El Cantar del Mío Diego

El Cantar del Mío Diego

El primer gol de Diego Maradona a los ingleses en Méjico ‘86 lo coronó como el Rey de la Calle. Fue con la mano y lo convirtió en el más vivo entre los vivos. Muchos simples seres humanos podremos haber intentado tal hazaña en los picados con los amigos, en los campeonatos de barrio, o ¿quién sabe? Tal vez en un campeonato Nacional, Continental, o inclusive en un Mundial. Sin embargo, siempre nos pesca el árbitro. Es que nosotros no poseemos ese arte único que nos permite alzarnos sobre todos los demás. El Pelusa -apodo que cualquier amigo del barrio le puede haber inventado- cometió la delicadeza de meterle el dedo al árbitro y a los mismísimos ingleses -menos a la reina que es muy casta para que le estén hurgando el culo, que sí se lo ablandó a la "Dama de Hierro"- en los Cuartos de Final de un Mundial cuando todo Inglaterra, Argentina y literalmente medio mundo los observaba.

El segundo gol de Diego Maradona contra los ingleses lo canonizó. Avanzó desde su cancha y a ritmo de tango pasó de largo a cinco ingleses, después al arquero, y la metió. ¿Así de simple? ¡No! Lo que hizo no fue humano. Este es un mundo racional y lo que Diego hizo no está en ningún libro. Aquello, creo, no está ni en nuestros sueños. La perfección estética con que se realizó esa corrida hacia la gloria no puede ser materia de nuestra capacidad onírica. "Fue una aventura personal de Diego", diría más tarde Valdano. Daba la impresión de que si no tenía el arco en frente, Diego se hubiera llevado a los fotógrafos, después a los guardias de seguridad, y finalmente, a todo el público de las tribunas porque en ese momento no lo paraba nadie. Maradona era un huracán que se desplazaba con la belleza de una cascada en una tarde de verano y rodeada por un paisaje hermoso que sólo pudo crear Dios. Era un misil con los pies de Alicia Alonso. Un meteorito haciendo piruetas. "Barrilete cósmico. ¿De qué planeta viniste?", sollozaría Víctor Hugo Morales mientras atestiguaba lo que él llamó "El Relato de mi Vida". ¿De dónde saliste, Diego?

Diego Armando Maradona ha sido dentro de una cancha lo que el Mío Cid ha sido en un campo de batalla. O Ulises. O David contra Goliat. Mucho más que un ser humano. Toda una fuerza que barría contra enemigos aparentemente muchísimo más fuertes que este ente provisto de un cuerpo poco atlético. "Enanos como uno", reconocería en su autobiografía la deidad. Sí, Maradona es un enano. Y regordete también. He ahí otro factor que dispara aún más la magnitud de sus hazañas. De físico severamente limitado, nuestro héroe ha tenido que poseer un alma sobrehumana para poder besar el cielo después de haber esquivado miles de piernas enemigas que buscaban liquidarlo.

Los héroes míticos que han desfilado por la literatura universal y por la imaginación popular plasmada en tradiciones orales siempre han alcanzado tal estatus porque lograron lo que nadie más puede lograr usualmente en beneficio de un pueblo. Leonidas con sus 300 valientes detuvieron a todo un ejército persa en el Paso de las Termópilas. David tumbó a Goliat con una honda. Miguel Grau con un barquito se las ingenió para aterrorizar a los chilenos. Andrés Avelino Cáceres también hizo lo propio, incluso convirtiéndose en "el Demonio de los Andes". ¡Un demonio! Osea, un ser de otro mundo. Maradona y su zurda mágica que dejó parados como postes a todo el equipo inglés, y al público, y a todo Méjico que no le pudo quitar la bola . . . bueno, así hubiera sido narrado este golazo por un poeta del Siglo de Pericles o por un gaucho parlanchín de esas pampas donde no llegan los medios de comunicación. Maradona es visto como humano únicamente por eso mismo: porque es "visto". La televisión limita sus logros. Si la imaginación popular se hubiera encargado de trasladar sus peripecias de boca en boca, Maradona no sería un hombre de carne y hueso, sería un héroe de la mitología del siglo XX o sería un dios. Aún viendo a Maradona por televisión resulta difícil creer que es humano. ¿O alguien puede citar a otro humano que haya podido lograr lo mismo en un campo de fútbol en momentos tan difíciles y necesarios?

La dimensión heroíca de las invenciones futbolísticas del Pelusa ha sido catapultada a la categoría de ídolo supremo en los pueblos que él defendió y llenó de gloria: Argentina y Nápoles. Ambos pueblos serían otros si no hubieran tenido la suerte de que Maradona pusiera la pierna izquierda en su camino. Dicen que no se juega con el orgullo de un pueblo. Sin embargo, é lo jugó, ¡y cómo! Sus piruetas ponían la música que hacía bailar a dos pueblos enteros. Con cada túnel de Maradona, Argentina y Nápoles se iban insertando en el mundo. Con cada taquito no retrocedían; avanzaban. Con cada sombrerito se alzaban por encima de los demás. Y con cada bolea, ellos volaban . . . y muy alto.

El impacto de la obra de la zurda del Diego en Nápoles es particularmente incomparable. Antes de Maradona esta ciudad servía más que nada de escupidero del norte. El poderoso Norte se cagaba encima de Nápoles y después les gritaban: "¡Lavatevi, Lavatevi!" (¡Báñense! ¡Báñense!). Los estadios del Norte estaban inundados de letreros así que humillaban la dignidad de Nápoles; incapaces en todo, que inclusive en el fútbol sólo se podían dar el "lujo" de pelear el descenso. Pero llegó este hechicero del pie izquierdo y la humillación se convirtió en una orgullosa vendetta. Y el Diego habló:

El hecho de que me haya ido maravillosamente bien en Nápoles tuvo que ver, más que nada, con que les traje cosas que ellos no tenían: futbolísticas si se quiere, como tacos, gambetas y títulos, pero también, y más que nada, orgullo . . .

("Yo soy el Diego", p. 95)

Sí, muchos títulos. Los primeros y los últimos. Pero títulos ganados en base a una magia única. Los equipos italianos se ordenaban (y ordenan) en base a un juego ultra-defensivo que privilegia la destrucción y castiga (con patadas) la creación. Al jugador creativo lo marcan cuatro, lo presionan cinco, lo ahogan seis y le pegan siete. Es un fútbol "moderno" donde no puede existir el individualismo y hay que jugar en base a una idea estrictamente colectiva bajo la mirada estricta de entrenadores autoritarios que manejan los hilos de los equipos con gran meticulosidad. Es en este imposible contexto donde surge la genialidad de Maradona. Este gladiador superpuso la fantasía a la frigidez. ¡Ganar! ¡Ganar! ¡Ganar! –reza el fútbol "moderno". ¡Prohibido gozar! -añade uno de los mandamientos del fútbol nuestro de cada día. El Diego transformó el paradigma del fútbol "moderno" y clamó en las canchas: "¡Ganar y gozar!"

Los héroes son más héroes si son revolucionarios. San Martín y Bolívar son grandes ejemplos de esto en Sudamérica. Rebelarse contra la injusticia eleva aún más la figura del que logra lo imposible. Este humilde muchacho salido de las entrañas de la miseria no sólo desafió a equipos más poderosos que él, sino también a todo el sistema futbolístico; un sistema injusto que condena a los jugadores a ser herramientas de producción y les ordena que no se diviertan en la cancha. Maradona le mostró al mundo entero que se puede danzar y ganar. La fantasía también fue eficaz, al menos en la zurda mágica de este "10" impredecible. La rebelión futbolística de Diego también tuvo un carácter simbólico que inundó de orgullo a los pueblos argentino y napolitano. Tanto hizo palpitar a esas tierras que no hubiese extrañado que el Río de la Plata se hubiera desbordado y el Vesubio explotado. Para Argentina, Maradona tumbó y humilló a los ingleses con dos goles que hicieron más famoso y visto a Peter Shilton que cualquiera de sus atajadas. Justo a ellos que antes habían diezmado a sus pibes en Las Malvinas. Después hizo que su equipo le gane a los belgas y alemanes. ¡Todos primermundistas y también amantes del fútbol! Para Nápoles . . . bueno . . . simplemente los puso en el mapa. Claro, después de haber borrado del mapa al omnipotente y arrogante Norte italiano que no dejaba figurar a esta olvidada ciudad. Maradona hizo que los italianos del Norte escupan al cielo y les hizo tragar la mierda que ellos mismos decían que Nápoles tenía encima.

Como consecuencia de su metafísica obra, Diego Maradona tiene devotos en todo el mundo; pero sobre todo, en Argentina y Nápoles. En Argentina tiene tangos y en Nápoles han ido todavía más lejos: Los santos patronos de la ciudad, San Genaro y la Madonna, se convirtieron en San Genarmando y Santa Maradonna. El espíritu popular de ambos pueblos ha adoptado al Pibe de Oro como un santo de su devoción. Es esa imagen mitológica y hasta religiosa que me impulsó a titular estas líneas "El Cantar del Mío Diego".

Al meditar sobre el desempeño de Diego Maradona fuera de las canchas podría titular su obra como "El Ingenioso Hidalgo Don Diegote de la Cancha". Es un hombre inmerso en una lucha quijotesca. No porque sea él un loco. Sino porque el mundo lo percibe así. Invertir un paradigma futbolístico es mucho más fácil que invertir los paradigmas y reglas de la cultura del poder y el consumismo extremo. Una de estas reglas es callar y producir. Un individuo que se rebela contra los abusos de los medios de comunicación, los dirigentes de los clubes, la FIFA, la iglesia, los políticos, corporaciones internacionales, y cualquier institución que tenga la sartén por el mango y haya subyugado a la opinión pública tiene todas las de perder en las canchas de la vida. Maradona no se enfrenta a molinos, se enfrenta a monstruos de verdad que ya se han comido a muchísimos a lo largo de la historia. Una zurda endiablada y un corazón rebelde no son suficientes para vencer a aquellos que son dueños de los medios de comunicación, y por ende, de la mayor parte de la opinión pública. El Mío Diego siempre será más triunfal que Don Diegote. Sin embargo, este mundo de poca fantasía y de mucha injusticia siempre necesitará la zurda mágica y el corazón rebelde de un Diego Armando Maradona que encarne a ambos personajes.


<< Bernard Schleien >> bernardperu@yahoo.com