cada rincón del país; en cierta forma por esos potreros el fútbol es el juego más popular de la Argentina. Pero también por esos potreros Diego Maradona es hoy quien es. Alejandro Dolina dice, algo parecido, en su libro “Crónicas del Angel Gris”: “Lejos de las metáforas oficiales que nos invitan a seguir el ejemplo de nuestros futbolistas para encontrar el destino nacional, yo apenas cumplo en homenajear a los miles de pioneros atorrantes que impartieron una ética, una estética, tal vez una cultura, cuyo inapelable resultado son los goles superiores, memorables, criollísimos de Diego Maradona”. Así empezó todo en las humildes calles de Fiorito, hace más de 30 años: una piedrita, una tapita de gaseosa, una naranja, el borrador del pizarrón... Cualquier cosa, a cualquier hora, bailaba al son del empeine del pibe. Hoy a los 38 años, sigue siendo el mismo. Siempre igual, le dabas algo para patear y se ponía contento, representaba la alegría y el amor al juego. Por eso fue único. En el bolsillo derecho de su pantalón, carga con un documento que no miente: Diego Armando Maradona había nacido el 30 de octubre de 1960, en una mañana de potrero.

Alguna vez se dijo que el número 10 es “el fútbol mismo”. Grandes jugadores eligieron ese número como si fuera una calificación para su talento. Pero a nadie en la historia le queda tan bien como a él. Parece casi que ese número fue inventado pura y exclusivamente para él, y durante años lo estuvo buscando alternando en grandes jugadores pero sin todavía encontrar su dueño definítivo, se puede llegar a decir que hasta la llegada de El Maestro se lo guardaron, nada más. Cuando se econtraron fue amor a primera vista, se lo puso una vez y no lo dejó hasta el día de hoy. Fue fácil advertir que le quedaba pintado al cuerpo.Las camisetas cambiaban pero el número no, nunca ese número estuvo en tan buenas manos. Hoy cualquier persona que se ponga una camiseta con ese número, lo mira y se acuerda de él, pero nada más. No quieren faltar el respeto y lo saben: la camiseta número 10 fue, es y será de Maradona.

Alguien ha dicho, con indudable acierto: “Maradona, un acordeón tocado por un ángel.” Conforme: el ángel del verdadero fútbol. Ese fútbol de Diego es la aspiración de una pierna ardiente, que busca en el arte la realización de sus deseos... Siéntese fútbolero, vamos a analizar a Diego.

Es difícil describir las características de Diego, para ello voy a citar una gran verdad escrita por Juvenal en El Gráfico: “La diferencia entre el genio y el talentoso es que este último realiza a la perfección lo que ya está inventado, en tanto que el genio inventa lo que no existe. Un talentoso resuelve donde es difícil resolver y puede hacerlo de forma brillante. Un genio resuelve lo que no se puede, razonablemente, resolver. Por eso, Maradona fue un permanente generador de sorpresas, un admirable fabricante de lo inesperado, lo distinto. Señaló goles pateando casi desde el corner, jugando con lo que esperaba el arquero apelando a la lógica: “Ese tipo, desde allá, no me puede patear...”. Y ese tipo, sorpresivamente, pateaba al arco y la metía. Al servicio de esa genialidad para imaginar, resolver y ejecutar -todo en una fracción de segundo- Diego entregó su virtuosismo, su enorme facilidad técnica. Lo hizo con generosidad y buen gusto. Sobre todo, con amor. A la pelota, al juego, al público y al espectáculo”. Es cierto, Maradona fue un genio, tuvo, tiene y tendrá la pierna más talentosa de toda la historia, pero además tiene el don del invento. Yo lo he visto inventar, con esa pierna, con una gran creatividad e imaginación, jugadas imposibles, como, tirar un centro en donde no hay lugar para hacerlo, tirar centros de rabonas con una precisión sorprendente, goles imposibles para un simple mortal, tiros en los palos o que pasaron muy cerca y no pudieron concretar goles que hoy serían recordados como de los mejores en la historia (como aquella jugada en Wembley en 1979, o una contra Colombia por las eliminatorias del ‘85 que pasó muy cerca, o tantas otras con la camiseta del Napoli), etc. Otra característica de Diego es la potencia con la que se sacaba de encima a varios defensores. A sus rivales se les hace imposible marcarlo: si a su gran técnica en la gambeta le sumamos la fuerza y velocidad en la carrera es totalmente imposible. Por eso el peor pecado que se puede cometer con Diego es dejarlo arrancar, una vez en velocidad es imposible frenarlo lícitamente. De esa dificultad para marcarlo hablo Gentille después de México 86, quien pasó a la historia como uno de los jugadores que más violentamente lo marcó: “Diego es imparable. Un descuido y uno ya tiene un gol en contra. Para quitarle rendimiento la única forma es no dejarle tocar la pelota”, esto afirma lo que djimos anteriormente sobre la imposibilidad de anularlo en carrera con la pelota en los pies. También agregó: “su marcador tiene que estar ciento por ciento físicamente y no tener una sóla distracción en todo el partido. De lo contrario le será fatal. Otra forma es lo que hicieron los alemanes, esperarlo escalonadamente. Per le quita tres jugadores a un equipo y, así y todo, un pase de Diego que vaya a saber de dónde lo sacó, lo dejó sólo a Burruchaga. Marcarlo en zona es la muerte, como le pasó a Bélgica e Inglaterra. Por eso, repito, la única forma para frenarlo es hombre a hombre, pero con decisión, rápidez de reflejos y los ojos bien abiertos los noventa minutos. Si los cerrás un segundo, Diego te transforma una jugada en un gol genial. Sus marcadores apenas pestañearon. Y eso contra Diego está prohibido hacerlo”. Tiene razón Gentille, contra Maradona no basta estar con el cuchillo apretado entre los dientes 89 minutos y 50 segundos. Porque en diez tic-tac es capaz de hacer un desastre. Ni hablar de su capacidad goleadora, lo que pasa es que Diego si bien no fue un goleador nato, como podría serlo Gabriel Batistuta o Martín Palermo, con sus características se le hace más fácil estar continuamente amigado con la red lo cual produce que tenga la misma capacidad goleadora que estos dos grandes goleadores que se diferencian con el Diez en su evidente falta de técnica; el haber sido varias veces goleador en el fútbol argentino e italiano demuestran esta teoría. Los goles siempre formaron parte de su gran trayectoria. Incluso hasta hace poco -antes de la aparición del gran goleador Batistuta- era el máximo goleador argentino en la historia y también en los mundiales, también es el único jugador que salió 5 veces goleador del fútbol argentino, 1 del italiano, y es el máximo goleador de toda la historia de Argentinos Juniors. Aunque no haya tenido como tarea específica esa responsabilidad. Pero su talento era tan ilimitado que, sin ser específicamente hombres de área, se las ingeniaron infinidad de veces para dejar la pelota envuelta en la red. Como si esto fuera poco, Diego hace jugar al resto del equipo. Maneja el juego, crea las jugadas, maneja los tiempos y asiste varias veces por partido a sus compañeros con un pase-gol o con jugadas en donde queda claro que no tiene nada de egoísta. Además nadie duda de que es el ídolo, líder y referente total e indiscutido en todos los equipo que jugó, simplemente por eso, por jugar. Cuantas veces se habrá visto eso: el puño cerrado, la imagen ganadora que paseó por los distintos equipos en los que jugó. Siempre anteponía los intereses del plantel a los personales, siempre dando la cara por sus equipos. Fue totalmente determinante en todos los equipos que jugó, esto quedó demostrado cuando Diego quedó afuera de E.E.U.U., Argentina lo sintió y quedó eliminada (y eso que tenía 34 años). Cuando nos quitaron a Diego de ese Mundial, la Selección fue cómo un circo sin payaso. Le faltaba el alma. También pasó algo parecido con el Nápoli, desde que se fue el equipo atravesó varias crisis que desembocaron en la realidad de hoy: el Nápoli compitiendo en Segunda División. Él representa un 80%, 90% de sus equipos, él es el eje de la rueda, si la rueda no tiene el eje, no va. Siempre liderando los grupos que integró, siempre contagiando fervor y ganas, siempre con hambre de gloria por más vueltas olímpicas que hubiera dado. Quién no recuerda sus sentidas lágrimas luego de la final de Italia ‘90, cuando ya había sido campeón del mundo y poca gloria le quedaba por ganar. Un ganador indiscutible. Pero, en un plano estrictamente futbolístico no quedan dudas de que que fue una enorme ventaja para cualquier equipo, capaz de marcar un tremendo desequilibrio, totalmente decisivo. Por las monstruosidades que hizo con la pelota fue una bendición para cualquier equipo. Y especialmente por dos razones: es un motivo constante de preocupación para el rival, y cada aparición suya hay que medirla por situación de gol. Y encima le agregamos todo lo extra-futbolístico que puede brindar, todo lo que transmite en sus compañeros, el temor de los rivales, etc., no quedan dudas de que fue el mejor. Nadie lo dude: el mejor de todos los tiempos.

Las virtudes de Diego se dividen en dos -como podrá haber notado-, las futbolísticas y las extrafutbolísticas -más relacionadas a un plano psicológico-. Por un lado la que estaba a la vista de todos: esa zurda maravillosa que sacaba conejos de la galera, haciendo goles memorables, devolviendo la pelota redonda hasta cuando le tiraban un ladrillo, o inventando jugadas que no están en nigún manual de fútbol. Pero, por otra parte, tenía un gran mérito que no se veía desde afuera: cuando contagiaba con entusiasmo a sus compañeros y se cargaba el equipo al hombro, pidiéndola en los momentos difíciles, agrandando a sus compañeros y achicando a los contrarios con su sola presencia. Comenta Valdano: “Tiene la capacidad o la habilidad para aparecer en el momento justo: con las piernas o con la palabra. Con las piernas, en esas jugadas maravillosas, poco creíbles para los que acompañamos desde ahí, cerca de él, dentro de la cancha. Con la palabra, en esos momentos en que cualquiera necesita un apoyo, un aliento o nada, sólo esa palabra”. Y Valdano lo sufrió en carne propia eso de animar con la palabra, valga la anécdota: En el partido contra Bélgica en el ‘86, al cabo de una de sus más fantásticas maniobras, arrancando por la derecha y llegando al fondo contra Bélgica, le sirvió un gol hecho a Valdano. Jorge llegaba lanzado desde atrás y levantó el tiro con todo el arco a su disposición. Después explicó: “Cuando uno falla un gol así, tiene ganas de matarse. Pero yo estaba en el ángulo derecho del área grande argentina cuando partió el contrataque. Piqué hacia adelante porque tengo alma de delantero. Vi que el Vasco le cruzaba la pelota a Diego y yo sé que cuando Diego arranca por la derecha es mortal. Ese arranque puede terminar en una situación de gol. Entonces aceleré. Llegué muerto, porque había picado más de setenta metros. No pude frenar ni medir el remate y la mandé por arriba. No quería mirar a nadie. Cuando por fin lo miré a Diego, vi que me aplaudía. Eso me reanimó. Y más todavía cuando se acercó, me palmeó y me dijo: “Un jugador que pica setenta metros para acompañar a otro tiene derecho a perderse ese gol y varios más...” ¿Se da cuenta? Ese es Maradona. Por eso es el más grande...”

Un genio del fútbol como Maradona demuestra que no basta la habilidad física, sino que se requiere de una variedad de virtudes que van de lo meramente corporal a condiciones espirituales. “No, no basta habilidad. Un gran campeón como usted es la mejor prueba. Se necesita talento, inspiración, rapidez mental y clara fortaleza física y espiritual. Firme, pues Diego no desmaye, esté junto a sus camaradas. He vivido el amor de equipo en mis tiempos y si puede seguir jugando, no deje de hacerlo”. Fragmento de la larga carta Ernesto Sábato a Diego después del Mundial ´94, el 6 de julio más precisamente.

Maradona es de los que entienden -y lo llevan a la práctica, no se quedan en el verso facilista y meloso del tiempo de las pasiones flamígeras- que, si es necesario, hay que entregarlo todo por amor. Y así hizo él, lo dio todo por nosotros.

Cuando Diego faltaba en algún partido, entrenadores, compañeros e hinchas se sentían desamparados. “En el 81 los rivales jugaban más sueltos si no estaba Maradona”, die Marzolini. “Incluso después del Mundial de Italia”, refuerza Giovanni Galli, “cuando Diego arrastraba dolores en la cintura y en el tobillo y jugaba al 50 por ciento de sus posibilidades, arrancábamos los partidos con ventaja”. Maradona desnivela los valores de cualquier equipo. Es el que desata el rayo, el que fabrica el trueno.

Maradona ha llenado con su juego, a menudo mágico, muchas páginas brillantes del fútbol mundial. Habilísimo malabarista, Maradona tuvo en su pierna izquierda y en su velocidad mental para percibir lo que acontecía en todo el campo y, sin demora, generar jugadas inverosímiles, las palancas que lo impulsaron a la cima de la fama deportiva. Su habilidad para la gambeta, su presición en las habilitaciones de media y larga distancia y un espíritu de lucha inclaudicable sirvieron de pedestal para una voracidad goleadora.

Su nombre civil es Diego Armando Maradona; las cinco letras que lo proyectaron hacia la cumbre más elevada de la admiración mundial fueron Diego. Y bautizaron a un genio futbolístico que tuvo mucho de fantástico, de irreal. Arquetipo de talento y habilidad, creador insigne, en el que se amalgaban, entre otras cosas, como si fuera obra de orfebre, destreza, picardía, intuición, ubicuidad y, como si estos atributos fuesen pocos, una efectividad singular. Maradona gestaba avances, pero también los terminaba en la red contraria. Los videos atesoran sus mágicas jugadas, sus goles inverosímiles, sus gambetas fantásticas, sus pases asombrosos. Ante este desborde incomparable del máximo genio mundial que el fútbol ha producido en toda su historia, resultan ridículas las comparaciones que interesadamente se han trazado entre Diego y otros futbolistas. Artistas del fútbol de la estirpe de Diego aparecen muy espaciadamente; ante su deslumbrante begaje de recursos, surge la duda: ¿alguna vez alguien se le aproximará?

Supo de la magia de hacer de la pelota, a la que dominó por presencia y por amor, un objeto obediente a todos sus deseos. Tirando al arco la colocaba sutilmente lejos de las ansias de los arqueros rivales. Además de saberlo todo, era capaz de inventar todo. Así convirtió incontables goles a lo largo de su carrera. De paloma, de chilena, de taco, de caño, con gambeta larga o gambeta corta.

Poseía un excepcional control de la pelota. Su repertorio de movimientos a la hora de recibir el esférico constituye, por sí solo, todo un espectáculo. Tiene una precisión y un dominio únicos. Parece que la pincha cuando le llega la pelota por lo alto y la toca con la punto del pie como si fuera la picadura de una cobra. También parecía que tenía un colchón cuando la dejaba muerta en el pie o cuando la bajaba de pecho. Conducía la pelota brillantemente, dueño de gran polivalencia y versatilidad. Maradona tenía un magnetismo innato con la pelota, encaraba al rival y lo “expulsaba” de la jugada a través de uno o varios amagues que le hacen perder el equilibrio y la posición. Si lo combinamos con su velocidad y ritmo, suponía un arma vital para cualquier equipo. Fue el máximo exponente de la gambeta, un especialiste en “marear” a los defensores rivales desplegando un amplio repertorio de amagues. Era capaz de realizar las gambetas y los amagues más inverosímiles en un par de baldosas. Ingenioso, vivía inventado sobre la marcha, inventaba trucos por el camino. Totalmente prestidigitador: habilidoso hasta la médula y casi chaplinesco en el modo burlón de desconcertar al rival. La habilidad de Diego fue incomparable, con un dominio excepcional, cómo ya dijimos, y una gran coordinación de movimientos. El jugador con más técnica de la historia. Capaz de practicar un fútbol de etiqueta, con el virtuosismo en su máxima expresión. Con toda clase de jugadas de lujo siempre apreciadas por el público, siempre las hacía para beneficio del equipo. Lujo siempre útil, como la rabona que la usó siempre como solución a un problema. Además, era un excelentísimo rematador, también el mejor de la historia: las metía de cualquier manera, por arriba, sin ángulo, con apena tocarla, por abajo, de cerca, de lejos... siempre utilizando su prodigiosa técnica individual.

Este hombre sencillo de Fiorito dijo adiós. Este futbolista que agotó los adjetivos para dimensionar su porte de “extraterrestre” colgó los botines. Es cierto Maradona ya se fue. Pero todavía sigue siendo el número uno. Es más, viendo lo que hizo, se puede asegurar que siempre lo será. Ahora el hombre puede dormir tranquilo. Difícilmente haya alguien tan grande como él...

Insistimos: una zurda impredecible, el coraje a prueba y un talento sin fornteras. Una gambeta endiablada, ese manejo perfecto de la pierna izquierda, siempre dispuesta a improvisar -aun con la pelota parada-, y una altísima moral ganadora fueron las principales armas con las que deslumbró al mundo. Pero hay que profundizar en esto último, Diego daba la vida por el triunfo y, por consiguiente, por el bien del equipo. Y cuando no, sentía la derrota, la sentía de corazón. Cuenta Gallego: “Diego era tan bueno que cuando el equipo perdía o las cosas andaban mal se caía anímicamente, por su gran sentido de la responsabilidad. En la cancha no. Ahí podía ir perdiendo tres a cero que no se rinde, venía y te decía: “Vamos, vamos que este partido lo ganamos”. ¿Cómo se lo define, en término de ubicación en la cancha: mediocampista, volante ofensivo, delantero? Para qué hacer tantas consideraciones, si no hay dudas en que fue el más grande jugador de fúbol que dio la historia. El sinfín de menciones no puede ni debe hacer olvidar la magia de su zurda, la enorme capacidad para ganar en el pique corto, la rapidez mental para para anticipar las jugadas y ganarle a la marca cuando nadie lo aguardaba. Creador de las piruetas más inverosímiles, capaz de resolver las situaciones más difíciles de la manera más sencilla, gran capacidad para dirigir a sus compañeros con la autoridad de los jugadores superlativos. Al futbolista Diego Maradona todos los que amamos este deporte le estaremos eternamente agradecidos por todo lo que desparramó en una cancha.

Diego es belleza, virtuosismo, elegancia, armonía, plasticidad, arte. Se podría decir que hecho a la medida de lo que históricamente se ha dado a llamar “paladar del hincha del fútbol”. Eso es Diego. Un segundo de distracción del adversario, es la carta de defunción del equipo que está enfrente. Todo es obra del actor. Y Maradona se robó la función. Ese mérito no se delega. Es propia. Tan propio como el estigma de sus golazos quemando la piel ajena.

Eso es Diego. El mejor. Indiscutido. Inigualable. Irrepetible. Único. El más importante. Talento incomparable. Era un equipo dentro del equipo. Podía ganar un partido él sólo. Pero siempre se entregó abiertamente en favor de los otros diez en cada partido. Diego era una gambeta continua, una pluma con varios filos que dibujaba trazos finos y gruesos a pura velocidad y sin margen de error. Ese pie zurdo enviaba encomiendas perfectas a cualquier distancia y sin riesgo para el destinatario. El es el responsable de los duendes de la magia, de la genialidad. Aunque responsable sea una palabra demasiado seria para tanta alegría. Clase, categoría, sutileza, calidad, inteligencia, excelencia, dúctilidad, sabiduría, fineza, riqueza técnica, brillantez, fantasía, espectáculo puro, la magia, el genio, el máximo, la habilidad, el artista, el ingenio, ágil, astuto, creador, cerebral y preciso, luchador, dinámico, la chispa, la fuerza, la sorpresa, sabe exactamente cuales son los objetivos de sus equipos por la gran claridad que tiene para ver la realidad, es el mito, la llama, la picardía, representa la alegría misma y es capaz de emocionar hasta el más duro, carisma, humildad, generosidad, dominio técnico y sicológico, destreza, es decisivo, audaz, atrevido, oportuno, osado, eficaz, imprevisible, frenético, buen gusto futbolístico comparable al más fino y armonioso, inconformista, suprema jerarquía, el respeto de los rivales, preocupación por su presencia, personalidad, experiencia, amor al gol, vitalidad, energía, todo en él era privilegiado -cómo dijo Clarín: “Pocos jugadores tuvieron ese tercer ojo en la nuca para tocar sin mirar pero sabiendo que alguien aparecería. Diego tuvo un tercer ojo, conectado a “dos” cerebros y alimentado por un corazón de tres cuerpos”-, gran convicción, jugador sin freno, voluntad inquebrantable para defender la camiseta, etc; son otros de sus magníficos atributos. Pero además -y sobre todo- es un ganador, consiguió todo en el fútbol, es un insaciable coleccionista de títulos. Pero las emociones no se miden por eso, nada más. A la gloria la alimentan los goles, las jugadas, el brillo individual al servicio del conjunto. Maradona tuvo todo eso. Y es un campeón con todas las letras. Un ganador incuestionable e indiscutible. Salud Maradona. Salud. Excelente rematador -con pelota parada o en movimiento, lejos o cerca del arco, con comba o recto, para asistir a un compañero o para definir él, tenía una gran efectividad. Recuerda Hugo Gatti: “Cuando había un tiro libre cerca del área y enfrente estaba él, chau. Era medio gol”. Este es otro punto que lo diferencia con Pelé, no hubo nunca un jugador que le pegue a la pelota como Diego. Pelé, en cambio, no era siempre el ejecutor de tiros libres porque tenía compañeros que le disputaban el lugar (otra demostración de que Pelé estuvo mejor acompañado que Maradona)-, excelente cabezazo -nunca ponderado para un hombre que además medía 1,60 m, pero realmente dominaba la técnica del cabezazo y convirtió más de un gol. Lo que pasa es que casi no cabezeaba, ya que por lo general tiraba los centros o buscaba los rebotes para definir, las pelotas de aire prefería resolverlas con los pies pero no se puede decir que no tenía cabezazo-, excelente visión del juego -el panorama que tenía era extraordinario, tenía toda la cancha en la cabeza. La muestra más clara fue cuando en la final de México 86, recibió la pelota de espaldas al arco adversario, giró y lo dejó solo a Burruchaga para que definiera el partido-, excelente recursos, excelente determinación, excelente recepción, excelente valentía, excelente uso del cuerpo, excelente defensa de la pelota, excelente gambeta -fue su principal arma, encaraba a los rivales y los desairaba con facilidad. El gol que le hizo a Inglaterra en México 86 es la demostración más clara de su capacidad para eludir rivales-, excelente combatividad, excelente velocidad, excelente potencia -potencia física y temperamental, potencia para arrancar, potencia para arrearse adversarios, potencia para entrar en la zona quemante del área penal-, excelente capacidad atlética -¿o acaso no tenía un físico privilegiado?, podía estar varios meses sin entrenar y volver con pocos días de preparación-, excelente conducción, le sobraba talento para clarificar los avances con una sencilla pausa o también con un pase milimétrico en el instante preciso, elegía bien. Sabía que tenía que hacer en un sitio (el área) donde la mayoría se nubla y choca. Excelente despliegue, excelente manejo, excelente toque, excelente solidaridad, excelente definición. Excelente jugador, lo que se dice “completo”. Nombrarlo y maravillarse con sus goles supone abrir la historia del fútbol en su página más brillante. Siempre fue el factor desequilibrante por su empuje, su coraje y el tremendo peso de su magia. Talentoso singular y una vocación irrefrenable por el fútbol, creativo, agudo, punzante, vivísimo explotador de espacios vacíos y cuando no encontraba de estos, los fabricaba al limpiar la zona ocupada con su increíble genialidad. Facilidad para imaginar maniobras sorpresivas, eso era: imaginativo y repentista a la hora de inventar jugadas que no existían y dueño de una habilidad única para el juego corto, ese que se genera, desarrolla y define sobre una moneda de diez guitas. Eso: gran talento para resolver situaciones en espacios reducidos. Destreza para meter caños frontales o laterales, también juego de cintura para desequilibrar adversarios, juego de cintura y arranque en velocidad, astucia para meter el dribbling incontrolable sin frenar la marcha, clarividencia para amontonar rivales y desmarcar compañeros, de modo que con un simple toque servía medio gol en bandeja. Siempre merodeando el área rival, el lugar más intrincado de la cancha, en el que muchos se les nubla la vista y en el que él, contrariamente, se siente más a gusto que en cualquier otro lado. Siempre se mostrará dispuesto a apretar el gatillo en el momento adecuado, a centrar la vista en el objetivo más deseado: el arco. Clase para buscar ese arco en el instante exacto, poniéndola de cuchara o de cachetada en esos rincones que están invariablemente prohibidos para los arqueros. También tenía un freno increíble, clavaba los tapones en plena carrera para que los rivales pasaran de largo, y sobre el freno, partida instantanea y certera, tan rápida que parecía que no había frenado, que todo era un mismo movimiento. Sí, eso era: fantásticamente habilidoso, de disparo preciso, de toque lujoso, de definición explosiva. Un crack sin vueltas. Sin él, el fútbol no tiene razón de ser. También autor de goles decisivos, aparecía siempre pero cuando su equipo lo necesitaba estaba ahí más que nunca, demostrando que la cinta de capitán no le podía quedar mejor. Suya fue la gloria. Suya es la corona. Guía dentro del campo, no cualquier creador de juego. Manejaba el equipo tanto adentro como afuera de la cancha. Caudillo, hombre-símbolo. Un símbolo grande. Siempre fue el equipo. Es el ídolo al que la gente adora, persigue, grita. Y ése fue Diego Maradona. El potrero se dibuja en sus gambetas, en su andar displicente, en sus brazos en jarra cada vez que su equipo pierde la pelota. En todo. En suma, es un producto genuino del potrero. Sabía ordenar al equipo, manejar los tiempos de un partido, sabía cuándo había que presionar y cuándo esperar. Sabía aclarar confusiones y problemas en el equipo. Diego era un verdadero técnico dentro del campo. El hombre podía manejar -por todo lo que irradiaba su figura- las inquietudes del plantel y canalizar también sus broncas, tenía ese feeling tan particular para conducir, armonizar y convencer a un grupo de futbolistas, sobre todo en momentos en los que las cosas no salían del todo bien. Pero más allá de todo esto, la influencia de Diego también resultaba vital por la confianza que sabía irradiar. Diego era una aspiradora de presiones, como un papel absorvente chupaba todas las presiones del resto del equipo y les pemitía jugar más libremente. No se puede pretender algo mejor para un equipo, no se puede jugar mejor al fútbol. Su fútbol hace que sus equipos tengan la misma insobornable adhesión a una manera de sentir y expresar la belleza del juego. Ese que intenta concretar las tres “G” -gustar, ganar, golear- de un fútbol que deleita a las tribunas y explota en la red. En Diego Armando Maradona se condensa todo lo que tiene de arte y juego, de ingenio y de travesura, de riqueza técnica y de concepción profunda, de habilidad y potencia, de individualismo volcado en favor del equipo y de sutileza destinada a herir ahí donde más le duele al adversario, el estilo clásico del jugador argentino. Sabe todo pero también inventa todo. Hace fácil lo más difícil, y además, sorprende. Crea, resuelve y ejecuta en cualquier lugar de la cancha. En todos sus goles hay un destello de alegría. Es mucho más que un implacable realizador. Es mucho más que un gran artista de la pelota. Es mucho más que un admirable jugador de fútbol. Es un genio. Diego Maradona significó un toque de distinción desde que se dio a conocer. El Diego fue todavía algo más que un genio: fue el fútbol mismo.

Pero si de describir a Maradona se trata, vamos a exponer la idea de Mario Vargas Llosa, célebre novelista peruano, quién, cierta vez, comentó las particularidades de Diego en El Gráfico con una elegancia excepcional y un punto de vista muy excéptico:

“Después del partido de Argentina, que el pequeño astro iluminó de principio a fin con el fuego de artificio de su sabiduría, ya nadie le pone duda: Maradona es el Pelé de los años ochenta”. -Permítanme una breve interrupción. Mi querido Mario te has confundido, es al revés: Pelé es el Maradona de los años sesenta. No importa el orden cronológico de la aparición de estos dos genios, la jerarquía es lo que pesa- “¿Un gran jugador? Más que eso: una de esas deidades viventes que los hombres crean para adorarse en ellas. Al argentino le toca ser la personificación del fútbol, el héroe en quien este deporte se hace cifra y emblema.

Maradona es un mito porque juega maravillosamente, pero también porque su nombre y su cara se graban en la memoria al instante y porque, por una de esas indesifrables razones que no tienen nada que ver con la razón, de entrada nos parece inteligente y nos cae simpático. ¿Tiene algo que ver esa impresión con su estatura? En los partidos, viéndolo operar entre esos altos y fornidos defensas que se relevaban con patética ineficacia por contenerlo, uno tenía la alentadora impresión de que hay una justicia inmanente, de que también en el fútbol es cierto eso de que más vale la maña que la fuerza, de que lo que cuenta, a la hora de patear la pelota, no son de ningún modo las patas, sino la fantasía y las ideas. Sin embargo, a pesar de su escasa estatura, Maradona no da la sensación de ser frágil, sino alguien fuerte y sólido, acaso por esas piernas robustas, de músculos salientes, que resisten sin menoscabo los encontrones de los defensas adversarios, no importa cuán altos y fuertes sean. Esa cara de muchacho soñador, ingenuo, lleno de buenas intenciones, le sirve de maravilla para engatusar a los desmoralizados bípedos encargados de cuidarlo, porque lo cierto es que, a la hora de jugar recio, también sabe hacerlo y con un ímpetu que se diría incompatible con su físico.

No es fácil definir el juego de Maradona. Es de tanta complejidad que, en su caso, cada adjetivo necesita una apostilla, una matización. Su eficacia es tan rotunda cuando lanza, desde ángulos inverosímiles, esos disparos potentísimos hacia el arco, o cuando, mediante un pase escueto y preciso como un teorema, pone en movimiento una irresistible operación ofensiva, que sería injusto no llamarlo espectacular, un jugador que toma un partido como una exhibicón de genio individual (o un “recital”, como dijo un crítico, con excelente puntería, de su desempeño).

El estilo de Maradona traumatiza esa división que creíamos válida entre un fútbol científico, típico de Europa, y un fútbol artístico, de estirpe hispanoamericana. El delantero argentino parctica ambas cosas a la vez y ninguna de ellas en especial, es una curiosa síntesis en que la inteligencia y la intuición, el cálculo y la inventiva se apoyan contínuamente. Igual que en su literatura, Argentina ha producido un estilo de fútbol que es la manifestación más europea de los hispanoamericano.

Los pueblos necesitan héroes contemporáneos, seres a quienes endiosar. No hay país que escape a esta regla. Toda sociedad siente esa urgencia irracional de entronizar ídolos de carne y hueso ante los cuales quemar incienso. Políticos, militares, estrellas de cine, deportistas, cocineros, “play boys”, grandes santos o feroces bandidos, han sido elevados a los altares de la popularidad y convertidos por el culto colectivo en eso que los franceses llaman con buena imagen los monstruos sagrados. Pues bien, los futbolistas son las personas más inofensivas a quienes se puede conferir esta función idolátrica.

El culto al as del balompié dura lo que su talento futbolístico, se desvanece con éste. Es efímero, pues las estrellas de fútbol se queman pronto en el fuego verde de los estadios y los cultores de esta religión son implacables: en las tribunas nada está más cerca de la ovación que los silbidos.

Es también el menos enajenante de los cultos, porque admirar a un futbolista es admirar algo muy parecido a la poesía pura o a una pintura abstracta. Es admirar la forma por la forma, sin ningún contenido racionalmente identificable. Las virtudes futbolísticas -la destreza, la agilidad, la velocidad, el virtuosismo, la potencia- difícilmente pueden ser asociadas a posturas socialmente perniciosas, a conductas inhumanas. Por eso, si tiene que haber héroes, ¡qué viva Maradona!”

Además de las características técnicas ya nombradas, Maradona tiene una valentía descomunal, le han pegado patadas terribles y el con tal de seguir teniendo la pelota en su poder seguía corriendo, aunque el dolor lo matara. Eso es verdaderamente tener huevos. También es valentía, cuando en los momentos difíciles se tiene que poner el pecho por su equipo y se lo saca adelante, siempre pidiendo la pelota, querer la pelota es una de las formas que tiene la valentía en el fútbol. Estos son los verdaderos conceptos de tener “huevos”. Y pensar que hay personas como Hernán Díaz que dicen por televisión que son unos machos bárbaros, y después cuando lo acarician se tira al suelo de una manera que parece que le hubieran apuñalado treinta y cinco veces. A él si que le queda bien la cinta de capitán, el da el ejemplo, como en todo el Mundial del ´90 cuando quiso jugar sin poder hacerlo. Diego siempre quiso jugar, sólo basta recordar la cantidad de partidos que no estuvo en condiciones de hacerlo e igual entró a la cancha haciendo mil maravillas; si no recuerden cuando nos llevó a la final del Mundial ‘90 con un tobillo destrozado o cuando en la Copa América ‘89 jugando lesionado metió un tiro en el travesaño desde mitad de cancha frente a Uruguay. Diego Maradona demostró más de una vez que además tiene la víscera más importante que tiene el fútbol. Se llama corazón.

Si algo sabemos que no tiene Diego es esa marca aguerrida, tan característica en los grandes defensores o volantes de marca, que entregan todo de sí para recuperar la pelota. No lo tiene, no porque no pueda sino que no está para eso, en el fútbol los talentosos están para desequilibrar de la mitad de cancha para adelante; no hacen el trabajo rústico de los, en general, falta de técnica. Sin embargo, es tanta su solidaridad, su compromiso con el equipo que ya lo hemos visto más de una vez haciendo ese trabajo, cuando no es necesario que lo haga. También en México 86 trabajó mucho a la hora de presionar la salida de los rivales. Eso beneficiaba al sistema táctico que se utilizaba. Se supone que Maradona fue contratado para ser algo así como el gerente del fútbol de sus equipos. Y Diego termina trabajando de cadete. Corriendo más que sus compañeros. Peleando balones divididos. Tirándose a los pies. Recuperando pelotas pérdidas para que otros la desperdicien. Realmente un absurdo. De eso también es capaz Diego, de sacrificarse para el bien del equipo.

Además, para completarla: fue un jugador con buen comportamiento, muy pocas tarjetas vio en su carrera. Su labor en la cancha fue limpia, como siempre. Y demostró que el único guante lo tiene calzado en su pie izquierdo. La caballerosidad con que Diego se bancaba que le pegasen fue impresionante. ÁTambién tiene fair play!. No reaccionaba ante las patadas, salvo raras excepciones. Y eso que soportó golpes de todo tipo. Pero esto no sirvió para no recibir toda la impotencia de los rivales, transformada en violencia. Como en Italia ´90 cuando fue castigado sin piedad, ya lo dijo Italo Cucci en el diario Corriere dello Sport después del Argentina 0 - Camerún 1 en una nota que tituló “Por qué desde hoy soy hincha de Diego”: “Maradona sigue siendo invencible porque desde siempre -prácticamente desde cuando inició su actividad profesional hace catorce años- ha sido perseguido, empujado, golpeado; ha caído, ha hecho gestos, nunca ha llorado, se ha levantado, siguió peleando, cayó otra vez, le colocaron inyecciones de novocaína y ha vuelto a jugar. A jugar. Qué difícil es saber jugar al fútbol: sólo puede hacerlo aquel que ama el fútbol, al punto de gratificarlo hasta la riqueza, hasta la gloria. Y Diego, que sobre los campos de juego ha recibido bastonazos pero también gloria y riqueza, no tiene todavía ganas de rendirse, no se ha perdido en los modales burgueses, no ha sido detenido por la “dolce vita” ni por la adoración de enamorados, aprovechadores y aduladores. Espero que tampoco lo hayan detenido los simpáticos futbolistas cameruneses. Espero. Porque desde hoy, yo soy hincha de Maradona. El más débil, el más fuerte”. Como en España ‘82 que le cortó las piernas un italiano malintencionado y con el apellido más hipócrita de la historia del fútbol (Gentile). Cuando hubo jueces justos, sobresalió de una manera impresionante, como en México ‘86. Pero su habilidad no pudo inhibirla nadie, aunque lo hizieron volar en varias oportunidades. Siempre lo levantaron por los aires sin lograr anunarlo.

Pero además hay otra característica de Diego muy particular, es una de esas cosas que va contra la naturaleza, algo que sólo tienen los elegidos. Armando Nogueira, sagaz y admirado periodista de TV Globo, señalaba ese detalle específico del fútbol que juega Maradona: “Su sentido del equilibrio es sensacional. El viene en el aire, apenas toca el suelo con la punta de un pie, el adversario, parece que lo voltea, pero Maradona se restablece, retoma la verticalidad y sigue. Es la condición de esos cracks como Pelé, como Garrincha. Parece que no necesitan tener centro de gravedad. Y si lo tienen, está debajo del nivel del mar...” Mucha razón tiene Armando, se notaba constantemente esa característica, venía un defensor le pegaba, parece que se caía -cualquier persona normal se hubiese caído-, pero en el momento que roza el piso, se vuelve a establecer continuando la carrera. Esa es la valentía que mencionabamos antes. Fue un valiente, quería tener la pelota y seguía sin importar que el defensor le rompiera el pie. No buscaba la falta, como, por ejemplo, hoy hace Ariel Ortega -al fin y al cabo nos costó la eliminación de Francia una simulación de Ariel Arnaldo, quien al final terminó golpeando al arquero holandés por impotencia-, él buscaba continuar el juego. Si hay algo que no entendí nunca del fútbol moderno es que los jugadores en el afán de que les cobren la falta, desperdician jugadas que de haber seguido la carrera fácilmente hubiera desembocado en una jugada con peligro de gol. Pero volviendo a ese fenómeno de Diego, la prueba más clara es el segundo gol que le hace a Bélgica en México ‘86. Cuando después de limpiar a cuatro defensores tuvo que buscar el remate al segundo palo, lejos de las ansias del arquero. Al rematar en velocidad, el pie que lanzó el disparo queda en el aire, y como el cuerpo para lograr que la pelota vaya al segundo palo tiene que realizar un giro muy abrupto, no da tiempo para volver a apoyar el pie, el cuerpo sigue su rumbo, y no da posibilidad alguna de mantenerse en pie. Bueno, Diego Maradona recuperó el equilibrio y salió a gritar el gol sin conocer el suelo.

Otra característica de Diego es la facilidad que tiene para convertir lo mediocre en majestuoso, todo lo que hace parece espectacular. Es decir la cosa más normal y habitual realizada por uno cualquiera pasa intrascendente justamente por ser algo común, sin nada nuevo, nada excepcional. Pero cuando el que lo hace es Diego Maradona se nota enseguida que es un privilegiado de Dios, la acción pierde la mediocridad para transformarse en excelencia pura, lo que produce una clara atracción visual al ver que lo que normalmente pasa desapercibido ahora se transforma en algo inusual por ser excepcional. Y esto lo aplicaba tanto a sus goles -con una categoría nunca vista, con la elegancia de un exquisito, con la sutileza digna del mayor talento. En síntesis goles con la genialidad de Diego Maradona- como para atarse los cordones del botín.

Con el paso de los años su juego cambió, lógicamente, hoy, no tiene la misma dinámica y explosión que si tenía a los 20 años. ¿Se parece este Diego Armando Maradona a un año de haber dejado el fútbol a aquel Dieguito de sus primeros años? Es obvio, no. Estos son los restos ilustres -en el mejor sentido de la expresión futbolera- de aquel fantástico jugador. El más grande que dio esta tierra, el más grande de la historia universal. Pero Maradona, por culpa de los años, ha perdido dos de sus grandes atributos:

1) La velocidad, esa aceleración deslumbrante que tenía para ir y encarar.

2) Su agresividad para el gol. Como ya dijimos antes, además de todo lo que jugaba también era un goleador.

Es obvio, sí. Porque todavía puede ser importante para cualquier equipo. Este Maradona no es Dieguito. ¡Pero cuánta diferencia sigue existiendo entre él y el resto de la especie que juega al fútbol!. Aun con los 38 años sobre sus espaldas. Pese a las suspensiones y la vida díficil. Y en esa dirección, en tanto el fuego no se apague, la magia de ese fútbol genuino, el único, el auténtico, seguirá siendo una bandera de este pueblo futbolero.

No faltará algún exaprupto que se quiera remontar al jugador del ‘86 y del ‘90. Pero la verdad es una sóla y está sobre la cancha. Este Diego Armando Maradona es un modelo final de siglo. Y el mejor elogio que se puede elevar a los vientos es que es un legítimo Maradona. A los 36 años, con la pierna derecha casi al hombro, todavía es capaz de emocionar. Se podrán decir mil cosas del Diego que fue y del que será. Del hombre y del jugador. A favor y en contra. Y de esa conjunción surgirá nitida una virtud ya remarcada anteriormente: sobre una cancha de fútbol es un valiente. Como pocos. Quizá como nadie. En el Mundial de Italia ‘90 jugó con un tobillo izquierdo hecho una piltrafa. Alguna vez, jugando para Barcelona, fue capaz de reaparecer en las canchas contra todas las opiniones, incluso la de los médicos. Fue después de aquella patada que le pegó un tal Goicoechea, que le tiró a matar (y casi lo logra). Y así se podrían relatar cien ejemplos más. Esa valentía fue el motor que lo puso de nuevo varias veces en una cancha de fútbol en el ‘94, ‘95 y ‘97. Diego también tiene un amor infinito. Siente la pelota en el empeine de su zurda única, eterna como él, y es capaz de producir cualquier hazaña, por más imposible que parezca. Este Diego no tiene un gran físico, pero eso no es obstáculo para practicar un fútbol químicamente puro, el de las 1.000 gambetas siempre para adelante, el de tener el arco rival en el entrecejo de su inspiración impar, el de este arte de meter el pase por el ojo de la cerradura. Su zurda sigue siendo incomparable, incluso cuando intentara los pases más elementales, y su influencia es tan decisiva que puede convertir un equipo híbrido, sin personalidad ni estilo, en un aspirante a campeón. Este Diego, siempre preciso con la pelota, inteligente para manejar los tiempos, agresivo en el momento de poner pases-gol. Suficiente para soñar. Este Diego está distinto, su magia no.

Cómo si todo esto fuera poco, era un excelente compañero. Nunca, ni en los momentos de su mayor apogeo, se consideró mejor que el resto del plantel. Cuenta Brindisi: “En el ´81, cuando nos tocó estar juntos en Boca, yo compartía la habitación con él en las concentraciones, porque la idea era que estuviera con alguien más grande. Ahí conocí a un pibe humilde, solidario, buen compañero, que un sábado recibía al camión de la empresa Puma que le llenaba una habitación completa de ropa, y al día siguiente iba cuarto por cuarto repartiendo botines entre los compañeros”. Eso mismo comentó el Tolo Gallego, quien compartió una linda amistad con él: “Si tuviera que elegir una virtud de su personalidad, me quedaría con su increíble generosidad. Hasta diría que es demasiado generoso. El comparte todo lo que tiene entre las personas que quiere. Y tiene mucho. Pero aunque no tuviera más que lo puesto es capaz de sacárselo y dárselo a quien se lo pida. Después del partido con Inglaterra en el ´86, hable con él por teléfono. Y no pudo con su genio. Se enteró que había nacido mi tercer hijo y en seguida me dijo: “Te llevo la camiseta número diez para el bebito”. Pero si no fuera por eso igual siempre me traía algo; siempre que venía de Europa o de alguna gira me regalaba los botines o alguna cosa. Jamás se olvida de llamarme o de enviarme cosas para Navidad o Año Nuevo, aunque más no sea una botella de champagne. Es el número uno del mundo y tiene una humildad que asombra. Algunas veces, cuando yo andaba mal físicamente se quedaba ayudándome a hacer abdominales. Eso lo pinta de cuerpo entero. Eso y su amor por su familia y los chicos. Una persona que quiere a su familia y a los pibes como Diego tiene que ser un amigo sincero. Diego se desvive por los amigos”. Eso que marca Gallego es otra diferencia más con Pelé; Maradona matuvo las mejores conductas de barrio: fidelidad a sus primeros afectos, devoción por su familia de origen. Nunca exigió privilegios, cuenta Bilardo que “fui a invitarlo para que jugar en la Selección, le pregunté si tenía alguna pretensión económica porque no podía olvidarme de su fama. La respuesta me sacó todas las dudas sobre su persona: “Carlos, por eso no se preocupe, soy un jugador más del plantel. A mí lo que me interesa es representar a mi país. Estoy a sus ordenes”. En el único lugar que los tuvo, inevitablemente, fue en el Napoli cuando estaba en la cima, los privilegios llegaron solos. Giovanni Galli cuenta que “Maradona podía llegar a un partido sobre la hora con un avión privado pagado por el club o tener una suite particular en lugar de ocupar las misma habitaciones que el plantel. Esos privilegios, por ahí, podían molestar a los de afuera, pero nosotros sabíamos que era una buena persona y no nos quejabamos nunca”. Esos privilegios no molestaban porque además Diego estaba ahí el día del partido, y ¡vaya si estaba! Cuenta Valdano del Mundial 86: “No vi en él un gesto de vedettismo, no vi en él un ansia personal, y vi el afán de entregarse, de brindarse, para conseguir el objetivo. Y cualquier objetivo se consigue, contando con Diego como compañero.” También el mismo Galli destaca la caballerosidad de Diego: “Si se hubiera hecho una encuesta entre los jugadores del Napoli, Maradona habría sido elegido por lejos como el mejor compañero”. Comenta el Bambino Veira: “Diego es una persona tremendamente afectuosa, una de las más cariñosas que conocí. Se levantab a la mañana y le daba un beso al utilero, otro al suplente, otro al compañero, así es Diego, tre-men-da-men-te cariñosa”. Diego siempre daba el ejemplo, los lideraba, no toleraba las injusticias. Diego siempre fue un noble, un noble capitán. Diego, fundamentalmente, juega para el equipo. Es el gran ejemplo que deja un crack para los pibes que recién empiezan y también para sus colegas profesionales. Esto se refleja en el respeto que le tienen su compañeros, lo reconocen capitán en forma natural, porque detrás del jugador está la persona. Diego nunca pidió una ventaja, fue uno más. Ahí demostró su grandeza. Cuenta Bilardo con respecto a México 86: “Todo el periodismo mundial está detras de una nota con Maradona. Desechó ofertas millonarias para hacer publicidad o sostener entrevistas exclusivas y escribir artículos durante el desarrollo del Mundial. Se metió en el plantel, asumió sus responsabilidades de capitán y no pidió ninguna concesión. Lo invitaron a mil reuniones, a programas especiales de televisión, pero Diego no quiso dejar a sus compañeros: “El capitán tiene que dar el ejemplo”. Esa humildad terminó conquistando a los méxicanos y a los periodistas de todo el mundo. Sus compañeros y el cuerpo técnico podemos dar fe de que esa humildad no es ficticia, que pese a su fama segu’a siendo un muchacho como cualquiera”. Un grande Diego, un verdadero grande.

Maradona es de otro mundo. Es una de esas cosas inexplicables, fantásticas. ¿Quién, alguna vez, al ver una jugada con su sello, no se preguntó cómo podía hacer una cosa así? Díganme quienes no se miraron unos a otros repitiendo frases como “¿viste lo que hizo?”, “¡no puede ser, no puede ser!” o “es increíble”. La creencia en lo sobrenatural termina siempre siendo abolida por las gestas racionalistas. La incredulidad es -según parece- la sabiduría que se permiten los hombres vulgares. Pero los que lo vimos sabemos, y nadie nos invita a dudar, que con la pelota en los pies tenía algo de sobrenatural. Los que no lo admiraron en todo su esplendor se niegan, lógicamente, a creer en su sobrenaturalidad. Es lógico, si a usted viene alguien y le dice que hay un jugador que practica su juego de una forma tan excepcional, que la razón no lo entiende; tendría todo el derecho del mundo a dudar. Sin embargo los ojos desechan toda posibilidad de duda.

Hablando extremadamente en serio, ¿puede ser que el esplendoroso juego de Maradona tenga rasgos de sobrenaturalidad? Es posible que la gente haya creído alguna vez en la existencia cierta de ese juego fantástico. Los críticos más severos se encargaron de desalojar la superstición. Y el mundo contemporáneo recibe -sombra de un suspiro- los restos incompletos de una literatura futbolística que insistió en el tema a pesar de todo. Aún negado por la razón, el mito de ese Maradona se resite a morir. La fe de todos los amantes del fútbol no se quiebra fácilmente, hay que aprender -como quería Descartes- a desconfiar del propio razonamiento. No es fácil dar una conclusión al respecto. Su juego era tan perfecto que algunos para explicarlo le daban una tendencia fantástica. ¿Hay acaso magia en Maradona? Los cultores del pensamiento fácil suelen decir que los pueblos se acercan a la magia ante la imposibilidad de explicarse ciertos fenómenos. Así planteadas las cosas, hay algo mágico en Maradona. Pero de algo estoy seguro: los que consideran que no llega a ser sobrenatural no ven como descabellada esa idea, comprenden la supuesta equivocación. Están seguros que su juego es extraordinario, mejor que el de cualquier persona normal. Piensan que hay más arte que magia, puede que tengan razón. O puede que Maradona sea un mago disfrazado de artista. Es decir, practica su arte tan excepcionalmente que en realidad es mágico. Yo no sé, desde luego que cosa es el arte. Sospecho, sí, que debe ser algo fatal, me parece que algo tiene que ver con el llanto. Pero si Maradona es un artista, afirmo convencido, el arte es belleza.

Y si en realidad, Diego fuera un sueño. Y si en su sabiduría el escritor nos diera las pautas de un cuento que no es tal, de un cuento que es su vida. Y si fuera de verdad el sueño caprichoso de algún mago. Cuántos de nosotros pediríamos, suplicaríamos que siga soñando. ¡Qué incertidumbre! ¿Damos crédito a los argumentos de su magnífica vida? ¿O nos encerramos y lloramos la triste posibilidad de que sea irreal? No sé, pero si es un sueño... ¡que luche por ser realidad! No sabemos si es sueño o qué otra cosa, pero lo de Diego es tan fantástico que te viene el pensamiento, la terrible teoría que no puede existir algo tan magnífico.

Aclaro que finalmente la respuesta no la tengo yo, la tendrá Diego nada más. Tal vez el propio Maradona, allá en los desolados potreros, cantará esta vieja copla que convida a dudar:

Los que no saben soñar
dicen que nunca me han visto
y hasta yo mismo sospecho
que en una de ésas, no existo.

Fue el más grande. Eso, el más grande deportista argentino de todos los tiempos. No hubo nadie en la Tierra como él. Me dicen ahora que se fue. Me resulta difícil creerlo. Los grandes no pueden hacerlo. No hubo nadie como él. El revisionismo, sin dudas, es la madre de las ingratitudes. En un país como la Argentina, alejado de los centros neurológicos de la múltiple actividad mundial, diversa y arrolladora, cuesta en ciertos momentos darse un marco mental adecuado para concluir que un producto genuino de esta tierra no tiene, no ha tenido parangón, con nigún otro surgido en otro punto del planeta ¿Mejor que los alemanes? ¿Mejor que los italianos? ¿Aún mejor que los brasileros? Mejor que todos. Que cada uno de ellos. El repaso no deja respiro, desdibuja la incredulidad, consagra el instante supremo de la euforia, del redescubrimiento permanente. Diego Armando Maradona fue el mejor jugador de fútbol de los que la historia del deporte mundial tomó nota. En la década del ‘80, Maradona cimentó su imagen de prócer de la redonda, no hubo rival, ni contemporáneo, ni posterior, que lo superara. Ese título de México en 1986, esa impresionante victoria de Argentina, ese momento de máximo esplendor de toda su carrera, ese momento que hizo delirar a un país, sigue alumbrando con luz eterna el camino de las nuevas generaciones de futbolistas. Maradona hizo bastante más que deslumbrar mágicamente con la pelota. Hizo bastante más. Se transformó en un prócer. En sinónimo de la Argentina en el mundo. Su dimensión, como en un cuento, se torna inapresnible, como imposible, y sin embargo, el mayor deportista argentino del siglo está allí, ante nosotros, sus mudos admiradores, con su sabiduría sin igual a la hora de acariciar la pelota. Maradona reúne las condiciones del campeón. El las modeló como tales, las definió, les dio sentido vivo y desembocaron, principalmente, en el título de México ‘86. Por eso y muchas hazañas más se hizo propietario de una estirpe de leyenda, que prolongará su estela hasta la eternidad. En cualquier cancha del mundo, ya sea de cemento de pasto sintético o artificial, a cualquier hora, cualquier día, cualquier año, estarán jugando personas de 20 años, de 50 o de 10, habrá un gol y alguno, gritará, en cualquier idioma con toda la contrita naturalidad del momento: “El Diegooooo....¡Gol de Maradona! Y no es que el autor del gol se crea realmente Diego. Sucede que Diego Maradona fue una gran e invalorable parte de cada uno de nosotros. Fue y será. Para siempre...

Diego Maradona, la opulencia y el potrero. El realismo y el candor. La polémica y los sueños de gracia, el tiempo, el despertar, los aplausos, la reflexión. Es la magia en la cancha, la alegría repartida y la emoción ineludible, pero sobre eso es mejor no hablar. Usted ya lo conoce. Usted lo sabe todo. Él, Diego Maradona. Que le enseñó al mundo entero y de una sola vez el cuerpo de un talento desigual. Lo vimos todos. Él, que allá por 1986, abrazó a su padre y lloró, me cuentan, que lloró también su lágrima de pibe enlazado a su madre en Buenos Aires. Que le dijo: “Yo juego por vos, mamá...”. Él, que, aunque no parezca, no es un Dios, ni lo será ni lo pretende, porque ama las cosas que se mueven en la vida cerca suyo. Y pelea a su manera. Y quiere. Y falla. Y confiesa. Y sufre. Y ríe. Y sueña... Él que ha crecido entre las riquezas de su pobreza infantil y esta riqueza de ahora, que ha sabido convivirlas sin rencor y sin revanchas. Me gustaría mucho alguna vez poder saludarlo. Siempre nos hizo felices, aprendió para siempre el valor de ser primero, la guapeza real, cierta y genuina, de mostrar lo que siente, de hacerlo, de gritarlo... Por eso me gustaría saludarlo y abrazarlo. Pero, ese día, no se que me pasará, no se si me desmayaré, no se si dejaré caer unas lágrimas, pero de seguro será la experiencia más inolvidable de mi vida. No sé lo que me pasará, nunca en mi vida abrazé a Dios.

Diego Maradona, el mejor artista de toda la historia, el mejor zurdo. Y eso que entre los artistas zurdos figuran Van Gogh, Picasso, Leonardo Da Vinci, etc. Pero hay una diferncia con Maradona, ellos hacían sus actividades con las manos, brillantemente pero con las manos. Diego hacía arte brillante pero con los pies. Las genialidades que surgieron de ese pie izquierdo serían imposibles de narrar en un libro entero. Recordar el gol que le hizo a los inglese en México ‘86 le pone la piel de gallina a cualquier amante del fútbol. Siglo atrás, en la época del medioevo, los zurdos eran mal vistos por la sociedad. Por eso, a los que tenían esa tendencia, los educaban para cambiar su mano hábil. ¡Que a nadie se le ocurra cometer el sacrilegio de modificar a Diego! A ver si todavía nos quedamos sin ese pie zurdo. Diego Maradona, un verdadero poeta de la zurda.

Pero la gente argentina se olvida de todo lo que hizo Diego, como dijo cierta vez Martin Heidegger “la gran tragedia del mundo es que no cultiva la memoria, y por lo tanto olvida los maestros”, es incomprensible, a veces pienso y me lleno de orgullo con sólo pensar que Diego nació en la misma provincia que yo. A mí se me eriza la piel y se me humedecen los ojos al ver viejos videos de Maradona haciendo cosas imposibles en un partido, me recorre un sentimiento de admiración por todo el cuerpo muy difícil de explicar. Esa admiración es la que me llevó a pagar grandes cifras de dinero por una entrada de mala ubicación e irme hasta La Boca con algunos amigos con sólo 15 años sólo para verlo. Maradona es reconocido mundialmente y todos los demás países darían lo que sea para que Diego hubiera podido ser un ciudadano más de su nación. Pero los argentinos maltratamos a nuestros ídolos; es por eso que hay que recompensarlo haciéndole un monumento o algo por el estilo, o lo que sería aún mejor es que Julio Grondona retire de una vez por todas la camiseta Nº 10 de la Selección Nacional. La nuestra es una sociedad devoradora de ídolos. Una vez le pregunté a un sabio por qué nosotros elevábamos a la categoría de ídolos a algunos y él me contestó: para después poder voltearlos. Yo sé que hay muchísimas personas de todos lo lugares del mundo que adoran a Diego, sin hacer distinciones: blancos o negros, débiles o poderosos, occidentales u orientales, católicos o protestantes, hinchas de Boca o River -que, por cierto, nunca tuvieron un jugador como él (quizás algunos lo insultan por envidia, porque ellos tuvieron en sus equipos a la mayoría de los grandes del fútbol argentino pero Diego es de Boquita)-, cualquier raza, credo, condición social, ni de cualquier otra naturaleza, todos estos siempre se asombraron ante cada presentación del Dios del Fútbol; pero también hay algunas personas que no se acuerdan o no saben lo que el Diez hizo por nosotros. En nuestros tiempos, no son muchas las personas de buena memoria. Pero esta sociedad, que ya ha olvidado tantas cosas con mucha facilidad, nunca te olvidará. Las cosas intrascendentes pasan al olvido, pero las importantes penetran profundamente el corazón de la gente. No se puede olvidar un jugador como él. Sin embargo, no son pocos los que olvidan lo que hizo por nosotros. No, de él no se olvidan, nadie olvida a una persona que se la nombra diez veces por día. Es peor que eso, se olvidan de sus actos y todo lo que hizo permanece en un lugar inexpugnable en sus cerébros, es por eso que lo critican. Porque despareció de su mente todo lo que hizo por nosotros. Poco cuesta imaginar cuál será el fin de esta lucha entre olvido y memoria. Son escasas las personas que como él vencen totalmente a los amigos del olvido y a su mejor aliado -el tiempo-. Es obligación de todos nosotros hacer un poco de fuerza por el recuerdo. Dicen que los pueblos sin memoria no tienen presente y no tendrán futuro. Recordemos, recordemos todo el tiempo. No olvidemos nada. Yo recuerdo porque es dulce añorar tiempos idos. Se concibe el olvido en quien jamás se quiso, pero en el que a su paso desgarra su existencia, el olvido es un mito, no invade el corazón. Ojalá este modesto escritor pueda explorar esa récondita zona de su cerebro, y que ahora tus ojos, gran lector, lleven recuerdos como éstos a lugares donde esten siempre presentes. Que su recuerdo permanezca inamóvible en todos vuestros corazones. Para todas aquellas personas les pido que se acuerden de las siguientes cosas y que por favor reaccionen:

- Hizo que se reconociera futbolísticamente a la Argentina en el mundo. Fue nuestro símbolo, Diego es la patria. No es sólo un jugador de fútbol representa a todos los argentinos. Él era lo único que nos quedaba, el único sentimiento nacional que perduraba. Nos llenó de gloria y prestigio durante el tiempo que duró su carrera. Aunque no sólo el reconocimiento fue futbolístico, si no que nuestro país es desconocido por gran cantidad de personas en el mundo, y sólo basta con pronunciar la palabra mágica para que empiecen a tratarnos con un poco más de respeto y a considerarnos alguien dentro de la esfera terráquea. En esto tuvo mucho que ver la multiplicación de los medios audiovisuales que la tecnología puso al servicio de la humanidad. Esto determinó que la popularidad de Maradona alcanzase cumbres desconocidas para los futbolistas argentinos de todos los tiempos. Como ya dijimos, tal grado de exaltación puede medirse por la cicunstancia de que en muchos países se haya conocido a la Argentina por la fama de él.

- Humilló a los ingleses de una manera que será recordada por siempre. Con ese gol inmortal, relatado por Victor Hugo de una forma que nos hizo llorar. Como el tremendo nocaut de Muhammad Alí sobre Sonny Liston, como el increíble salto de 8,90 metros de Bob Beamon o la gran victoria de Juan Manuel Fangio en Nürburgring. Otra huella quedó marcada en la línea del tiempo. El diamante brilló como nunca. Antes de tocar la pelota hasta la red, Maradona superó un último defensor: superó el tiempo. Y después sí, ¡gol!, la pelota entró en el arco de la eternidad. ¡Qué manera de dibujar! Aunque un dibujo podría parecer esquemático y demasiado rígido para reflejar semejante genialidad, sin embargo es la más aprobada manera de trazar gráficamente el recorrido magistral de Maradona en la búsqueda del gol más impactante de su vida. Ciento catorce mil espectadores que contemplaron, que enmudecieron primero y admiraron su proeza después. Dos mil millones de personas lo disfrutaron por televisión en todo el mundo. Fue un clásico futbolístico que esperaba todo el fútbol: Argentina-Inglaterra. Y fue, nada más y nada menos, en la instancia decisiva de una Copa del Mundo. Un verdadero dibujo, convertido ya en pieza de colección por el mismo peso de su contenido. Fue un momento especial, irremplazable y único, el más increíble en toda la historia del fútbol argentino. Instante mágico al que habrá que atesorar por los tiempos de los tiempos que ya está incorporado al Libro de Oro del Fútbol Argentino. No, perdón le queda chico ese libro, esta epopeya deportiva está en otro Libro de Oro, pero del Mundo, o quizás, si exista seguramente estará archivado en el Libro de Oro del Universo. Qué fenómeno incomparable, memorable. Con qué limpieza la realizó, con qué perfección y rapidez de concepción. ¡Qué cosa extraordinaria! Es el gol con el que toda persona que juega a este deporte sueña con hacer. ¡¿A quién no le hubiera gustado convertir ese golazo?! Ese gol da la pauta de que Maradona es insuperable, porque, según dicen, el gol es la expresión máxima del fútbol. Y entre toda la infinidad de goles que se hizieron en toda la historia, Diego hizo el más bonito, Diego hizo EL GOL, así con mayúsculas. Entonces, hay que deducir que Maradona expresó el fútbol mejor que nadie. Elemental, mi querido Watson. La fantasía duró tan sólo diez segundos, pero, como ya dijimos, permanecerá eternamente en el corazón del fútbol y en el de todos nosotros. Maradona se apoderó de la pelota y recorrió 60 metros con la pelota pegada al pie en sólo 10 segundos. Fueron seis los ingleses que intentaron detener las pinceladas que dibujó en el Azteca. Hizo un rodeo y dejó a dos rivales fuera de foco. Con gracia y velocidad los fue sorteando de a uno. Entró al área, dejó a otros dos desairados y burló la salida de Shilton. Quebró la cintura, eludió al arquero y, antes de perder el equilibrio, con un toque sutil selló su obra maestra. Encima antes había hecho otro con una mano furitiva (lo que es mejor), ¡qué bárbaro! ¡Y contra los ingleses! No debe haber nada más bello en la vida que lo que nos hizo disfrutar Diego aquella tarde. ¿Dénse cuenta lo que nos regaló? Humilló a los ingleses, los hu-mi-lló. No es que sea perverso, pero, como sucede con los grandes enemigos, me alegró más la desdicha ajena que la propia gloria. ¡Lo que hubiera pagado por ver la cara de un inglés, uno sólo, en el transcurso de la obra maestra de Diego!. Algo nos pasa con los ingleses, como a ellos algo les pasa con los argentinos. Nunca será un partido más. No importa por qué se juegue ni a que deporte. Cada vez que se encuentran en un campo de juego argentinos e ingleses, ya no será un partido más. Desde el principio de la soberanía argentina hubo bronca con los ingleses, siempre hubo enemistad provocada en un principio por la mala relación que había allá en la época de las invasiones inglesas al Río de la Plata, y alimentada, con el transcurso del tiempo, por diferentes situaciones. Resulta imposible esconder las sensaciones motivadas por la Guerra de Malvinas en 1982, también se recuerdan las imagenes del Mundial del ´66 donde Rattin, luego de estrujar el banderín inglés con bronca por haber sido expulsado, se fue a sentar en la alfombra de la reina; o cuando en 1994 nacionalistas argentinos quemaron una bandera inglesa, en ocasión de la visita del príncipe Andrés. Pero en aquel momento, la herida por las Malvinas estaba abierta, había mucho resentimiento. A ningún país del mundo le tengo tanto odio como a Inglaterra, es por eso que no puede haber experiencia más gratificante. No, no soy malvado, soy argentino, que es diferente. Y Diego les devolvió la ofensa, se sacó la espina de cuatro años antes -todos nosotros también nos la sacamos- y les devolvió un puñalazó fatal que todavía en Londres se llora (si hace poco una empresa inglés sacó a la venta un video sobre Maradona titulado “Maradona, ¿héroe o villano?”, un video que expresa mucho resentimiento, un video panfletario, tendencioso y mal intecionado, es decir: inglés. Pero para mí va a tener un efecto rebote que va engrandecer a Diego. Porque después te queda una conclusión: cada día lo querés más a Diego. Es una bocanada de odio y de rencor contra Maradona y sus circunstancias, que somos nada menos que los argentinos, sólo faltó que agregaran imágenes de la muerte de Facundo Quiroga o el derrocamiento de Irigoyen o que se acordaran de que Diego tiró una tiza en la escuela). Se ve que todavía sangran por la herida, pero nunca podrán destruir al artista genial que fue Maradona, nunca. Diego Armando Maradona sobrevuela las calles de Londres, como un fantasma insepulto, viven en el aire y con el puño golpeando la pelota. Hoy todavía esa imagen los persigue, esa imagen los tortura, esa imagen quieren vengar (el más notable gol de una Copa del Mundo quedó archivado en alguna videoteca. Allá prefieren recordar el delito y no la obra de arte. En los dos casos fueron víctimas, pero la primera ayuda a la justificación. Igual eso habla de le envidia y el resentimiento hacia Maradona, lo que significa que lo que hizo les pegó fuerte). La mano de Dios, de eso hablaban antes del nuevo enfrentamiento en el último Mundial, de eso se trataba el partido, de esa espina metida que le gusta tener clavada al orgullo inglés como prueba de que la trampa no viene de su lado -sepan que tampoco estuvo la magia, el talento incomparable de su lado, el segundo gol fue bien nuestro. Hablen de eso-. Una buena manera de limpiar algunas costumbres de su política, y un mejor estímulo para buscar lo que en todo Inglaterra se llama, simplemente venganza. Dios es Argentino, pero no juega más, y los ingleses lo sabían. “Queremos revancha”, decían, y así es fácil. Es como burlarse del grandote haciéndole un gesto obsceno cuando se pone de espaldas. O como desafiar a Tyson cuando está en la cárcel y anunciar el retiro justo el día que sale en libertad condicional. ¿Qué pasó? Inglaterra se fue devuelta a casa -pese a los pronósticos burlones de los ingleses, cuando publicaron cosas como estas en los diarios, para cargar más aún más el tinte nacionalista del enfrentamiento: En el día del partido todos los matutinos hacían referencia a que el choque sería visto en directo a las Islas Malvinas. Y no faltaron las cargadas, como la foto de un pingüino vestido con la camiseta inglesa y la inscripción: “Los vamos a dejar fritos” (no fue precisamente esa sensación térmica la que dominó el día después en la capital inglesa: Londres lloró la venganza que no fue)-. Fue más difícil porque Dios nos pudo haber dado una mano, pero esta vez no la puso. Inglaterra otra vez terminó perjudicado. Salvo que la expulsión de Beckham haya provocado una crisis interna y una pronta disolución de las Spice Girls, situación de la que saldría beneficiado el mundo entero. Siempre es bueno que pierda la soberbia. Y perdió, nomás -dos veces-... En Inglaterra todavía se llora por aquel recuerdo de 1986 (12 años después, ¡increíble!), en Argentina todavía se festeja. Por eso lo que hizo es impagable. No me voy a olvidar nunca jamás de eso. La piel de gallina, las lágrimas en los ojos. Así, temblorosos, nos dejó el relato de Víctor Hugo Morales por Radio Argentina, del segundo gol de Argentina. Para los que no fueron testigos a continuación esta la transcripción. Y les aseguro que también se van a emocionar, aunque sea 12 años más tarde y leyéndolo:

“... Enrique engancha. La va a tocar para Diego... Ahí la tiene Maradona, lo marcan dos. Pisa la pelota Maradona. Arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, deja el tendal y va a tocar para Burruchaga. Siempre Maradona. ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio!
Tá-tá-tá-tá-tá-tá. ¡¡¡Goooooooooooooooooooooooollllllllllllll!!!
¡¡¡Goooooooooooooooooooooooollllllllllllll!!! ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo! ¡Viva el fútbol! ¡Golazo! ¡Diego! ¡Maradona!
Es para llorar, perdóneme...
¡Maradona!, en una corrida memorable, en una jugada de todos los tiempos. Barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste?
Por eso se cayó tanto inglés. Para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina.
Argentina 2, Inglaterra 0. ¡Diego! ¡Diego! Diego Armando Maradona. Gracias Dios por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas... Por este Argentina 2, Inglaterra 0...”

- En 1988 Maradona rechazó 100 millones de dólares por Argentina. Resulta que empresario norteamericanos le ofrecieron esta millonaria suma para que se dedique desde 1989 a promocionar el fútbol en Estados Unidos ya que veían el Mundial 1994 como un gran negocio y necesitaban interesar a la gente, previa adopción de la ciudadanía norteamericana. Según palabras de Guillermo Cóppola a El Gráfico, Diego no consideró seriamente la oferta y al enterarse le dijo: “La nacionalidad es un sentimiento y los sentimientos no tienen precio”.

- En 1985 dijo -y cumplió-, que nada ni nadie le impediría venir a Buenos Aires para jugar en la Selección contra Paraguay. No reparó en consecuencias ni en sacrificios. Le impusieron volver para jugar con el Napoli contra el Udinese, y regresó a Italia. Hizo un gol para Argentina y dos el domingo para el Napoli. Apenas terminó el partido se duchó, subió a un auto, viajó hasta Trieste, contrató una avioneta particular y a las 21 de ese mismo día ascendía en Fiumiccino al avión de Aerolíneas que lo trajo de nuevo a Buenos Aires para que ratos después jugara contra Chile. En Italia no lo podían creer. Y se asombraron por su acto de amor hacia Argentina.

- Logró acabar con la hegemonía de la rica y poderosa Italia del norte ubicando al Napoli, un club humilde del sur que todos los años competía para no perder la categoría, entre los mejores de Europa. Cuando llegó a Napoles nadie podía creerlo, la prensa lo recibió con la baja, ancestral autoestima: “Haber traído a Maradona al Napoli es como llevar a Pavarotti a cantar en un teatro de bataclanas”. Diego debió luchar contra esa carga, el interior escéptico y al mismo tiempo contra la terquedad del norte opulento, reticente para reconocerlo porque jugaba “allá”, rápido para agraviarlo. En la primera fecha del Campeonato tocaba de visitante en Verona, una bandera enorme en la tribuna local decía, simplemente, “Bienvenidos a Italia”. La ofensa, obvia, se extendió ante la pregunta de un argentino presente en el estadio, sorprendido por la cantidad de hinchas napolitanos en una de las cabeceras y teniendo en cuenta la gran distancia que separa a las dos ciudades. “No, no vinieron hoy, son napolitanos que viven acá. Ellos son los que lavan copas, barren veredas y hacen zanjas...”. Diego no pudo cambiar eso, pero su equipo, el de la gente gritona y las calles mal aseadas, ganó todo, anudó la revancha en el alma de millones, se edificó distinto. Las manos habrán seguido empuñando palas y escobas, o abriendo canillas, pero eran otras manos. Se abrían, y en ellas había algo. Salió campeón de todo, y de las cuatro tribunas siempre bajó el grito de “Diego, Diego, Diego”. Gritaron solamente eso. Simplemente eso: su nombre. La ciudad estuvo en festejo. Música y estruendo se confundían en una carnaval sin límites. “Diego, Diego, Diego” se eternizó el grito, siempre replica en los oídos y en el alma. Es un pibe de Fiorito, un muchacho de La Paternal, el hijo de una familia que vive en Devoto. Un orgullo argentino. Un conmovedor orgullo argentino. Y pensar que, por lo menos por unos años, logró imponer al sur sobre el norte. Cosa tan díficil de lograr, lo hizo sólo -el único de nivel podría ser el brasileño Careca- y lo que es aún mejor es que con semejante hazaña, un argentino, de una vez por todas, le dio una lección al fútbol más caro del mundo.

- En Italia ‘90, dio todo lo que podía dar de sí con ese maldito tobillo arruinado y Argentina llegó a la final de nuevo. Dijo Diego “esta Copa la van a tener que arrancar de nuestro corazón”, y así fue. Para entender mejor preste atención a lo que dijo el mejor comentarista que haya dado el Brasil, después de que la Selección Argentina eliminara a la suya: Armando Noguera (después del Mundial de Mexico escribió un libro titulado “el poético fútbol de Maradona”): “Diego Maradona hizo seis jugadas y una de genio. Dunga y Alemao le pegaron 30 veces. No les alcanzó. Ganó Maradona”. Todo eso con el tobillo golpeado, inflamado, dolorido. Impresionante. “Traumatismo directo muy fuerte que interesó el hueso peroné y afectó un tendón”. La traducción médica de un patadón que dejaría afuera de la cancha a cualquier otro jugador. No a Maradona. El tiene un enorme amor propio, ese que lo metió en la cancha con Rumania cuando no podía hacerlo, ese que en el mismo partido lo llevó a tirase a barrer varias veces para recuperar la pelota. Tiene esas ganas de ganar, esa hambre de gloria insaciable -ya había ganado todo-. Esas ganas triunfaron sobre las dificultades, ya lo dijo Mateo Alemán “el deseo vence al miedo, atropella inconvenientes y allana dificultades”. El amor lo hizo más valiente que nunca y lo transformó en héroe, como dijo Platón. Es Diego y la dignidad de un gran jugador. En este Mundial se aplica más que nunca la frase de Thomas Carlyle: “La verdadera nobleza consiste en saber sufrir valerosamente por los demás, y en no permitir que los demás sufran por nosotros”. Porque, ¿sabés, Diego? Fueron más de 50.000 brasileños los que tuvieron que plegar las banderas, cancelar los bailes, guardar los gritos y rendirse ante la evidencia de esa jugada electrizante, mágica, atrevida, contundente. El doctor Madero aconsejó la exclusión, pero el se negó a dejar su equipo en un momento tan fundamental y continuó metiendo e intentando desequilibrar con su habilidad sin igual. En ese mismo partido Aldo Proietto en el Gráfico rezaba “Y elevemos una plegaria por la recuperación de Maradona. Sin él, no somos nada”. Actitudes de un fuera de serie. Y así todo un Mundial. No hay palabras para tanta entrega, tanta dignidad, tanta lucha, sacrificio y fervor. Tanto ingenio. Tanto fútbol.

Estos son algunos ejemplos nada más, porque situaciones como estas a lo largo de su carrera existieron millones. Y si esto no les hace reflexionar piensen que el mejor jugador de todos los tiempos del juego más popular del planeta nació en la tierra de los argentinos; ¡por lo menos denle las gracias a Dios!. Piensen la cantidad de futbolistas que hubo desde el comienzo del fútbol, ¿cuántos?, imposible saberlo, pero de seguro unos cuántos millones; y dentro de todos esos uno sólo fue el mejor, y nació en mi patria. Dios nos privilegió entre miles de países, y si eso no es tener suerte, ¿qué es la suerte?. Diego es nuestro y eso no tiene valor; es un hijo de la sociedad argentina, es un producto argentino, por eso hay que tenerle un enorme afecto, un gran cariño como yo siento. Todos en este país se sienten con dercho a hablar de fútbol, y porque todos, de alguna u otra forma, sienten que “el Diego” les pertenece, como les puede pertenecer por simple portación de nacionalidad, el dulce de leche, el tango, el Obelisco o el río más ancho del mundo. El Diego es mío, y es un gran orgullo poder decir eso. El mismo Diego lo dijo: “la gente de la calle se ha portado bárbaro conmigo. Por eso, son los únicos que tienen derecho a decir “El Diego es mío.” Por más que algunos los nieguen, el pueblo argentino supo llorar y gozar con la gambeta mágica de Maradona. No sean orgullosos, no se nieguen a pararse frente al espejo, péguenle una miradita al alma, no sigan jugando al distraído. Porque un día se va a ir, para siempre. Y no es un futuro lejano, ya pasó un año que no juega, no sabemos si se fue definitivamente pero pronto no quedará más tiempo para otra vuelta. Y con él se irá nuestro fútbol. Estaremos solos, en el medio de un estadio vacío y escucharemos miles de lamentos y suplicas para que vuelva. Reconozcamos todo lo que hizo, démosle las gracias ahora mientras hay tiempo, todos los argentinos comprometámosnos a querer a Maradona. Tal vez después reaccionen, pero no servirá. Será demasiado tarde. Lo tuvimos y no lo supimos cuidar, después pagaremos las consecuencias con lágrimas. Aprendan a sentir orgullo por eso y cuando viajen al exterior recuerden que pueden inflar el pecho y vanagloriarse de compartir la nacionalidad con Maradona. Nadie podrá quitarme ese orgullo, ese de haber visto al mejor jugador del mundo. Y a un mito que ni siquiera el tiempo podrá vencer, es más el paso de los años lo único que hace es agigantarlo. Ya lo dijo José Narosky, “el tiempo agiganta lo grande y disminuye lo pequeño”. No creo que exista una persona tan fría que no reconozca lo hecho por Diego. Por todo lo ya dicho y por muchas cosas más, yo sé con seguridad que todos, absolutamente todos, los argentinos, por más antimaradona que sean (estoy seguro que los antimaradona no tienen ese anti por razones futbolísticas, sino por su forma de ser o por estar en contra de su sentimiento bostero -necios, piensen que antes de ser de Boca es argentino-), en el fondo de su corazón le están y estarán agradecidos. Y el que no sepa que el ingrato, es uno de los títulos más bajos y despreciables que se le puede asignar a un ser humano, incluso peor que un infidente. Es verdad que Diegó cometió errores (después de todo es humano) pero es entendible lo que le pasó, y encima son muchas más las cosas que nos dio. Y si no, de última, recuerden lo que dice el Martín Fierro: “...sepan que olvidar lo malo/también es tener memoria...”. Hay que estar agradecidos con Diego. Por su inmensa grandeza, por el orgullo que sentimos al saber que es el mejor jugador de todos los tiempos, según el veredicto ineequívoco y unánime de las multitudes que se deslumbraron con su genio sin impar. Por esa obra maestra que plasmó en un minuto de terrible inspiración, en la que regaló a millones y millones de ojos en el mundo entero la síntesis más sublime del fútbol: la destreza, la habilidad, el manejo de la pelota, el cambio de ritmo, el quiebre de cintura, la potencia, la elegancia, la pegada, el gol. Por el esfuerzo, la dedicación, el empeño, la mentalización, que observamos a lo largo de toda su carrera. Por el respeto a los rivales, pero sobre todo por el respeto a sí mismo para imponer un planteo, para marcar un estilo, para salir a buscar los partidos, para ser protagonista y no acompañante. Por saber sobreponerse a la adversidad. Por mantener siempre la humildad. Por haberle ganado a Inglaterra que es como ganar mil veces. Por seguir soñando. Por invitarnos a soñar. Por todo lo que es, por todo lo que consiguió y conseguirá, porque nadie le regaló nada, él es uno de los pocos que merece sus éxitos, ya lo dijo Albert Camus “el éxito es fácil de obtener, lo difícil es merecerlo”. Se merece todo lo que hizo, ¡vaya si lo merece!. Es el dueño de la sortija porque siempre nos puso alegre. Y con alegría vivimos mejor. Amamos más. Somos más buenos. Todo los campeonatos se los debemos a él. ¡Maradona campeón! ¡La pucha, qué lindo suena! ¡Maradona campeón siempre! Muchas gracias Maradona. Cualquiera que no dijiera que hemos recibido muchas cosas de Diego sería insensible. Hay que reconocerle el esfuerzo (ojo, esfuerzo y sacrificio), pero no encuentro la fórmula adecuada para el agradecimiento. Decir gracias es tan convencional como decir “es mi obligación”. Detrás de la obligación puse el alma del hincha. Y el alma del hincha es su amor, su pasión y su deseo.

Igualmente, más allá del reconocimiento que se le pueda brindar, no es suficiente para, por lo menos, compensar lo que Diego hizo para el fútbol. No hay forma de agradecerle, no existe en el mundo algo que pueda llenar ese vacío, no se puede equiparar la balanza, que por un lado tiene a Maradona y por el otro la gratitud general (público, periodistas, dirigentes, etc.). Todos los argentinos tenemos una deuda con Maradona por todos los momentos que nos ha hecho pasar. Lo que hemos gozado como comunidad viendo las cosas que hacía Maradona está en su haber y en el debe nuestro. Pero lo que es peor es que cada serhumano del mundo tendría que esforzarze y aportar su granito de arena para demostrarle a Diego la magnitud de sus acciones. Es verdad, ya hay millones de granitos de arena, pero también faltan muchos -aclaro que hay más de los que faltan-. Y además de la tristeza de no encontrar un agradecimiento debido, ahora se suma esa bronca, porque Diego lo dio todo y más, y esto no se lo reconoce debidamente. Claro que ya esoy acostumbrado a la bronca, porque el sólo pensar que la carrera futbolística de Diego podría haber sido inmensamente más grande de lo inmensa que es hoy en día me produce una inmenso odio sin un destino muy claro, se dirá que a la historia, por haber sido así. Pero ¡ojo! no hay que hacer de esto algo dramático, porque estaríamos pecando de soberbia, Diego hizo un montón de cosas ya más que suficientes para que, los que conocemos de fútbol, lo ubiquemos como el mejor de todos. Igualmente siempre hay algunos ignorantes, que esto no les basta, por eso me hubiera gustado que las cosas sean aún mejores para darles una lección. Me explico: a Diego le faltó concretar varias cosas que estaban fácilmente al alcanze de su mano y no se dieron por esa costumbre que tenemos los argentinos de complicarnos, innecesariamente, las cosas; otras simplemente porque la historia lo quizo así. Estoy seguro que si Diego hubiera nacido en otro lugar -Dios no lo permita- hubiera logrado muchas más cosas, que darían una opinión totalmente unánime de considerarlo el mejor de todas las épocas: 1- podría tener sobre sus espaldas ganados 4 mundiales: 2 ya los ganó (Juvenil ´79 y México ´86), los otros dos serían Argentina ´78 (si Argentina ganó sin Maradona, obviamente no hace falta explicar lo que habría pasado con él (Ay!, Menotti, que forma de equivocarse!!); el otro es Estados Unidos ´94, con una Argentina que en los primeros dos partidos demostró que era el mejor equipo del Mundial. Esto es sin contar Italia ´90 dónde vaya a saber que pasaba si Codesal no cobraba ese inexistente penal y Claudio Caniggia jugaba la final, y Francia ´98 que será siendo una incógnita lo que pudiera haber pasado con Diego (¡otro técnico nefausto!)). 2- Podría haber jugado los últimos 6 mundiales, estableciendo un récord de presencia único, ¿le queda alguna duda?, Argentina ‘78 (fácilmente, con 17 años), España ‘82, México ‘86, Italia ‘90, Estados Unidos ‘94, Francia ‘98 (puede ser el más discutible, pero a los ‘38 años en forma es capaz de jugarlo, incluso jugó en el fútbol argentino hasta el ´97, y la prensa, apenas volvió, ya le preguntaba por la Selección. No es una locura). 3- Podría haber obtenido más títulos de prestigio internacional (Libertadores -no tuvo nunca la oportunidad de jugar una- y Copa América -jugó pocas y lesionado, pero podría haber jugado las del ´91 y ´93 que fueron ganadas por nuestra Selección). 4- Podría haber tenido muchísimo más éxito en la fatal década del ‘90, de haber tenido una carrera más continuada, es decir de haber seguido jugando en el Nápoli y en la Selcción después de 1990. Esto significa haber seguido rompiendo las redes y asombrando con el fútbol que mostró en la década del ‘80 -en forma, hubiera aguantado aproximadamente hasta los 35 años-, estableciendo verdaderos récords de presencias y goles. Además seguir coleccionando títulos con el Napoli y ganar las dos Copas Américas con la Selección. Y en una supuesta vuelta a la Argentina (a Boca, más precisamente) podría haber triunfado al estilo Francescoli en su vuelta a River. 5- Le faltó ser goleador de un Mundial, estuvo ahí, a un gol del inglés Gary Lineker, si tan solo el referi hubiera cobrado ese penal que le hizieron a Diego, en una de las últimas jugadas de la final de México ´86. Objetivos totalmente alcanzables, cómo los muchísimos más que ya logró -con las dificultades ya mencionadas y todo. Nada, sin embargo, puede opacar la grandeza de su trayectoria, el recuerdo de su fútbol explosivo y sutil, alegre y efectivo, estéticamente magistral. Igual, mejor tarde que nunca. Te esperamos Diego.

Siempre hay un lado oscuro en cualquier cosa, hubo muchas personas que se aprovecharon de Diego, que usaron su figura para llenarse de fama y poder, que no les importó la persona. Ya estoy harto de las personas que dicen ser sus amigos y cuando él realmente sufrió desaparecieron; la lista es interminable. Desconfío totalmente de la “propiedad transitiva” de la amistad. Es por eso que quedan muy pocas persona que hoy siguen a su lado. Ya lo dijo una vez Paul Valéry “cuando alguien te lame las suelas de los zapatos, colócale el pie encima antes de que comience a morderte”. Pero más allá de todas estas personas, existe una que no se merece respeto por lo que hizo con Diego: César Luis Menotti (gente de Independiente dense cuenta de una vez que este hombre es un farsante, todavía no les quedó claro que hay una descordinación total entre lo que hace y dice), aclaro que no soy bilardista, porque no me gusta su juego ya reconocido como antifútbol -aunque, vaya paradoja, haya tenido en su equipo la expresión máxima de este juego- y si Bilardo logró lo que logró en la Selección fue precisamente porque en ese momento tuvo a Maradona. Hay que destacar que hizo bien en cuidarlo y darle todos los privilegios necesarios. Esto tendría que ser un procedimiento obvio y básico para cualquier técnico que sepa algo de fútbol, pero Menotti no sólo no hizo eso sino que ni siquiera lo tuvo en cuenta para el Mundial ‘78, una falta de respeto y además una ventaja para el rival, cómo puede ser que se deje al mejor afuera del evento más importante, no tiene lógica, todos tienen un pedacito de cerebro para saber algo tan elemental. A una persona que piensa así hay razones como para considerarla poco seria. Porque según Menotti había 22 jugadores mejores que él, ¿quiénes?, nómbrenme uno sólo. Su puesto lo ocupaban Kempes, Alonso o Villa, y ninguno era mejor que él, pero igual puede entenderse que era arriesgado llevar a un pibe con muy pocos partidos en primera división que esos tres futbolistas consagrados. Pero tampoco era para ponerlo como el número 23. Sobraban lugares para que integre el plantel, nadie lo hubiera considerado, ni loco, como el 23ª mejor jugador de Argentina. Y al final estuvieron jugadores que su función fue, solamente, ocupar un lugar, es decir pasaron sin pena ni gloria. Esos que se quedaron en la oscuridad podrían haber sido reemplazados fácilmente. Es una pena pero el fútbol argentino se perdió la gran oportunidad de tener un Maradona jovencito campeón. Muchas gracias Menotti, ¡qué bárbaro! ¡cómo sabes de fútbol! Dejar a Maradona afuera por su inexperiencia es una estupidez, cuando existe un jugador con grandes aptitudes la experiencia es lo de menos, siempre y cuando posea el talento necesario para no tener eventuales problemas en la cancha, y además cuanto más joven sea el jugador mayor será el rendimiento; Diego lo demostró ese mismo año al convertirse en goleador del Metropolitano y al año siguiente ganando el Mundial Juvenil. Si bien Argentina fue campeón (prefiero pensar por el bien del fútbol argentino que la Selección fue el mejor equipo del mundial pero aún así me quedan muchas dudas) Menotti cometió un pecado contra el fútbol y si a eso le sumamos sus reiteradas mentiras tendría que ser excomulgado de este ámbito de una vez por todas.

Pero hubo otro Mundial que no jugó por problemas con el técnico, cuando podría haberlo jugador tranquilamente -si el alemán Lothar Mattheus lo jugó con la misma edad, ¿por qué no Diego?-. Maradona demostró que tenía razón, al final la soberbia y el autoritarismo de Passarella le jugaron en contra a Argentina quien se fue del Mundial demasiado rápido. Se notó mucho la ausencia del más grande y Argentina lo sufrió, la vida después de Maradona no pinta para ser muy sencilla que digamos. El mundo del fútbol y en especial los argentinos, lloramos porque nuestro más grandioso jugador ya no nos deleitará con su magia. Diego Armando Maradona estuvo a miles de kilómetros de distancia y se reza para que ahora su duende incomparable inspire y contagie, aunque sea en una dosis pequeña a las gambetas de Ortega, la pegada de Verón, la definición de Gabriel Batistuta, etc. Pero no es suficiente, después de entregar su arte futbolístico en los últimos mundiales, “El Rey” no estuvo presente en Francia y varios príncipes intentaron calzarse su corona, que por ahora les queda demasiado grande.

Pero vamos a profundizar en esto de Argentina post-Maradona. ¿Cuántos años pasarán para que nuestra Selección vuelva a codearse con la gloria? No lo sabemos, esperemos que no pase mucho tiempo, aunque me parece que habrá que ir acostumbrandose a nuevos golpes. Ojalá me equivoque. Pero parece muy difícil lograr algo sin Maradona, ¿habrá que esperar a otro campeonato de local con polémicas sobre la legitimidad del título debido a las influencias que parece haber ejercido una crisis político-militar? Parece ser la única manera. Pero igual habrá que depositar nuestra fe a nuestros futuros representadores para poder deshacernos de la dependencia de nuestro astro de los últimos años. Pero me parece que cuando él se fue, se cerró la cajita de los milagros. De vuelta aclaro querer equivocarme. Pondré toda mi fe con toda buena voluntad para el actual plantel argentino, pero tampoco que se manosee nuestra camiseta como en el último mandato de Passarella. Es intolerable. No podemos permitir que ocurra lo mismo que en la última Copa en Francia. Parece haberse perdido el hambre de gloria que inculcó Diego, los jugadores nunca tomaron conciencia de que estaban disputando el evento más popular del planeta con nuestros colores, parecían más preocupados en el caso de dóping de Verón o en pelearse con los periodistas que en jugar. Habría que poner la gloria deportiva por encima de los intereses económicos. Es incomprensible la voracidad monetaria expuesta en un frustrado contrato con la televisión (cuando antes debían competir y ganar) y el estado de ánimo casi festivo de algunos jugadores (Ortega, Verón, Crespo, el Piojo López), con cantos y bailes en trencito en la concentración de L’Etrat luego de la derrota ante Holanda. En ese mismo instante, otros jugadores, como Batistuta y Balbo, contenían sus tristezas mutuas. Verón, para el caso, asegura que su Mundial no fue un fracaso, y argumenta haber jugado de titular todos los partidos e integrar el equipo ideal suplente de la FIFA. Parecen sueños demasiado pequeños para alguien que viste una camiseta llena de gloria. Diego Armando Maradona, con una estatura futbolística un poco mayor a la de Verón (a menos que Verón piense lo contrario), con el reconocimiento de todo el mundo futbolístico y su economía consolidada, demostró en México ‘86 que sus ganas de triunfo eran tan importantes como las del hombre menos reconocido. Y se trataba de Maradona. También en Italia ‘90, cuando él mismo ya había salido campeón cuatro años antes, sus sentidas lágrimas luego de perder la final contagiaban dolor. El Diez no pudo contener el llanto. Todo un país también tenía el corazón partido. Hoy, luego de la eliminación, las imágenes son distintas, las posturas aparecen como opuestas, aunque el sentimiento de los hinchas era el mismo: dolor. Pero los tiempos cambiaron y lo que ayer era hambre, hoy es rélax. Una pena. Así estamos. El mismo Diego dio en el clavo al cometar: “¿Sabés qué me vuelve loco? Que se haya perdido esa mística de Selección. Esto no es de Passarella, tampoco de Maradona. En la Selección representamos al tipo que se levanta a las cinco de la mañana, que levanta bolsas en el puerto. Hay que sufrir y gozar. Entregarse por completo por esta camiseta. Y este equipo no tuvo ese gesto”. ¡Cuánto te necesitamos, Diego!

¿Si lo queríamos?... Vaya si lo queríamos. Lo queríamos y lo necesitabamos. Ha pasado el tiempo, algo más de cuatro años desde que se calzó la celeste y blanca por última vez. Ha quedado en el arcón de las frustraciones otra Copa del Mundo. Se han ido algunos futbolistas. Han cambiado de técnicos. El futuro se vislumbra oscuro y desprovisto de alegrías. El fútbol argentino ha extrañado a horrores a su figura-líder-símbolo de todos los tiempos. Es la hora de apechugar, aunque nos costará muchísimo, a la comunidad argentina, escapar del recuerdo de Diego Maradona. Vaya si lo queríamos a Diego Maradona. Lo queremos y lo necesitamos más que nunca.

Ahora con la ida de Passarella y la llegada de Marcelo Bielsa, renacen mis esperanzas de volverlo a ver con la celeste y blanca, como en todo ciclo nuevo. Bielsa parece un hombre inteligente, esperemos que no ocurra lo mismo que con el ex-técnico y que Diego aunque sea juegue alguna Copa América, o a los 42 años -cosa imposible para cualquier otro jugador, no para Maradona que ya hizo varios milagros-, ¿porqué no?, hasta se de el lujo de jugar su último mundial. Todo depende de vos Diego.

Homenajeaba, grandiosamente, Victor Hugo Morales a Maradona poniendo como “excusa” el majestuoso gol de Diego a Belgrano en el ´96: “Algún filósofo sostenía que sólo juega un hombre cuando lo es en el completo sentido de la palabra. Y es un hombre con mayúsculas sólo cuando juega... Maradona lo es. Ese hombre que levanta los brazos sin saber ya cómo se gritan los goles que se parecen a las obras eternas, al arte que redime al hombre, salvándolo de la seriedad de la vida, devolviéndole la juventud. Ese Diego de magia y coraje que mata la rutina dolorosa de los domingos a la tarde, es el hombre cabal que juega y hace jugar: es el niño que nunca muere, el vencedor eterno, el hombre pleno que no se dicute.

Está allí, más bien del lado de Casa Amarilla, y no sabe dónde correr, ni a quién abrazar, un segundo después de asegurar -con un globo de revés lanzado con la raqueta de su pie izquierdo- la victoria de Boca.(...)

Una avalancha acude al profeta. Un anuncio implacable es pronunciado por el hombre que mueve montañas: su equipò está otra vez en la pelea por el campeonato.(...)

Los críticos dirán que es una obra -la del domingo 9 de junio- muy parecida a la del Mundial ‘86. La posición, el juego, el respeto por pelota, los cambios de ritmo, la circulación del equipo... Lejos de su arquero y buscando con orden, haciendo prolijos los intentos, casi exasperantes en su serenidad para jugar como si ya supiera el resultado favorable.(...)

Estuvo Maradona... Con el mismo coraje del Mundial ´90 cuando jugaba con un tobillo como una sandía. Con un gol parecido al del partido ante Bélgica en México ‘86, revés de zurda, posición de ocho, aunque éste desde lejos y con globo.(...)

El arte es técnica. Como decía el crítico Gabriel Senanes del cellista Yo Yo Ma, esta semana: cuando los problemas de la técnica han sido superados, el artista puede dedicarse al goce, entregarse al disfrute de la elaboración de la obra...

Diego, aún mortificado por el penal que pateó mal, y otro penal en movimiento que desperdició mano a mano ante Labarre, puede jugar siempre, porque las cuestiones que a los otros paralizan, traban y dificultan, a él les salen como las notas al eximio músico francés.

Pero también el arte es la expresión humana de la alegría en el trabajo. También es un artista el señor Mac Allister, ese chapulín colorado que a todos ayuda, ese artesano humilde que se hace grande en la constancia, en el espíritu que jamás declina, en la obsesión por mejorar.

Mac Allister tiene de Diego lo que pueden dar los hombres. Diego cuenta con lo que sólo da Dios.(...)

Un poeta, un loco, un soñador. Un incorregible hasta que juega. La perfección cuando lo hace. Provocó a la ilusión, al suspenso. Coqueteó con la muerte. Puso el último sol del domingo al tirar una pared con el de arriba, y Dios de cabeza la colocó atrás de la mirada desesperada de Labarre, el arquero que recorrió el mismo camino de Diego. Pero, al revés...

En el alboroto, el juez terminó el partido. Iban 48 minutos y, en realidad, era para dejar caer el telón aunque faltara una hora. En esa última jugada de fútbol, estaba todo dicho. Siempre que un jugador sobresale demasiado, el juego está a punto de terminar”.

Muy bello pero más aún los es, lo escrito por Aldo Proietto, director del Gráfico, cuando Diego volvía una vez más en un Boca 3 - Racing 2:

“Diego.
Un rayo de luz en la oscuridad provocada.
Un estallido de luces sobre el estallido de voces.
Un ramo de rosas que baja desde un palco.
Unas lágrimas que brotan del alma.
Las palabras quebradas.
Las manos rojas de aplausos.
La bendera enorme que abraza las tribunas.
Los mil y un fotógrafos que corren al que corre.
El estadio que tiembla.
La voz de Victor Hugo que va del corazón a los corazones.
Esa zurda prodigiosa que hace bramar al silencio.
Esa entrega que conmueve.
El amor que contagia amor.
El fútbol que contagia fútbol.
Llueve y hace frío en la Bombonera.
Pero hay sol y calor en la multitud asombrada.
Es domingo. Juega Diego. Vuelve Diego.
Juega Boca. Gana Boca.
Por siempre. Para siempre.
Por el fútbol. Por la vida.
Por el fútbol que es un pedazo grande de la vida”.

Maradona fue y será fuente de inspiración para el artista. Es tal su armonía y su belleza, que despierta inspiración hasta en el más burdo. Incluso es muy difícil hablar de Diego desde otro lado que no sea la poesía, porque el es poesía en movimiento. Si Maradona deja de jugar al fútbol, se termina la poesía. Varios poetas creyeron encontrar en el la fuente de sus poesías, tenían razón. Poesías como esta:

Mi cotidiano insomnio
se obstina en el misterio
de recordarme al otro
aquel que fui.
El niño que rondó algún potrero
que, seguro, ya no besa la luna.
Aún no habías nacido
y andabas en mi envidia,
como en todos los niños.
Diego,
en la callada foto
que conservo en mi cuarto
donde desguarnecido
te apoyaste en mi pecho,
vi tu desolación
de niño acorralado.
Se adivina el madero
en tu mirada tierna.
Una constelación de multitudes
te ha cercado por siempre.
Ya no tendrás olvido,
ya no tendrás descanso.
Mientras haya un planeta
en que respire un niño,
un niño habrá que sueñe
que es Diego,
y que repite los goles imposibles
de músicas y pájaros.
Diego,
no te puedo ayudar,
hoy he llorado.

--Leonardo Favio.

U otras más vulgares, pero igualmente validas:

Antes que yo naciera
vos ya estabas deslumbrando,
con tu zurda incomparable
a todos dejabas soñando.
De a poquito fui creciendo,
y todo el mundo decía,
que eras algo incomparable.
Que nunca nadie te igualaría. a todos hacías alegrar.
Pero yo en ese momento
tuve ganas de llorar.
Tuviste algunos errores,
Te condenan por lo que hiziste.
¿Es que acaso no se acuerdan
las alegrías que vos nos diste?
Hoy sueño con conocerte
y decirtelo en persona:
¡Gracias por existir
Diego Armando Maradona!

--Anónimo

Pero ninguna más adecuada como la de Mario Benedetti, que ya muchos la han recitado especialmente para él. Es tan bella que no os aburrirá escucharla reiteradamente:

Hoy tu tiempo es real, nadie lo inventa.
Y aunque otros olviden tus festejos,
las noches sin amor quedaron lejos
y lejos el pesar que desalienta.
Tu edad de otras edades se alimenta,
no importa lo que digan los espejos,
tus ojos todavía no están viejos
y miran sin mirar más de la cuenta.
Tu esperanza ya sabe su tamaño
y es por eso que no habrá quién la destruya.
Ya no te sentirás sólo ni extraño.
Vida tuya tendrás, y muerte tuya.
Ha pasado otro año y otro año le has ganado a tus sombras
¡Aleluya!

Maradona produjo, produce y producirá esa pasión, desde su debut y hasta su retiro. ¡Perdón por la herejía! Maradona no se va a retirar nunca. Y si no existiera, habría que inventarlo.

Desde aquel octubre de 1976 a ese octubre del 1997 pasaron 21 años. Todo una generación. Como dice Pablo Milanés: “El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos”. Todos. Los hinchas que lo vieron entonces. Los dirigentes que también. Los periodistas que vivieron uno y otro acontecimiento. Y fundamentalmente, él, porque en la carrera de un jugador 21 años son más que una generación: es una vida. Pero en aquel último partido no fue sólo una ceremonia apta para la nostalgia. Llegaron otros muchachos atrapados por la continuidad de la leyenda. Y todos, los que se abrazan a la bandera y gritan y cantan, y los que somos hinchas de la historia, fuimos testigos. El fuego no se apaga. Ni el de la gente por él. Ni el de él por el fútbol.

Nació humilde, morirá igual. Le enseñaron que conformarse era de mediocres. Creció disconforme. Creyó, en la cultura del sudor, en la moral del sacrificio. Chocó con los necios, que lo siguen siendo. Luchó contra los molinos de viento cuando era más fácil evitarlos. Quisieron derrumbarlo, sigue vivo. Cree que no hizo nada, cuando hizo todo. Le dio al fútbol argentino lo que nunca nadie le había dado. Nos dio, nos seguirá dando, una lección que deberemos aprender: no seremos nada si no nos matamos por ser algo. A Diego Maradona, un hombre sencillo, después un campeón.

Maradona seguía jugando. El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, y la vida nos seguía regalando una hermosa película. Como en octubre de 1976. Como en octubre de 1997. Sólo esperamos que esta última fecha se siga alargando, hasta la eternidad.

Es el Sur. De la ciudad, del mundo, de Italia. Es un hombre que, por lo tanto, lleva adentro a otro que está contra él, y que a veces le gana, como sucede ahora. Ahora que no se sabe dónde está, cuando debiera salir a la cancha en lo mejor de la tarde. Ahora cuando todo es incierto. Ahora cuando, sin embargo, sostiene suplementos de diarios, horas de radio y televisión.

¿Dónde está Diego? Llegan como una leyenda, como los asuntos de Gardel, las imágenes de estos más de 20 años. Pasa uno por las páginas como en los libros de cine que hablan de Chaplin, esas cosas que no deben ser ciertas, contadas para poder sobrevivir.

Fotos de Cebollita, del debut de su llegada a Boca, al Napoli, de sus retornos inverosímiles, de ciertos goles. Aparecen sus mil rostros, el pelo, sus vestimentas, las cinturas distintas. Lloran sus ojos. Se crispan sus puños, se sube por el aire con el puño apretado en los saltos que celebraron el gol.

Retobado, calentón, generoso, golpeado, humillado, traicionado. Abrazado, besado, con manos que se estiran queriendo tocarlo como se ve los domingos en San Pedro cundo sale el Papa. Contradictorio, porque un dios que pueda comprenderse no es un dios, es nada más que un hombre, y los hombres, los normales, aun los grandes jugadores, no pueden hacer sus goles a Inglaterra -ahora ya se anda diciendo que el primero no fue mano- o pasarle la pelota a Cani, con el tobillo como un melón, ante Brasil, en una aniversario de Gardel.

Hombres que se volvieron adjetivos de lo máximo, Maradona y Gardel. Hay una evidente afinidad. Es sospechable la procedencia de ciertos parecidos, mucho más por los que suelen asegurar que las almas no mueren y se andan instalando siempre en otros cuerpos. En las fatalidades, los chimentos, los vivios, en la mano tendida di es por las buenas, en ser incomparables, incorregibles y buenos como finalmente sentencia la leyenda en la que quedaron atrapados, Maradona y Gardel parecen sembrarse, prolongarse, amigarse. Hubieran sido grandes amigos.

Pero no puede ser, salvo en las salas donde dan la película. Uno es el dolor de ya no ser, el otro sabe que 20 años pueden ser muchos, que se hacen pesados y no tiene ganas de ir a la fiesta de un país que celebra en los diarios y las revistas, en la admiración que no cede, en la gratitud de que todo lo protege siempre, en los recuerdos intactos de sus hazañas sin parangón.

A más de 20 años del debut, los estadios lo siguen esperando. Se corta el césped y se pintan los arcos y las rayas por si vuelve. Al fin de cuentas todo tiene un límite. Incluso la tristeza de ciertos hombres del Sur.

El rincón de lo obvio: fue un genio, su destreza vista en cámara lenta era digna de el concocido programaa de televisión “La aventura del hombre”. ¿Cómo no decirlo? ¿Qué otra cosa decir? Solo una: ¡volvé!

Allá va. Como un pájaro. En lo alto. Con su inseparable compañera de infancia, escribiendo siempre la misma historia. Siempre igual. Una pelota y él. Y allá va. Durante 20 años el fútbol, el nuestro y el de buena parte del mundo, llevó su nombre. Susurrado con el fervoroso murmullo elegido para hablar de los grandes. Gritado hasta la afonía en cada rincón del estadio, en cada esquina, sólo con las tres primeras sílabas de su apellido: Mara-dó. ¿Para qué más?

Durante esos 20 años, regaló todo lo que en un hombre no tiene reposición: su talento, para hacer más rico nuestro asombro; sus ilusiones, para hecer más grandes las nuestras; su juventud, para alimentar parte de nuestros sueños.

Lo hizo con todo lo que un hombre no puede comprar en el mercado: con amor, y furia, y con genio, y con ternura; con errores y con ardor, con obstinada insistencia y con flaquezas; también con una cuota de delirio, que nunca está de más, porque de todo eso está hecho una pasión.

Todavía pelea: con cicatrices que no cerraron, con golpes que duelen más que los que pega la defensa adversaria, humillado por los grises funcionarios de turno, aún pone en juego su ilusión, tan parecida a las nuestras. Como si, pese a los años, todavía jugara en una cuna, con su inseparable compañera de infancia.

Y allá va. Se va. Dice que no jugara más. Dice que no quiere más. Aunque con los grandes nunca se sabe. Puede que sea cierto. Puede que, de aquí en más, sólo quede el melancólico placer de verlo hacer malabares allá, en la alta colina del pasado. Si es así, y este es el adiós, no estará de más entonces recordar cuánto dio, cuánto de nosotros pusimos en él sin preocuparnos por el ancho de su espalda, con cuánta ilusión esperamos de él el chispazo que nos devolviera una sonrisa en medio de la oscuridad.

Tal vez esa sutil forma de agradecimiento, y tamabién de protección, le permita enfrentar el siempre incierto futuro. Y a nosotros, acaso, dormir en paz.

Maradona tuvo momentos de gloria, de fama. Pero ni siquiera allí se dejó atrapar por el egoísmo de la insensibilidad. Maradona demostró que también era grande fuera de la cancha. El lo hizo todo. Pero lo compartía con todos aquellos que lo ayudaron a conseguirlo. Eso sólo lo pueden hacer los grandes. Los verdaderamente grandes. Y Diego lo es.

Y se va nomás, nos quiere dejar, dice que no puede más. Es lógico lo creían sobrehumano y lo trataron como tal, pero aunque sea increíble el tipo era humano nomás. Y varias veces pusieron a prueba esa condición de sobrenatural, como esa vez que ese tal Goicochea, ese picapiedras del fútbol, se tiro a romperlo y lo lastimó feo. Años más tarde le arrancaron su Copa debajo del brazo, y volvió a demostrar que al final era humano, sino como se explican esas lagrimas que se deslizaban lentamente por sobre sus cachetes. Pero él siempre puede, ya lo demostró varias veces. Es por eso que la ida del más grande deportista argentino no puede pasar desapercibida delante de mis narizes. No señor, se va él y ya nada importa. Es tiempo de emoción, de recordar todo lo que nos dio, de volver a vivir en ese mágico mundo de la memoria, ahí al igual que en nuestros corazones su imagen permanecerá imborrable. Es lógico, las proezas y hazañas no se olvidan.

Se va nomás y ahora los que sufrimos somos nosotros, simples mortales. La Argentina entera está de luto, y dentro de muchos años tendremos que explicar sentado en la mesa de un bar, la leyenda de ese hombre, desde el día en que el fútbol mundial sonrío por este chiquilin que debutaba en Primera con tan sólo 15 años, hasta estos tiempos contemporáneos, que según dicen la Argentina despareció del mapa sepultada en ese mar de lagrimas. Se va nomás y ya nada será igual.

Es tiempo de vivir de los recuerdos, esos que funcionan como respirador artificial, no se puede vivir con su ausencia después de estar acostumbrados tantos años al lujo. Es tiempo de enchufar la video y volver a pasar el gol a los ingleses, y gritarlo una, dos, tres veces hasta sentirse bien con el espíritu. Es tiempo de nostalgia y melancolía. Ahora más que nunca aparecen esos deseos de volver el tiempo atrás y seguir disfrutando, con ese placer que parecía nunca acabar.

Se va nomás y no lo podemos retener más tiempo, vuelven a aprecer esos tiempos de dolor que se ven de vez en cuando. La escala de sufrimiento está a full, incluso igual o más que días como la muerte de Carlos Gardel, el fallecimiento del General Perón, y el día que los argentinos perdimos las Malvinas. ¿Demasiado tal vez? No. Los únicos exagerados en esta historia fueron papá Don Diego y mamá Doña Tota, inventores de una criatura que no parece humana.

Se ha ido el emperador criollo, sin embargo sus goles, su estampa de crack, su recuerdo permanecerán inmarcesibles en millones de personas, para quienes cada día juega mejor.

Se va nomás y hay que evitarlo. ¡Agárrenlo!, no lo dejen escapar. Quizás muchos de nosotros pasemos de largo ante su gambeta única que lo tuvo en la cima del mundo durante tantos años. ¡Agárrenlo!, ¡sáquenle el botin izquierdo!, quizás ahí esté la fuente de poder del dios Diego. No lo dejen escapar, agárrenlo como sea, no vaya a ser cosa que Diego Armando Maradona nos prive del privilegio de poder seguir viendo su asombrosa magia.

No hace falta agregar nada a la tristeza provocada por un adiós que conmueve, toda vez que lleva como protagonista a uno de los más grandes deportistas del siglo. Dios también se cansa. Alrededor de Maradona, el fútbol creció como espectáculo universal y negocio multimillonario. Su Majestad les dio beneficios a docenas de empresas que lo eligieron como imagen. También a los que descubrieron que Superman no llevaba capa, tenía un arito y en lugar de una letra usaba el diez en la espalda.

Fue como si hubiese resuelto castigar al mundo. Diego se hartó, cerró la canilla de los milagros...

¿Cuántos peldaños tendrá la escalera del túnel de la cancha de River? ¿Diez, doce? El número sería lo de menos. O quizá no. Es que esos diez o doce escalones que separan el túnel con el campo de juego dividen el antes y el después de la última noche en la vida de un futbolista profesional. Subirlos de a dos y asomar la camiseta al aplauso merecido y gratificante significan el último recorrido antes de terminar en el medio de la cancha con los brazos al viento. Saludo victorioso y no sin lágrimas. En el sentido contrario, regresar a los escalones, encararlos hacia abajo y dejarse devorar por el último túnel agradecido, marcarán el punto final y la brillante despedida de 20 años de fútbol mágico. Esa tarde-noche no fue una más. El fútbol perdió al Diego. Así de doloroso y de simple, el final de un largo noviazgo con la pelota. No fue un final digno, si bien esa noche también será recordada por el impresionante triunfo de Boca por 2-1, extendiendo una larga paternidad sobre River Plate y adueñándose de la punta, nadie sabía que él iba a retirarse, lo anunció unos días más tarde. Yo me imaginaba -e imagino- una Bombonera llena con todos los ojos llenos de lágrimas, que el fútbol lo despida como él lo merece. Todavía hay tiempo, pero por ahora ese es su final y me parte el alma. ¿Diez, doce peldaños? La escalera del túnel se guarda los pasos sutiles del último dueño de la pelota. El juego del fútbol se queda sin el grandioso talento de Diego. Un chau sencillo y emocionado a un jugador que triste y todo, hoy está sonriente. Seguramente no entiende el enorme vacío que deja. Se fue Diego. Señores, de pie.

Todavía recuerdo cuando me enteré que se iba. Cuando me lo contaron, sentí el frío de una hoja de acero en las entrañas; me apoyé contra el muro, y un instante la conciencia perdí de donde estaba. Cayó sobre mi espíritu la noche, en ira y en piedad se anegó el alma. ¡Y entonces comprendí por qué se llora!

Pasó la nube de dolor... Con pena logré balbucear breves palabras... Dejé la luz a un lado, y en el borde de la revuelta cama me senté, mudo, sombrío, la pupila inmóvil clavada en la pared. ¿Qué tiempo estuve así? No sé; al dejarme la embriaguez horrible del dolor, expiraba la luz y en mis balcones reía el sol. Ni sé tampoco en tan terribles horas en qué pensaba o qué pasó por mí; sólo recuerdo que lloré y maldije, y que en aquella noche envejecí.

¿Adónde vas, estupendo Maradona, que no reparas en límites coherentes, que todo lo ves de un tinte futbolero, llenando de luz todas las cosas? Vos, estupendo Maradona, que teñistes con mil maravillas, todos los verdes pastos.

¿Adónde vas estupendo Maradona?, que un día el sendero de pronto te pierde, y sólo quimeras quedan en la mente, recuerdos vacíos, la vida que pasa? ¡Oh, quién quince años tuviera otra vez! Estupendo Maradona: ¿puedes tú volver?.

¡Fue hace un año y pico! De pronto mi mundo se llenó de ausencia que laceró mi alma. Esperanzas y alegrías se diluyeron en un cielo nubloso. Iniciaron su reinado la nostalgia, los recuerdos, las imágenes queridas... Mis manos ansiosas buscan apresarlas. Ellas son ¡Mi vida! ¡Mi vida que se está yendo tras tantos momentos vividos que ya no son! Y un frío de hielo hace que sienta vacío mi dolido corazón. ¡Fue hace un año y pico, te fuiste!

Pero aún así me quedaba una certeza que no tiene valor: Vimos a Maradona. Ayer la vida, pareció acabada, el amor, la luz y la esperanza, me tendí en un manto de añoranza y deseé partir dejando todo... Ya pasó la borrasca; y la tormenta dejó pasar un haz de oro al corazón. ¡Hoy te saludo, vida!, como si hubiera nacido porque todo se aclara cuando pasa la tormenta. ¡Hoy te saludo, vida! Porque he visto a Maradona y el tiempo no podrá destruir mi memoria. Nadie me quitará eso, nadie usurpará su lugar. Porque el está en el corazón y lo que permanece ahí jamás podrá formar parte del olvido. ¡Vimos a Maradona!, y eso vivirá eternamente.

A Maradona. Dueño del oro, la gloria, el amor. Su puño arriba y la tribuna enfrente, su explosión previsible con muchos años y muchas amarguras. Su imagen y la del fútbol, que no pueden dividirse.

Vimos a Maradona y esos estadios deslumbrantes gritando. Bailando. Llorando, porque lloró. El estadio, la gente en él, los colores mezclados con la risa, la risa mojada por el canto, los brazos y ese pibe, banderín y sombrerito, festejando en los hombros de su padre la magia de un jugador que tal vez no entiende.

Ahí están, el de adentro y los de afuera, aunque cueste separarlos porque sienten igual, porque no quieren que nadie los separe. El de adentro, camiseta embarrada o no, locura de triunfo o tristeza de derrota; los de arriba, paraguas, gargantas ávidas y fatigadas, fútbol en los ojos y en la piel.

Vimos a Maradona. Muchos soles y muchas lunas. Muchos hombres. Muchas voces. Muchas alegrías y sufrimientos. Muchas emociones. Un fervor que lo reconoce como superior, como el mejor. Lo vimos.

Vimos a Maradona, y también vimos ojos empapados, el cuerpo en acción, abrazos enormes, el retrarto de una alegría que este tipo abajo, había construído para todos.

Y el alma está temblando, porque vimos a Maradona. Está temblando.

Pellizcame, viejo, vimos a Maradona en acción. Pellizcame fuerte. Decime que es verdad, que vuelo de fiebre, que este sudor helado que me recorre el cuerpo, que este latido intenso del corazón, que esta voz quebrada y estos dedos irremediablemente temblorosos, son pura emoción.

Pellizcame ,viejo, vimos ese caño de Diego en su debut con 15 años a Cabrera.

Pellizcame, viejo, pellizcame y acordate cuando nos levantabamos temprano para verlo a él, allá por 1979. Todos los japoneses asombrados. ¡No podían creerlo!

Pellizcame, viejo, vimos a Fillol comiendo pasto y al Conejo Tarantini dado vuelto ante la magia de Diego. Lo vimos dando la vuelta en la Bombonera ¡Qué lindo!

Irrumpen los recuerdos. Trato de atraparlos y no puedo. Entran y salen, desordenados, caóticos. Parecen mezclarse en una extraña danza tribial que desconozco y me confunde. Saltan fechas, aparecen momentos, surgen confesiones, estallan alegrías y tristezas. Hay secretos, verdades, mentiras, errores, aciertos. Hay desazón y esperanza. Hay lucha y esfuerzo. Hay comprensión e indiferencia. Hay sinceros y falsos. Hay fieles y traidores.

Hay de todo en esta cabalgata que trato de ordenar y no puedo. Trato de ordenarlos desde la serenidad perdida y la reflexión postergada. Sé que estoy jugando un partido imposible entre la emoción y el razonamiento. ¿Cómo impedir que se erice la piel, como pedirle al cerebro que le ordene calma a estas manos temblorosas cuyos dedos equivocan las teclas? No hay caso. Estallan los recuerdos en torbellino. Pido disculpas. No puedo. Desisto. Voy a escribir según los latidos acelerados del corazón, voy a alejarme -espero que sólo por un momento- de los intrincados laberintos de la razón. Quiero contarlos así como salen, así, a borbotones...

Acordate, vimos “el gol”. Fue único, nunca nada igual. Vimos la cara de los ingleses. También vimos a todo el país festejando, eso si que no tiene precio, viejo, no lo cambio por nada.

Pellizcame, viejo, fuimos Campeones del Mundo por él. ¿No lo ves a Diego con los ojos llenos de lágrimas cuando estrecha la mano del presidente de México? ¿No ves la emoción en el rostro de todos? Sí, el nuestro también, ¿el de quien no?. ¡Para no dejar soltar una lagrima viendo a Maradona haciendo todo lo que se podía hacer en un Mundial!. Dejame, dejame que siga gozando. Acordate: levanté mi puño derecho. Me volví a sentir pibe. Lloré. Me abracé con amigos y desconocidos. Temblé. Grité. Sentí orgullo, miedo y pena. Miré el cielo. Cerré los ojos. Pensé en él y grité a los cuatro vientos “Gracias”.

Pellizcame, ¡no puede ser!, lo vimos domingo a domingo haciendo todavía más cosas imposibles, acordate que locos estaban los napolitanos con él.

Pellizcame, viejo, pellizcame fuerte. Decime que es verdad. Decime que un sólo hombre hizo todo esto poniendo la bandera argentina en lo más alto del mundo. Dejame, nomás, dejame seguir lagrimeando porque hoy ya no está repartiendo magia con ese botín zurdo, incomparable. ¡No se puede ir, tiene mucho para seguir dando!, ¿Porqué todo tiene un final? ¿Porqué la carrera del futbolista es tan corta? ¿Porque no se puede detener el tiempo en aquella imagen del beso a la Copa? ¿Porque...? no, no hay un porque, es así y punto. La ley de la naturaleza es así, por cruel que parezca ni hasta al mejor perdonó la madre tiempo. Y dejame un rato, dejame solo con mi memoria, por lo menos ella va a estar siempre. Quiero atrapar para mí esta alegría que Dios puso en mi camino durante más de 20 años. Dejame un momento.

Usted sabe lo que se siente, el lloró y lloramos todos. La patada que le pegó ese negro de Camerún me dolió a mí. Acordate viejo, Diego hizo de nuevo milagros pero con el tobillo mal. Acordate de Tafarrel, ¡no tenía cosuelo!. Tampoco lo tenían los italianos, después de que el zurdazo de Diego fuera a un lado y Pagliuca para el otro. Esos italianos bien merecido se tenían el castigo, chiflarle el himno a Diego en el país que venía deleitando, ¡desagradecidos!, el puteó y todos los argentinos puteamos. Lloraba el Diego. Lloraba con el corazón roto por tanta emoción, con lágrimas de hombre por tanta incomprensión. Lloraba Diego Armando Maradona y a una mulitud le faltaba grandeza para entender su dolor. Las palabras de Diego quedarán grabadas “Que le voy a hacer, debo ser antipático. Hay gente que goza con mi tristeza”. No es gozo, seguramente, abuchear a un hombre que siente una derrota con el corazón, que lleva el fútbol en el alma, que lo defiende como nadie... Porque ese estadio Olímpico colmado de quienes se dicen amantes de este juego, no fue respetuoso con quien mejor lo juega. Y quizá no lo fue por eso mismo; son tan desconocidos los caminos de la envidia... Porque no cualquiera podía acreditar, a los 30 años, tantos títulos y tantas alegrías... No cualquiera soporta, sin un gesto, el nada agradable título de jugador más golpeado de un torneo. No cualquiera sabe llorar públicamente y con la frente alta ante la injusticia. No cualquiera... Porque como dijo Golda Meir alguna vez “los que no saben llorar con todo su corazón tampoco saben reír”, no es motivo para disfrutar ni para burlarse, porque si no entendían ese llanto será por algo. Por eso no es gozo de la gente, seguro, no lo es... Porque ahora son ellos los que lloran su ausencia. Sí, ya sé, hubo algunos napolitanos que se portaron fenómeno, esos sí que lo bancaron a Diego, a su rey no lo iban a tocar. Después no pudo ser, pero igual Diego lo dio todo y más.

Pellizcame, viejo, pellizcame de vuelta, decían que no podía volver pero volvió.

Pellizcá con fuerza, otro mundial con un juego deslumbrante. Lastima que tampoco pudo ser, se me caen las lagrimas recordando las declaraciones de Diego “me cortaron las piernas”, dejá Diego ya hiziste mucho. Demasiado. Mientras sufrías, yo sufría con vos. Sí, viejo, siempre estuvimos con él y vamos a seguir estando.

Ahora creo que sí, estoy definitivamente convencido de que no sueño, que todo fue realidad, que, lo confieso, no alcanzo a dimensionar. Sí, existió ese jugador, aunque no lo crea, existió.

Pero hasta aca llego yo, es tiempo de vivir de los recuerdos. ¿Qué no está? ¿Que se fue? ¡Qué no va a estar! ¡Claro que está, viejo, está y estará siempre! Y pellizcame viejo, vimos a Maradona. Vení, quedate a mi lado. ¿No escuchás acaso ese grito sagrado?

¡Maradóóó! gritan los muchachos de Argentinos.
¡Maradóóó! grita la mejor hinchada del Mundo.
¡Maradóóó! grita el Barcelona
¡Maradóóó! grita el fervoroso pueblo napolitano
¡Maradóóó! grita el público sevillano
¡Maradóóó! grita los agradecidos hinchas de Newell´s
¡Maradóóó! grita toda la Argentina
¡Maradóóó! grita el mundo entero
¡Maradóóó! grito yo y gritás vos, viejo. Pero nadie nos escucha. ¿Cómo nos van a escuchar? Pellizcame, viejo, vimos a Maradona. ¿Cómo nos van a escuchar si estamos llorando, viejo?

Yo vi jugar a Maradona... ese del talento sublime que parecía resumir el fútbol en su pie zurdo, los pelotazos de distancia larga y precisión exacta, los toques las gambetas, los tacos, los caños, su sorprendente capacidad para cabecear. Jugador completo, síntesis de belleza y eficacia, ya que brindó espectáculo pero además fue ganador, campeón de todo. Siempre cerca del área, enloqueciendo defensas con fintas, enganches, gambetas y goles, provocando que las tribunas le pusieran música a su apellido. Exprimió su amor por el fútbol, su pasión por jugar y por hacer goles, pero lo más maravilloso que hizo Diego fue agregarle una sonrisa al fútbol. Yo vi jugar a Maradona... y soy uno de los tantos tocados por la gracia de Dios.

¡Vimos a Maradona! ¿Quién me habrá observado alguna vez en mi butaca acaso pareciendo atrapado por un extraño exorcismo? Vimos a Maradona. ¿Quién habrá observado mi alma más pura que nunca, más limpia que nunca? Vimos a Maradona. ¿Quién me habrá visto el corazón convertido -mágicamente- en una turbina rugiente? Partido con Inglaterra en el ´86: me sentí más hincha que nunca. Viendo en mi piel ese sufriente y lindo sarpullido de la ansiedad. De las uñas que se comen sin comer. Viendo a mi alrdedor sólo los colores de uno. Que esta vez eran más de uno que nunca. Cuando arrancó no dije nada, no pensé nada. ¿O a esa altura del Campeonato podría sorprenderme que Diego pasara entre dos rivales, suave el amague, sutiles la izquierda y la derecha, dejándolos casi chocados con sus tensas caras sudorosas y acaso sonrojadas? Pero dio tres pasos, aceleró, enganchó para adentro y Butcher quedó en el camino. Entonces me paré sobre el asiento y dije por primera vez en la tarde un dramático “no puede ser, no puede ser...”. Cuando terminé de decirlo, había quebrado la cintura, había enganchado para afuera y había desparramado a Fenwick.. “¡¡Hacelo, hacelo...!!!”, se oyó mi suplica cuando lo vi solo frente a Peter Shilton y su experiencia y su clase y su picardía. El amague para irse por adentro, otra vez el quiebre, la salida externa, la zurda mágica que saca el remate preciso que supera el retorno de Butcher, que supera todo. No sé más nada, no me pregunten otra cosa. Sé que salté, que saltamos. Se que abracé y me abrazaron. Sé que vi lágrimas en muchos ojos y noté una cierta humedad en los míos. Gritabamos todos... Eramos un solo grito. Creo que miré el reloj. Eran la una y diez de la tarde, se jugaban casi diez minutos del segundo tiempo y Argentina se ponía 2-0 sobre Inglaterra gracias a la más brillante jugada indivdual que yo haya visto alguna vez en una cancha de fútbol, gracias a la inspiración del mejor jugador del mundo, ¿o queda alguna duda? Gracias a Diego. Entonces, ahí empezaron los sueños con el título. Y siempre Diego alimenta los sueños. Diego, ese talento, ese monstruo, ese genio, incluso hoy, le pone música a mis sueños. Que a nadie se le ocurra despertarme... Un furor casi demencial se apodera del país. Pestañeo, siento cosquillas en las pupilas, sonrío nerviosamente. Intuyo que sepultados en ese fervor hay millares de hombres, mujeres y niños que son mis iguales. Es el momento sublime de la gran comunión nacional. Dentro y fuera de la cancha un hilo invisible unió los espíritus argentinos para esta convocatoria. Maltratado -ahora ya no, obra exclusiva de él- y querido Campeonato Mundial que está llegando a su final. ¿Dónde están tus enemigos? ¿Cuánto vale este milagro? Es justicia. Me acordé de tantas cosas. Quiero escribir exactamente lo que se sintió en aquel momento. Sé que no podré. Que las ideas me huyen, que las teclas me agreden, que la fantasía se esconde. Odio mi mediocridad. Vi a Maradona y todo al lado de él es mediocre.

Vimos a Maradona. Gracias por haberme sentido pibe otra vez. Ya no grito, ni tiemblo ni lloro. Cierro los ojos. Creo que vi a Dios.

Podrá dejar de jugar, pero no irse. Los grandes nunca lo hacen. Están en las banderas de la tribuna, en cada chico que piensa como quién quiere ser cuando sea grande.

Pero si deja de jugar aquellos que amamos los caños, los tacos y todas las exquisitezes que soñamos con ver en una cancha, sin distinción de nacionalidades, color o banderas, nos quedaremos un poco más solos.

Diego no se fue, apenas pasó un año sin jugar. Todavía la magia está fresca. Y aunque hubieran pasado cien años Diego tampoco se hubiera ido, siempre aparecen los fantasmas: sus gambetas aún parecen dibujarse en el desolado San Paolo. Su pegada magistral y eterna, asoma como un fantasma en los potreros de La Paternal, su magia sigue asombrando en la Bombonera. Diego siempre estará presente. Hoy es tiempo de goce. Ya habrá tiempo para el análisis y la lógica. Para encender un cigarrillo y mirar el techo. No es hora de cuestionar el placer, siempre efímero. Es momento de ser testigos y ejercitar la memoria. Alguna vez todos seremos interrogados sobre esta historia mágica. Estamos orgullosos. Y por este hombre que hoy no está pero no dijo adios todavía. Que nos entregó una maravillosa lección durante más de 20 años. Qué nos dejó tantas cosas. Nadie nos dio tanto como él. Nadie nos regaló tanta humildad. Se llama Diego Armando Maradona. Ya está hace rato en la historia grande del fútbol mundial. Para siempre.

Rondó las fronteras del sueño. Pero fue cierto. Increíble y maravillosamente cierto. Pisó el mundo de lo irreal. Pero sus goles fueron obra de un ser real, de carne y hueso, con un relleno interior de luz y de fuego. Pero cuando el hombre lucha tanto, se brinda con tanto fervor y entrega su alma buscando la salvación, tratando de hacer realidad un sueño, luchando por un anhelo, merece todas las alegrías mojadas con lágrimas, esas euforias que parecen no terminarse nunca, esas emociones que le parte el pecho. Dependimos de un hombre. Con pies llenos de fútbol. Con alma de héroe. Él lo hizo realidad. Él plasmó el milagro argentino en los estadios afónicos del Mundo. Se llama Diego Maradona.

Dame un haz de luz, Señor. Habré de contar un milagro que deberán creer otras generaciones. Lo he visto con mis propios ojos ahora empañados. Lo he sentido con el corazón todavía palpitante. He visto a Maradona después de tantas muertes y tantas resurrecciones. Andá en paz, muchacho. Más allá de coincidencias y discrepancias, de virtudes y defectos, de amores y odios. Vos dejaste el alma y tu genialidad en cada cancha, nos has legado emoción, fuiste capaz de hacernos estallar. Andá con la frente alta, muchacho. Tené la grandeza de los grandes. Vos has sido digno, muchacho. Digno hasta el último aliento.

Otra vez la maldita necesidad de buscar palabras. Que sean bellas sin ser grandilocuentes, que sean justas sin ser ampulosas. Que sean dulces sin ser empalagosas. Dificil tarea. Simplemente: honra a este hombre. Honra e él.

Diego Maradona, el mejor del mundo. Diego Maradona, el de los pies de demiurgo, de mediador entre lo finito y lo infinito.

Diego Maradona, un orgullo argentino. El gran protagonista del deporte a lo largo de dos décadas.

Ahora que ya han pasado algunos meses desde que dejaste de jugar, quiero decirte “gracias” en nombre de los que vivimos boca abajo en esta parte del Mundo. Gracias por habernos permitido creer durante más de 20 años que todo era posible. Para vos -me permito tutarte- nada fue un obstáculo. Y por ese motivo crecimos en un mundo irreal, que ahora seguramente será distinto, más normal, más aburrido. Fuiste y serás grande Diego. Y eso que no gozaste del beneficio de un rival, porque con ninguno tuviste la suerte de formar un gran clásico, ese choque que hace historia por sí solo. Pensá, si no, qué hubiera sido de Martina Naratilova sin Chris Evert o de Muhammed Alí sin Joe Frazier. Tus enemigos, en cambio, sucumbieron sin piedad ante tu presencia. Así pasaron Norberto Alonso, Ricardo Bochini, Marco Van Basten, Ruud Guullit, Michel Platini, Karl Rumenigge, Lothar Matheus, el Toto Schillari, Roberto Baggio, Enzo Francescoli, José Luis Chilavert, Gary Lineker, entre tantos otros.

Provoca un gran dolor tu retiro, Diego. Es como el de la madre que pierde un hijo. Para el fútbol, para la AFA, para el deporte mindial, vos eras -y sos- su mejor hijo. Te estás alejando, Diego. Nos queda tu legado, Diego, esa herencia compuesta de talento, magia y tremendas ganas de ganar. Te estás llendo y eso me produce una mezcla de sentimientos difícil de explicar. Primero siento una profunda tristeza que parece que durará eternamente, en este momento la naturaleza parece desafiar a aquel axioma de André Luguet, “la hora más sombría nunca dura más de sesenta minutos”. Luego cuando el sentimiento deja el corazón para llegar a la razón aparece un profundo odio sin un destino muy claro, simplemente a la historia por que está dejando pasar el tiempo. Si toda esa bronca acumulada se descaragara en mi puño sería capaz de noquear al gran Mohamed Alí. Finalmente, al no poder descargar la bronca (aunque sea en un puñetazo), aparece la impotencia: no poder hacer nada para cambiar la historia. Ya lo dijo una vez Agatón “Ni siquiera los dioses pueden cambiar el pasado”, es así hay que aceptarlo.

Te fuiste, Diego, después de revolucionar y darle vida al fútbol, hasta sembrar su semilla en todos los rincones del mundo. Ahora me viene a la mente un recuerdo... cuando llegaste al club de La Paternal el técnico de ese entonces te rechazó: “Este pibe es un desnutrido”, igual después al verte jugar cambió de opinión. Pero... ¡Qué increíble, qué poco respeto se les tiene a los genios!.

Sin presionarte, los que estamos aquí boca abajo rogamos que triunfen tus ganas de jugar y estés de regreso el año que viene... Allí en la cancha rodeada de espectadores. Allí donde el mercurio se eleva sin importar que esté esté nevando. Miles de personas y un argentino. Ese que lleva en su espalda el número 10 y al que le levantan monumentos para demostrarle el amor de todo un pueblo hacia su juego, Diego Armando Maradona, el dios, el rey, el mejor, el emperador, el único, es el generador de tanta pasión. Como siempre, Diego enciende las gargantas hasta dejarlas rojas de emoción. A pleno sol. A plena luz. En la oscuridad. Siempre. Desde la tensa espera de esos hinchas después de estar horas en la cancha para conseguir un lugar. Por él. Allí están. Vestidos de Diego, envueltos en sus ropas y sus cantos, ansiosos por la inminencia del partido, porque en ese partido juega Diego y Diego es la gloria. Por fuera y por dentro vestidos de Diego, la fiesta muy cercana, sus colores y su hombre a punto, los gritos preparados, la explosión al alcance de la mano, la mano cerca de Dios. Ya empezaba, pronto terminaría, en un rato serían profundamente felices. Ellos. De Diego. Nombrar a Maradona siempre, por más que sea época de invierno toscano, es calentar cualquier ambiente. Los vendedores de camisetas con el número 10 y el nombre del ídolo en la espalda agradecidos, siempre. Los hinchas están que arden, siempre. Todo es euforia, exitismo, esperanza, siempre. Y siempre la Diegomanía encabeza la línea de ilusión. Así es la Diegomanía. Un sentimiento, nadie puede parar, siempre.

El Rey Diego, en el centro de la escena. Como siempre. Con la fuerza de los goles y la pasión del corazón.

Diego puede hacer cualquier cosa. Día a día lo fue demostrando, superándose a sí mismo. Con él, cualquier equipo está a tiro del campeonato y amenaza. Con un león de tal magnitud, cualquiera temería. Vamos a recordarlo por mucho tiempo, nunca lo olvidaremos. Ese fútbol excepcional, ese fútbol mágico. Mucho tiempo, lo vamos a recordar.

¿Quién nos había puesto la efedrina en el alma? Dios había muerto. Maradona ya no estaba allá por Estados Unidos en 1994. Pero Dios cuando se muere resucita y Diego siempre está. Así en la fiesta como en el llanto. Por eso, por más que parezca que, hoy, está moribundo, sabremos que nunca morirá. Siempre vivirá.

Diego, monarca entre los zurdos y los derechos. Maradona, mágico conductor de sueños. Jugó y fue millones de gritos, banderas, camisetas, ilusiones. Diego, rey de reyes. Maradona, sutil hipnotizador. Jugó y fue una explosión. La de la gente y la del fútbol. Diego: monarca, rey. Maradona: mago, carismático. Jugó y fue millones de lágrimas, esperanzas, sueños, deseos. Jugó y es.

Maradona es una figura cósmica: no se puede medir por tiempo, ha superado la discusión del gusto, están por encima del análisis técnico. Es uno de esos que por talento universalizó su obra. Ayer y hoy podrían fundirse en un mismo espacio. Maradona hubiera podido jugar en cualquier tiempo. Me gustaría que Diego se quede. Su presencia revitalizó al fútbol, expandió la onda satelital que une al Mundo, reavivó la llama más clara del deporte: la polémica entre el ayer y el hoy. Lo que significa que su figura es cósmica, ni tiene ni tiempo ni espacio: es de siempre y para siempre.

Sos eterno Diego. Siempre habrá muchos que miran, te miran... y quieren encontrarte como cada uno se imagina que eres; hay quienes te rezan, pero no pueden en voz alta, otros se disculpan... y les pesa el mirarte. Algunos se sienten con la necesidad de llorar junto a vos... nada más que junto a vos. Habrá quienes te piden, como sintiendo que no están solos; y siempre tendrás quien no se olvida que fuiste una realidad de carne y hueso... y por lo que fuiste, para mí serás eterno.

Año 2023. Lucas está sentado frente a una computadora. Le gusta el fútbol, ha escuchado y leído que casi cuatro décadas atrás existió un jugador distinto, cuantan que fue el mejor de todas las épocas. Hoy, Rosendo Bottaro domina las canchas del mundo, es un crack. Maneja la pelota estupendamente, es rápido y remata con las dos piernas. Es el ídolo de chicos y grandes, el líder del Bologna, el equipo del calcio nacido en el milenio anterior que no para de acumular títulos...

Pero no se puede comparar con aquel otro jugador, le han dicho quienes más saben. Presiona suavemente una tecla y, tras un corto beeeeep, en la pantalla tridimensional aparece el menú. Elige “Deportes”, luego “Fútbol”, y va siguiendo ordenadamente las instrucciones hasta alcanzar la fecha deseada: “1986- El año de Diego Maradona”. Las variantes para continuar son muchas: recortes de diarios, estadísticas, dinero, libros, cintas de video... Se decide por esta última. Entonces surge la imagen imponente del Estadio Azteca, el estadio dónde se disputó aquel Argentina-Inglaterra. Es el 23 de junio de 1986, el día de los cuartos de final de la Copa del Mundo. Más de 100.000 espectadores en el Azteca, el mundo sigue este partido por T.V. Diego Maradona viste una camiseta azul con el número 10 estampado en la espalda. De entrada, apenas lo ve se nota la pinta de crack. Entonces, se produce el primer gol del encuentro. De entrada parece normal, pero cuando lo repiten se ve que el jugador la toca con la mano. Lucas lee abajo “La mano de Dios”, piensa y reflexiona: “¿Así la llamaron?, por algo será”. Maradona juega un gran partido, cada vez que toma la pelota produce una jugada riesgosa para el arco inglés. Lucas no deja de asombrarse por el estupendo control que el pie zurdo de Maradona le daba a la pelota. Pero de repente, se produce lo magnífico. 10 minutos del primer tiempo. El número 12 de Argentina le pasa la pelota a la leyenda en la mitad de cancha. Maradona la recibe, gira y arranca entre dos ingleses. Desequilibra a los marcadores e inicia el vuelo. Un inglés insiste en seguirlo, pero el pique es mortal y hasta el final de la jugada le vería la espalda. Otro inglés que sigue de largo. El astro se deshizo de las primeras dificultades, y corre con la pelota al pie, la cabeza levantada, observa... sale un defensor al cruze y lo supera. El Azteca se asombra, Lucas también. Un inglés insiste en acompañarlo pero Diego se cubre. Tiene el arco... Lucas grita emocionado, “¡pegale, pegale!” cómo si el partido fuese en directo. Pero Diego engancha y desparrama al arquero. Un inglés se le tira a los pies, pero su intento es tardío. Maradona define y sale a gritar su gol. Lucas se refrega los ojos, todavía atónito. Luego lee que después, en la semifinal hizo otros dos golazos que fueron los únicos del partido y le permitieron a su equipo acceder a la final. Lee que en la final le sirve la asistencia del triunfo a un compañero. También dice que el mundo se rindió a sus pies, que nunca nadie hizo cosas semejantes en un Mundial. Lee también, que antes ganó un Mundial Juvenil. También que fue el máximo goleador de la historia de Argentinos Jrs, su primer club. Que salió goleador argentino en 5 oportunidades. Que es el máximo ídolo de Boca Juniors y que al pasar a ese club salió campeón del Metropolitano argentino. Que fue transferido a España en una cifra récord, y que en el Barcelona ganó una copa del Rey. Dice también que se fue al Napoli y lo puso en la cima. Que ganó dos scudetto, una Copa de Italia, una Supercopa italiana, una Copa Uefa, y que también es el máximo ídolo de la ciudad italiana. Dice que al Mundial siguiente salió subcampeón. Dice que se fue del fútbol pero volvió a clubes como Sevilla, Newell´s, y una emotiva vuelta a Boca y a la Selección. Que jugó al fútbol por mucho tiempo, regalando magia y batiendo récords en cuanto a presencia y goles. Que ganó todos los premios posibles: Olimpias, Balones de Oro, Botines de Oro, premios por ser siempre el mejor.

“Debe ser así”, piensa Lucas mientras apaga la computadora, “Bottaro ni nadie pudieron haber hecho un gol semejante”.

Con esto quise demostrar que la epopeya deportiva de Diego Armando Maradona no es de nadie. Ni siquiera de él. Es patrimonio del fútbol mundial. Y el recuerdo de su obra maestra será eterno como el tiempo. Y como él.

Ya nada será igual. Sin él no lo será. Él, que nos regaló todo. Él, que no pidio nada. Él, que levantó nuestra bandera en lo más alto del mundo. Es hora de brindar y dar gracias. Por él.

Es una lastima que ya no estés. Dicen que no volverás a hipnotizarnos con tu amiga de toda la vida. Dicen que ya no vamos a ver tu inconfundible figura resaltando entre miles de mortales como una perla negra. Dicen que ya no vamos a ver ese miedo acosador en los ojos de tus contrincantes. Dicen que ya no vamos a ver tus puños cerrados, el salto que parece llegar hasta Dios, la boca abierta que nos permite descubrir tu graganta llena de gol. Dicen... dicen tantas cosas. En definitiva, dicen que te arrancaron a tu amiga de la octava maravilla del Mundo, ese incomparable pie izquierdo. ¡Malditos! También le arrancaron una lágrima al fútbol, esa que hizo explotar en mil pedazos la represa de los sentimientos, inundando al Mundo entero en la tristeza de saber que ya nada será igual.

Vos, siendo deportista, recibiste más respeto que médicos y abogados. En cuanto al amor... no hubo nunca una muestra de afecto más grande hacia un ser humano. Es lógico.

¿Lógica?, no, para hacer cada jugada, vos desafiaste la lógica y la razón. No, lógica no está en tu diccionario. Vos sos de otro mundo. No actuas de acuerdo a las leyes que rigen nuestro planeta.

Vos, sos genio, ídolo, único, incomparable, distinto,... se me acaban los sinónimos pero el sentimiento es el mismo. No terminaste el cólegio pero fuiste genio, y de seguro a Einstein y a Newton también les hubiera gustado verte jugar. Sos divertido, locuaz y pocas veces hablas en serio, pero no hay nada que tenga más seriedad que tu juego. Tenés una sonrisa fácil, pero sin embargo en ese rectángulo verde te vimos llorando.

Ahora el de los ojos humedos soy yo. No puedo calmar tanto sufrimiento. La cosa es grave. Es dificil de explicar lo que siento. Hoy, recordando aquella letra de Carlos Publa “Cuando sientas tu herida sangrar, cuando sientas tu voz sollozar, cuenta conmigo”, afirmo que es el momento al cual se refería. Para este dolor no hay anestesia; este corazón destrozado sigue latiendo, pero no sigue viviendo. Ahora es el momento en el que se aplica la frase de Macedonio Fernández, cambiándole el principio, “Diego se fue, mientras duró de todo hizo placer, cuando se fue nada dejó que no doliera”. Él entró profundamente en mi corazón. El es ídolo. Y los ídolos nunca se olvidan. La memoria olvida, pero el sentimiento graba.

Es una lástima que ya no estés. Cuando miro el reloj y son las diez. Y miro el techo y pienso diez minutos. Y estiro las piernas como todas las tardes. Y hago así con los hombros para aflojar la espalda. Es una lástima, una verdadera lástima. De repente volteó y veo un pibe pateando una piedra. ¡Apareciste!. Vuelve la alegría. El corazón late a mil. Me acuerdo de los que decían que vos no te ibas a ir nunca. Ahora sé que tenían razón. Vos estás. En cualquier lugar donde se haga rodar algo que parezca una pelota, ya sea de cuero o de papel, vos estás. Dicen que tu nombre es Diego. Dicen que tu apellido es Maradona. Sin embargo hay otros que dicen que no tenés ni nombre ni apellido. Ellos te llaman Dios.

Hay tantas imágenes. Cosas sin contar. Recuerdos que pasan por la mente, que quedarán para siempre archivados en la memoria del corazón. Por más que su pie haya volado por última vez, jamás podrá apagar la luz de aquella vela que iluminó el nacimiento del fútbol argentino. Porque en una vida pasada, tal vez él lo haya creado...

Te estás llendo, Diego, y se nos afloja hasta el alma. Por más que ya no estés, el nudo de la garganta no se va. La emoción hará inolvidable estos más de 20 años. Por todo lo que dio y porque este jugador estimula y sienta bien. Juega el fútbol que el país argentino ama y quiere.

Te estás llendo, Diego, y, es verdad, con vos se va el fútbol. Sino fijate lo que fue el último Campeonato Mundial disputado en Francia: dio la sensación de ser muy mediocre. Fue previsible y aburrido, y que me perdone el Campeón Mundial, pero dio la sensación de estar perdiendo emoción. Y esto es alarmante porque tengo el horrible presentimiento de que ya nada volverá a ser como era antes. Es que en el fútbol actual, no existen argumentos sólidos como para suponer que la imaginación podrá superar a la previsibilidad. No es que haya un meditado y decidido renunciamiento de que se puede soñar, aún, con un fútbol grande, pero las señales y los mensajes mayoritarios de los ordenadores (técnicos) y los protagonistas (jugadores) presagian el triunfo de la rutina (cómoda, por otra parte) sobre el riesgo. La realidad suele ser, en estos casos, una colaboradora irreprochable para comprobar que es bastante difícil sospechar que el fútbol que se viene, difícilmente pueda ser superior al fútbol que se vio, si de Mundiales tratamos. Y eso que deseamos cometer una equivocación histórica. Uno intuye que, hoy, disfrutar con muchas gambetas, infinitos toques, excelsos goles, parece una utopía. Sin embargo siempre hay que seguir esperando confiado en que vuelva él: Diego Armando Maradona. Sólo él puede romper los pronósticos. Y convertir al fútbol en una fiesta total.

Parece que se va. Hoy, dijera alguien, nos une la amargura, la desilusión y la bronca. A todos los jugadores, que lejos de sentir envidia o celos, saben que acaban de perder a su gran maestro. A todos los dirigentes, abatidos por este final irreparable, silenciosos y cabisbajos. Sabían que, también, se iba una inagotable fuente de dinero. A todos los periodistas, que también son argentinos, y aunque no lo parezca, también aman a Maradona. Lógico, durante muchos años les dio de comer a muchos. A toda la gente, no sólo los treinta y tres millones de argentinos, sino la gran mayoría del mundo que están quedándose mudos y en algún mañana, cuando ya sientan su ausencia, empezarán a preguntarse por qué. A todos, señores y señoras, nos une la amargura, la desilusión y la bronca. Acaba de morir el hermoso sueño que nació un 20 de octubre de 1976, y qué nos había malcriado tanto, que va costar adaptarse ahora. Se acabó el fútbol, aunque siga. Nos invade el desconsuelo. Treinta y tres millones de argentinos ayer elaboraron un sueño y hoy la realidad terminó de despertarnos con un cachetazo violento, cruel e inmerecido como sucedió en Francia ‘98. Cuesta reflexionar. Pero se intenta. Está faltando coraje para armar un equipo sin él. El fútbol argentino, el querido y glorioso fútbol argentino, está ingresando a una etapa nueva, con cambios. Se acabó. Es el final del más hermoso sueño. Ya no está. Así estamos.

Te estás llendo Diego, pero nunca se irá tu fútbol. Ese tiempo, malintencionado, no vencerá a tu fútbol. Tiempo que todo lo arrasas, cruel centinela del destino, podrás acortar mi vista y agriar mi vino, hacer cansino mi paso y mis manos temblorosas. Pero contra Maradona, tiempo tirano, contra él, no podrás. Porque él renace con cada movimiento de una pelota, con cada gol que se grita en lo más recondito del mundo. Rejuvenece dentro de mí como flor en primavera, llenando todos los espacios por dentro y por fuera. No doblegarás su fútbol, tiempo villano, contra él, no podrás.

Tiempo tú qué me dices, al sentirme tan vacío, pues yo me he llavado todo, con su fútbol no has podido. Tiempo, dime qué piensas ahora que ves que has perdido, que su fútbol todo lo puede y que tú fuiste vencido. ¿Cuál es la conclusión obligada? Cuando un jugador tiene esa vitalidad futbolística, su fútbol no puede morir nunca. Podrá nublarse el sol eternamente, podrá secarse en un instante el mar, podrá romperse el eje de la tierra. ¡Todo sucederá! Pero jamás en el Mundo podrá apagarse la llama de su fútbol.

Sabes, tiempo ladino, cuando su falta me desampara, sólo recordar sus goles me ilumina la cara y mi corazón parece calle para día de fiesta adornada al imaginar esa zurda que magia dibujaba. No me quitarás a Maradona, tiempo bandido, contra él, no podrás. Pues aún cuando abandone este mundo y tú dejes de tener sentido alguno, seguirá vivo su fútbol, desde lo profundo, porque no conoce fornteras ese fútbol infinito. No matarás su fútbol, tiempo asesino, contra él, no podrás.

Ojalá vuelvas. Para seguir deslumbrando y rompiendo redes. Seguir llevando al Napoli a la gloria, ganar otra Copa del Mundo con Argentina. Sería sorprendente, por cierto. Pero entonces, pregúntenselo a los millones que aman e idolatran a este hombre. Ellos le dirán que, en realidad, Diego Maradona nunca los dejó. ¿Se fue? Nooo, ¿por qué no pregunta de nuevo a esos millones? Para ellos, Diego estará siempre, en cada esquina, en cada picado o en cada pelota de fútbol que pique por el mundo. Maradona no se fue del fútbol, nunca lo hará. Está en el alma de la gente, en el pecho de los hinchas. Porque los grandes de verdad siempre permanecen en el corazón de la gente.

Diego ha sido ejemplo, y nosotros tuvimos que aprender una gran cantidad de cosas que el nos legó. Muchos pueblos antropófagos abren -o abrían- el cráneo de sus enemigos para comer parte de su cerebro, en un intento de apropiarse así de su sabiduría, de sus mitos y de su coraje. A lo largo de toda su carrera, se podría decir, que todos nos hizimos un festín con sus sesos. Reconfortamos nuestro estómago con su coco. Ese también es Diego, aunque él lo niegue, un ejemplo que nos dio para aprender muchísimas cosas.

Los tiempos modernos ya lo trasladaron. Más acá y más allá de sus límites imprecisos ya lo trasladaron, angostos, como son siempre los tiempos cuando la obra es trascendente o el amor profundo. Lo llevaron más allá y no hace falta un porvenir que lo confirme. Se presiente, se intuye, se sabe... Pasarán los años, dejará de jugar, sonarán a anécdota menor los entredichos contractuales, las lesiones o enfermedades conflicitivas, las tardes vacías, los goles que no hizo, la actitud errante de muchas veces, las gambetas contradictorias, los partidos en la Selección. Pasarán los años y sólo quedarán Argentina y él, unidos hasta el rigor del mimetismo. Los dos. Maradona es ídolo, pertinaz e inamovible. Idolo a pesar de su propia locuazidad, de una carrera pos gol con festejos alocados, de palabras directas, del desprecio por la demagogia...

Al margen y por encima de todo esto o quizás justamente por esto. Siempre fue sincero, en la cancha y afuera. Nunca se traicionó. Y esa condición singular acompaña la magia visible de cada uno de sus actos futbolísticos, redondea su aptitud esencial, la eleva, la distingue. Es quien es y es quien será por mérito íntimo, eso lo tiene vivo y eso contribuíra a embalsamar su imagen simple y sencilla de jugador de fútbol. Que eso es, ni más ni menos. Será otras veces campeón Argentina y él, más viejo, irá invitado a ver a través de alguna nota el partido decisivo; se hará el equipo argentino de todos los tiempos y estará ahí; se reunirán los grandes de la historia del fútbol y alguien lo invitará; discutirán generaciones alrededor de una mesa cualquiera y su nombre se paseará, protagónico, entre la fruta, el café y los cigarrillos. Va a pasar. Va a pasar. Lo llaman Diego. Es alegre y reparte alegría. Exhibe su felicidad y la desparrama a los demás. Tiene el don de la elgancia apenas apoya los pies sobre el pasto. Lo suyo es fútbol, transmición misteriosa de sentimientos y fútbol. Y va a quedar, como los grandes, porque su lugar en el corazón del hincha no reconoce épocas ni respeta fronteras. Es Maradona, siempre lo será.

Los tiempos futuros embalsamarán su grandeza. Sonará en los oídos de los hombres de hoy y de mañana. Cuando se diga Maradona, se dirá algo grandioso, epopéyico, apocalíptico. O no se dirá nada más que Maradona, como si un suspiro vibrante resumiera el concepto absoluto de todo, del siempre, del incomparable. Los hinchas podemos tener dos corazones: uno normal que regula los hechos con la lupa de la objetividad, y otro alegre que se acelera ante lo extraordinario. Cuando el corazón normal queda funcionando ante la máquina de escribir, sólo se logra reflejar un hecho que da respuesta a la gente. Cuando el corazón alegre vibra en armonía con el teclado, se da algo más que una respuesta: se da un homenaje.

Esta es la hora de homenajear a Maradona. De brindarle con la letra escrita todos los gritos contenidos. De decirle con simpleza la dimensión de anchura. De reconocerle el color exclusivo de sus venas campeonas.

El propósito es escribir un comentario sobre su carrera como ya han visto. Pero esto no es posible sin ingresar en la geografía ya bíblica de sus células sublimes.

Suena a himno y lo es. Tiene melancolía póstuma y lo merece. Huele a redención y también lo es.

El Maradona futbolista, el Maradona campeón, el Maradona grande sin antes ni después, el de la cancha, el de los goles, el del pantaloncito corto y el número diez estampado en la espalda. Ese con el ya conocido arito en su oreja, ha pasado a la historia como el más grande de los fútbolistas argentinos, dejando su imagen eternizada en la nómina de los mejores del mundo, sino tal vez en la de el mejor.

La corona todavía le pertenece, no apareció nadie dispuesto a sacarsela. Los hinchas podemos tener dos corazones: uno normal que regula los hechos con la lupa de la objetividad, y otro alegre que se acelera ante lo extraordinario. Hoy, frente a este campeón excepcional nuestro corazón vibra feliz sobre el teclado. Maradona está llegando al epílogo de su carrera y queda la felicidad de haberle visto jugar. Del corazón alegre surgen frases precisas porque la emoción es una frontera peligrosa con dos zonas totalmente opuestas: de un lado el sentimiento y del otro frases, sólo frases.

El que escribe sabe que sus efímeras palabras están destinadas al cautiverio de las cenizas. Pero también sabe del sabor grato al paladar de su alma. Y lo atrapa, como las raíces del árbol para que la luz de sus frutos brillen siempre. Maradona, el fútbol de Maradona, valió la lágrima emocionada que bajó por las mejillas hasta convertir en éxtasis el suspiro final de su gloriosa carrera. ¿Qué más se puede esperar de un jugador de fútbol? Habría que apelar a las fórmulas de los cronistas especializados para encontrar la más objetiva manera de describir lo que hizo ese hombre. Una crónica, la más simple, aquella que informara sobre acontecimientos, goles, jugadas realizadas, momentos culminantes, mejores logros, nos diría todo lo que dejó este grandioso jugador. E, inevitablemente, antes o después, nadie podría decir otra cosa más que fue el mejor. Cuando un jugador juega como lo hizo Maradona en México 86, el fútbol es fiesta. Se alcanza la apoteosis sensual que sólo este juego es capaz de generar. Fiel a una convicción y a una filosofía, entró en la historia porque lo merecía. Qué maravilla.

El capitán está dejando las canchas a paso firme. Como enjambre de abejas irritadas, de un oscuro rincón de la memoria salen a perseguirme los recuerdos de los tiempos mejores. Yo los quiero auyentar. ¡Esfuerzo inútil! Me rodean, me acosan, y uno tras otros a clavarme vienen el agudo aguijón que el alma encona. Diego se fue. Tarde a tarde asisto al entierro de mis sueños. Y aún así, la memoria me reanima, al mostrarme su recuerdo. Quiero pero no puedo adelantar los relojes para que de una vez por todas termine este sufrimiento... Pero, se sabe, el tiempo nada entiende de sentimientos. Sólo pasa.

El tiempo pasa y no vuelve, como no vuelven tampoco las generosas ilusiones ni las espléndidas esperanzas de la juventud. El dolor también pasa, pero cuando llega no dejá nada en pie. Echa de día en día, como los árboles, más hondas raíces en nuestro corazón; ... ¿y por qué? Porque no brota sangre de la herida. Porque el muerto está en pie. ¡Cuándo podré dormir con ese sueño en que acaba el soñar!

Se termina... las palabras y las preguntas, las risas y las lágrimas, la esperanza, los sueños, la bendita ilusión que me alimentaba. El largo viaje que en tu zurda realizaba. El mundo aparte que tu fútbol dibujaba. Pero también... la fuente de mi alegría y en ella... un pedacito de mi vida. ¡Se termina! Y te equivocas... no es mi risa, es el gemido de mi agonía.

Donaré mis ojos cuando me llegue el momento, así le cuentan a otro las maravillas del Rey Diego. Estará vacíos de lágrimas, pero sí iluminados de magia. A mi corazón lo cobijará otro pecho, y sentirán lo que yo siento. Espero que las nuevas generaciones sepan quién fue Maradona, que su mito no se apague con el tiempo.

Hoy estamos en sus finales. Sin embargo, quedan retazos de algunos de sus goles. Esa magia que como la lavandina en la ropa, no se puede borrar. No hay que perder las esperanzas. Recorramos Buenos Aires noche a noche. Entremos en algún bar porteño y encendamos la tele. Tal vez en el momento menos pensado oigamos el antiguo pregón olvidado. “Gol de Maradona”.

Alguna vez, ya que mencionamos la televisión, lo encuentro encerrado ahí en esa caja mágica, víctima de su fama eterna; y está sonriéndose, y yo digo: -¿Cómo puede sonreir? Luego le asoman una pelota, y empieza a deslumbrar; y entonces pienso: -Acaso él sonrie, como sonrío yo.

La tele nos mostró por muchos años su imagen, en sus mejores o peores momentos, pero siempre estuvo ahí. Y nosotros bien sabemos que hay imágenes que el tiempo no borra. Al contrario. El paso de los años las torna más nítidas, más vívidas, más actuales. Es posible, sí, que la nostalgia del tiempo ido las idealice, las adorne, les otorgue un brillo especial. Esas imagenes de Diego son las que nos hicieron reir, llorar, gozar, soñar cuando eramos pibes y veíamos a nuestro ídolo en plena aventura. Esas que adornaron la pieza de ilusiones juveniles, que nos hicieron discutir la jugada excepcional en la madrugada de amigos, que nos emocionaron en hazañas inolvidables. Esas imagenes que fueron y son el corazón mismo del fútbol. Que recorrieron el mundo, nos llevaron de la mano a legendarios estadios, a míticos campeonatos, a dramáticos momentos que nos dejaron clavado el dolor impreso o su grito mil veces repetido. Tantas veces volvieron a nuestra memoria, volvimos a admirarlas imaginariamente. Pero hubo una, la más conocida, la que más cosas encierra, la que más representa, la que más queremos. Una sóla: Maradona y la Copa. El beso a todo el fútbol mundial. Esa, la de la combinación perfecta: parecen hechos uno para el otro. La más inolvidable. Sólo una: Maradona y la Copa.

Y ahí está Diego con la pelota en los pies, con la magia y el toque de un genio. Un don de Dios que se escurre a través de la defensa, dejando perplejos, inmoviles a los jugadores rivales, que intentan parar lo imparable. Un atleta supremo, un artista, un héroe. No hay palabras para describir las maravillas que hacía dentro del campo de fútbol. Hubo que reescribir la biblia del fútbol.

A los grandes jugadores de fútbol se los ha llamado artistas, cuyo talento es un misterio para el mundo que los mira y los admira. La fuerza muscular y la destreza, el acróbata y el artista se unen para desafiar las leyes de la gravedad. Los grandes en acción son poesía en movimiento, son esculturas móviles. El dios. La superestrella. El atleta supremo. El mejor de todos los tiempos. Y ahí está Maradona.

Su extraordinario manejo del balón, su panorama de juego, su pegada exquisita de pie zurdo y su electrizante pique corto eran incontrolables. Un verdadero malabarista de la pelota, capaz de inventar la jugada más bella e impensada, pero además con la contundencia de un goleador implacable.

Maradona deslumbraba y desmoralizaba al oponente con su brillo. Era un mago. Maradona era un habilidoso nato. Podía hacer increíbles actos de destreza con la pelota sólo por instinto. Un talento absoluto que demuestra que las mejores creaciones se hacen sin pensar, se desarrollan inconscientemente. Su velocidad era electrizante, su control sobre el balón deslumbrante.

Y ahí está Diego, puro, incontaminado. Un rebelde del candor. Demostrándole al mundo porque es el mejor. Demostrando que la fama, esa que a veces roba los sueños, no pudo horadarle el alma... Simplemente porque siempre será el Pelusa, el que no tuvo tiempo de vivir la infancia, pero mantuvo el pibe vivo e inalterable. El de la sonrisa franca, la mano amiga, el beso cariñoso a sus padres y la gambeta sorprendente que le marcó un gol al mundo, nada menos... - ¿Qué es fútbol?, dices mientras la pelota sube y baja golpeada por ese magnífico empeine. ¿Qué es fútbol? ¿Y tú me lo preguntas? Fútbol... eres tú.

Hoy ya no estás. Ya no queda más nada por decir. Incluso no podemos analizar lo que no merece análisis, a comentar lo que no admite comentario... Simplemente se siente... Y simplemente se sufre. Hoy ya no estás y sin embargo yo sigo esperando que vuelvas.

Hoy dormí tranquilo, Diego, has cumplido. Argentina siempre estará de fiesta gracias a vos. Te esperamos -siempre- en una próxima gambeta. La festejaremos juntos.

Ante lo insignificante o ante lo grandioso no hay palabras. Quedan definidos por sí. Lo que Maradona hizo a lo largo de dos décadas era digno de él: ser reconocido, aclamado, respetado y admirado. ¿Hay alguna frase que lo pueda sintetizar? Acaso sólo una: Gracias. Por todo. Por jugar como jugaste, por ganar como ganaste, por dejar esa imagen que nos dejaste. Gracias por ser un orgullo nacional. Gracias por emocionarnos. Gracias por todo lo que nos diste porque nunca nadie nos dio más. Gracias Diego Armando Maradona, por ser argentino. GRACIAS POR TODO DIEGO, simplemente gracias.

Isidro Bernabé Santos
República Argentina -no me molesta,
todo lo contrario, es un gran orgullo que
llamen a mi patria: “el País de Maradona”-
Marzo de 1999

P.D.: Espero no haberlos aburrido en esta larga nota, simplemente para el amor no existen páginas, por eso espero que entiendan el enorme sentimiento que me une al más grande héroe que dio el deporte mundial. Este sentimiento es algo difícil de explicar: un fenómeno único en el mundo. Si trato de definir lo que es Diego en mi vida, como dije antes no hay palabras, pero igual voy a tratar de orientar, para que alguna idea se tenga. Los primeros términos que se me ocurren están relacionados con “sentimiento”, “pasión”, etc. El diccionario define la palabra pasión como “afición vehemente a una cosa”. Eso es Diego, una enorme pasión pero además inexplicable -no tiene una explicación lógica-, y si la miramos de este lado pareciera más un mal, una enfermedad, porque por Diego se pierde la cabeza, y consecuentemente perdemos la lógica, el sentido común, la razón, actuamos con el corazón. Se podría llegar a decir que pasa algo parecido que con el sentimiento de los bosteros para nuestro equipo, y todo aquel que alguna vez pisó la Bombonera se va a dar cuenta de lo que hablo. Igual ya lo dijimos antes, no hay palabras, es por eso que uno se puede poner a pensar que este sentimiento no es de este mundo, es algo extraterrenal. Además no hay ni habrá nada tan fuerte como para olvidarlo, nadie me va a quitar este sentimiento, los sentimientos grandes son tan difíciles de usurpar como lo son las grandes creaciones, afirmo. Si quieren saberlo, yo soy mis sentimientos, y quien me los robe habrá de llevarme también consigo. Nunca te olvidaremos Diego.

P.D.2: Y para todos aquellos, ignorantes del fútbol -sin considerarme conocedor, sólo sé que tengo, por lo menos, la sabiduría elemental, esa que nos obliga a amar a Maradona-, que quieran debatir la grandeza de Diego -aunque sea indebatible- los esperaré en el e-mail costantini intramed.net.ar, sabré defender mis creencias. Sabré defenderlo. Los obligaré, ante la evidencia totalmente visible a no hablar más porque el aire es gratis, a pensar lo que dicen. Los atenderé, no se preocupen. Claro que siempre habrá alguno que obligue a citar aquella frase “no hay peor ciego que el que no quiere ver”, o sino piensen en lo que dijo Confucio “cuando veas un hombre bueno, piensa en emularlo; cuando veas a un hombre malo, examina tu corazón” (los que ven el personaje malvado de Maradona será porque ellos son los malvados), porque como también dijo Luigi Pirandello: “el hombre está siempre dispuesto a negar aquello que no comprende” (está bien el talento de Maradona es inentendible).

P.D.3: Aprovecho la ocasión, aunque nunca lo lea, para saludarlo y expresar mi más sentido agradecimiento: Diego Maradona. El del tatuaje del Che Guevara, un arito en su oreja y el gol que se le escapa del corazón. En cada mañana ¡Cómo te recuerdo! Querido Diego, te guardo en lo más profundo de mis sentimientos. ¡Y tanto te pienso, que para mí seguís jugando, aunque tu ausencia demuestre lo opuesto! Porque sos mío, porque sos nuestro, porque ya sos para todos: gran jugador y maestro. Aún si no quieras seguir jugando, con el gran dolor que esto implica, te apoyaré. No has dado tanto que ¿cómo no te voy a apoyar yo a vos? Aún si no quieras seguir jugando, siempre estará el pequeño Pelusa pateando una pelota en mi corazón. Todavía sos joven en la vida, te queda un largo andar ¡Dios permita sea el mejor! Tenés familia y gran amor para dar y recibir. Viví tu vida, cómo nos las hiziste vivir a nosotros cuando te veíamos jugar: féliz. Te lo deseeo de corazón. Diego Armando Maradona, el mejor de todos los tiempos, bostero y argentino. ¿Qué más se puede pedir? Te aseguro que a la hinchada de Boca poco le importó que tu equipo no pudiese concretar la ansiada y tantas veces cercana vuelta olímpica, ya que vivimos cada presentación tuya como una verdadera fiesta, llenando todos los estadios para corear tu nombre y disfrutar de tu fútbol. Sos considerado un futbolista extraordinario, para la mayoría el mejor de la historia, otros te censuraron por tu conducta fuera de un campo de juego. Lo cierto es que en Boca, como en tanto otros lugares, sólo quedó grabada tu imagen de ídolo, tu amor por la azul y oro, fueron los lazos que fortalecieron aún más la relación. Maradona, el jugador más grande, fue, es y será de Boca, el club más grande. Un orgullo compartido que perdura a través del tiempo. Y finalmente concluyo con otro mensaje para Diego: ¡por favor no nos dejes!, el fútbol argentino y mundial te necesita, Boca te necesita, La Doce te necesita, todos te necesitamos. Aún así ya nos diste mucho, demasiado diría yo. Igual todavía te esperamos, siempre lo haremos. Insisto en que vuelvas Diego. Vos sos capaz. Todos sabemos que siempre sos capaz de volver y sorprender a todos. Volvé, por favor. Lucha altivo, no claudiques, no puedes bajar los brazos, pues la vida cual mordaza aprisiona al luchador y al no poder doblegarlo huye presto, persuadida, que es muy fuerte quien resiste su abrazo destructor. Luchá, te necesitamos. ¿Que transitar el camino es muy duro? ¡No lo dudo! Pero si hay algo que aprendí de vos es que todo se puede conseguir con coraje, convicción y amor. Nunca fueron suaves vías las que anduvo el vencedor, fieras zarzas y espinillos a su paso se opusieron no logrando, sin embargo, dominar al invasor. No pretendo aconsejarte: reflexiona, luego, actúa, y aunque para muchos seas un iluso o alienado, en tu pecho habrá una llama, surgida de tu valor. Volvé Diego. Y sé millones. ¿Por qué no aparece nuevamente esa magia esplendorosa? ¿Por qué no vuelve Diego a recuperar lo que es de él? Temo que a espaldas de los actuales y mediocres futbolistas, las multitudes se han ido a casa. La única esperanza está en la reaparición del artista. Ése que se presenta y, sin doctrina ni explicaciones, llega al rincón más secreto del alma. Las buenas gentes de estos tiempos deshilachados no pierden la esperanza. Ojala vuelvas pronto. Ojalá vuelva el talento capaz de llenar con fútbol tanto vacío. Te esperamos con ansiedad todos los que asistimos a los convencionales, aburridos y solemnes partidos de siempre. Por más que vos tengas 50 años igual te vamos a querer. ¡Regresa! Si alguien lo viera, díganle que vuelva. Díganle que espero. Permítanme la última frase para Diego, de Rémmy de Gourmont: “seguiremos esperando hasta cuando deseperemos”. Nadie me va a sacar la ilusión de volver a verte, porque sabés Diego; perder una ilusión hiere, perderlas todas, mata. Por eso siempre te seguiré esperando. Finalmente, la única frase que queda por decir es la más simple, insulsa y vulgar del hincha que, sin embargo, es la más sabia -y elemental- de todas las ya mencionadas, cuyo contenido representa una infinidad de cosas, no sólo un mensaje de apoyo. Esa frase encierra el amor incondicional del hincha de todos los países del Mundo: “¡Aguante el Diego, todavía!”

Isidro Bernabé Santos, República Argentina

Volver a Maradona en Boca Juniors
Volver a Un homenaje a Maradona