Unas lineas al 10

LA PALOMA

 

 

Le gustaba transitar raudamente a través de los espacios sintiendo la presión vivificante del aire en su rostro. A veces sus compañeras no comprendían por qué se dejaba ir con los párpados cerrados, desentendiéndose de la formación, que era lo aprendido a través de sus ancestros y les servía para proteger su supervivencia.

Una tarde, deslizándose en búsqueda del firmamento, escuchó un tenue murmullo. Y como la curiosidad es una de la cualidades de su especie, optó por circular aquel camino que la llevaría al lugar de donde provenía ese rumor.

Posándose en una barra de metal que oficiaba de rama, pudo observar un cilindro lleno de gente, en cuyo centro se encontraban alrededor de veinte personas corriendo en pos de una esfera que le recordaba a un huevo redondo.

Fijando aún más sus ojos acerados y procurando parpadear más lentamente que de costumbre, vio que un grupo de individuos se tomaban a golpes de puño, generando un gran tumulto.

Entonces agradeció por no tener manos.

Luego advirtió que en el predio de gramínea un hombre le propinaba a otro un violento puntapié, produciendo un segundo arremolinamiento, pero de menos personas, mientras un vehículo se llevaba al agredido retorciéndose de dolor.

Entonces agradeció por no tener pies.

En otro sector un grupo esgrimiendo palos rectos, semejantes a aquellos que sostenían su nido, acometían ferozmente mientras miles de voces exaltadas insultaban repeliendo la agresión. Y meditando sobre si era seguro empollar sus huevos en la copa del árbol acostumbrado, agradeció por no saber hablar.

Y cuando estaba dispuesta a emprender su retorno por el susto que le había provocado el estallido de un poderoso artefacto explosivo, vio que un hombre que tenía un palito y un círculo en sus espaldas acariciaba de manera exquisita aquel huevo redondo, dejando a su paso a aquellos semejantes que trataban de obstruir su avance.

Parecía suspendido en el aire, al igual que ese palomo que se le acercaba para arrullarle.

Sólo cuando el huevo redondo fue anidado en los sedientos piolines, un conjunto de voces y de aplausos culminaron la obra de ese artista que nunca más volvería a ver en su existencia.

Hoy, mientras anida en lo alto de una copa esperando la procreación de la especie, deja volar su recuerdo hacia el terreno de las añoranzas, buscando comprender por qué cuando se alejaba de aquel cilindro colmado de gente, sólo flotaba en el aire el grito de “¡Maradona!”.

Y entonces fue que, mirando al cielo, agradeció sus ojos.

   

             “Al final del trayecto solamente quedarán nuestras huellas”